Tu enorme encanto no es un privilegio
que se te otorgue por divina gracia,
requiere la armonía de un arpegio
y manejar su filo con audacia,
equilibrio y destreza, un porte regio.
Después, quizás, un don de diplomacia.
Una suerte de raro sortilegio
que no admita ninguna suspicacia.
Y ya que no me voy con medias tintas
le agrego tu talante a toda prueba,
tus formas de abordar que son distintas.
Tu propio yo de facto se subleva.
Ya cierro antes que salgas con tus fintas,
aquí no he dicho nada que no deba.