Ahora

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
AHORA

Ahora, es tu mirada que te mira.
Ahora, es enfrentarte a la indolencia de los espejos.
Ahora, es cuando se desnuda el ser
ante una inesperada sobredosis
del yo.

¿Quién no se ha detenido frente a su espejo estos días
y se ha hecho la pregunta de quién coño le está mirando
con ese gesto de «cuéntamelo tú»?
¿Quién no se ha visto frente al cofre de su historia
y ha soplado sobre el óxido de su chapa
con la delicadeza de quien sopla
sobre la herida de un niño?

Hablo, queridos, de esa caja
que arrinconada en nuestro armario cálcico
esperaba con paciencia su momento
para al fin recordarte quién eres.
¡Pero nunca, nunca, será suficiente,
porque engañarnos siempre fue más sencillo
que afrontar lo que somos!
Hablo, queridos, de esa caja que custodia
la singular esencia que subyace
en los cortes fractales que cuartean
la arcilla seca del recuerdo.
La sequía resulta ya imparable
y nuestras grietas son ya tan profundas…

¡La consciencia está herida y se desangra!
El mal aliento de la sangre fluye
por los colmillos afilados de la bestia
que mordió las sienes de su presa.
La bestia tiene forma de «sistema».
Y nadie dice nada. Todos callan
desde las atalayas del poder.

Durante las primeras semanas
el grito fue absolutamente descomunal.
Ahora, el grito sigue, pero en silencio,
y es que a veces la calma nos llega
en la catarsis de la tempestad.
El rodillo del hámster se ha jodido.
Ahora el tiempo es nuestro y solo nuestro
y en esta primavera de ambulancias
debemos responder a las preguntas
que nos haga el espejo.
Seamos responsables más allá de los aplausos.
¿Y mañana? Mañana volverá otra vez la tormenta
con la tristeza que sucede a la calma
y la lloraremos todos juntos hasta que pase
y deje paso
a la revolución de nuestras vidas.
Porque así debe ser.

Hoy me he despertado temprano,
he cargado hasta el tope la cafetera
y me he dejado caer en el sillón.
Aún falta media hora
para que el horizonte encienda los focos
de este teatro sin espectadores,
de este tablero de ajedrez sin piezas,
de este poema realista de verso blanco,
que de tan blanco es casi transparente.
Ya suena el burbujeo del café en la cocina
y mi mirada rueda
por los colores verticales de ese cuadro…
Llevaba tantos años ahí colgado
y ahora, de pronto, me seduce como nunca.
Y me acerco a él, lo descuelgo
y frente a mí una caja fuerte entreabierta.
La cafetera pita y un chorro de luz
atraviesa el salón como una salpicadura de Pollock.
Allá en su fondo un tornasol de melancolía,
una cámara de fotos y dos carretes sin usar.

Me asomo al balconcillo y disparo con rabia
mientras lloro ante la impávida presencia de las acacias.
¡Dos carretes en blanco y negro, dos carretes
para este erial de cruces!

Por la tarde me encierro a revelar.
Enciendo la luz roja y en el espejo se me aparece
ese robot que dice que tanto me conoce.
—Qué tal, ¿cómo lo llevas?
—¿Qué quieres, robot?
—Esta luz roja es tu refugio, te hace sentir seguro
porque se trata de una luz sin sombra.
Y para eso casi mejor ¡yérguete!
y de una vez por todas, compañero,
conviértete en el náufrago de tu propia luz.
—Esta mierda de tropos que hoy estrenas conmigo
están muy bien, pedazo de silicio;
¡¿pero qué problema tiene esta luz roja?!
¡Mi vida la programo yo!,
mientras tú no eres más que una lista de la compra,
una receta de flanes del Pronto,
un algoritmo, un transistor de plástico,
una puta salida para una puta entrada.
Pero, amigo, entre el dato y su respuesta
sucede algo que nunca entenderás,
¡sucede la vida!, ¡la puta y milagrosa vida!
—Me da pena escucharte, querido amigo,
porque estoy muy de acuerdo con todo lo que dices,
salvo con una cosa: yo no soy el robot.

Y ese… ser se disuelve en el espejo
quedándome yo solo, con mi luz roja,
y con esa mueca imbécil
que se les queda a los estúpidos.

Al rato salgo al balconcillo con las fotos
y pinto sobre ellas el color de esa vida
que les falta.
Aquellos seres alineados en columna militar
a la entrada del supermercado
se convierten en almas que bailan
en una romería de pueblo.
Las acacias se pintan las uñas de lima,
las aceras se cubren de grama,
suspiran los balcones manantiales
de pensamientos y nomeolvides,
y de las fachadas brotan
quetzales de luz.

Y la tarde se pone densa como la miel
ante el peso de un cielo azul
que parece prestado de un cuadro de Van Gogh.

Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás.

Y me duermo con la sensación de poder volar.
Los protagonistas de mi sueño se me parecen
y se abrazan y miran hacia el cielo
como buscando algo en la maquinaria celeste.
Me despierta el zumbido mareado
de la brisa acunada entre las ramas.
La ventana golpea suavemente contra el marco.
Está amaneciendo. Salgo al balconcillo.
Las fotos han volado y brillan sobre el asfalto
creciendo como un liquen verde sobre un campo de lava negra.

Dicen que siempre sale el sol.
También dicen que es primavera y esas cosas.
Pero eso dependerá solo de nosotros.


Y una trenza de sol rebasa la cornisa
y siento en este tibio amanecer
ese vértigo del funambulista
que allá sobre el alambre
tiembla

entre el ahora

y el nunca.

Kalkbadan
En Madrid, a 19 de abril de 2020
 
Última edición:
AHORA

Ahora, es tu mirada que te mira.
Ahora, es enfrentarte a la indolencia de los espejos.
Ahora, es cuando se desnuda el ser
ante una inesperada sobredosis
del yo.

¿Quién no se ha detenido frente a su espejo estos días
y se ha hecho la pregunta de quién coño le está mirando
con ese gesto de «cuéntamelo tú»?
¿Quién no se ha visto frente al cofre de su historia
y ha soplado sobre el óxido de su chapa
con la delicadeza de quien sopla
sobre la herida de un niño?

Hablo, queridos, de esa caja
que arrinconada en nuestro armario cálcico
esperaba con paciencia su momento
para al fin recordarte quién eres.
¡Pero nunca, nunca, será suficiente,
porque engañarnos siempre fue más sencillo
que afrontar lo que somos!
Hablo, queridos, de esa caja que custodia
la singular esencia que subyace
en los cortes fractales que cuartean
la arcilla seca del recuerdo.
La sequía resulta ya imparable
y nuestras grietas son ya tan profundas…

¡La consciencia está herida y se desangra!
El mal aliento de la sangre fluye
por los colmillos afilados de la bestia
que mordió las sienes de su presa.
La bestia tiene forma de «sistema».
Y nadie dice nada. Todos callan
allá en el vertedero del poder.

Durante las primeras semanas
el grito fue absolutamente descomunal.
Ahora, el grito del pueblo sigue, pero en silencio,
y es que a veces la calma nos llega
en la catarsis de la tempestad.
El rodillo del hámster se ha jodido.
Ahora el tiempo es nuestro y solo nuestro
y en esta primavera de ambulancias
debemos responder a las preguntas
que nos haga el espejo.
Seamos responsables más allá de los aplausos.
¿Y mañana? Mañana volverá otra vez la tormenta
con la tristeza que sucede a la calma
y la lloraremos todos juntos hasta que pase
y deje paso
a la revolución de nuestras vidas.
Porque que así debe ser.

Hoy me he despertado temprano,
he cargado hasta el tope la cafetera
y me he dejado caer en el sillón.
Aún falta media hora
para que el horizonte encienda los focos
de este teatro sin espectadores,
de este tablero de ajedrez sin piezas,
de este poema realista de verso blanco,
tan blanco que ya es casi transparente.
Ya suena el burbujeo del café en la cocina
y mi mirada rueda
por los colores verticales de ese cuadro…
Llevaba tantos años ahí colgado
y ahora, de pronto, me seduce como nunca.
Y me acerco a él, lo descuelgo
y frente a mí una caja fuerte entreabierta.
La cafetera pita y un chorro de luz
atraviesa el salón como una salpicadura de Pollock.
Allá en su fondo un tornasol de melancolía
y una cámara de fotos y dos carretes sin usar.

Me asomo al balconcillo y disparo con rabia
mientras lloro ante la impávida presencia de las acacias.
¡Dos carretes en blanco y negro, dos carretes
para este erial de cruces!

Por la tarde me encierro a revelar.
Enciendo la luz roja y en el espejo se me aparece
ese robot que dice que tanto me conoce.
—Qué tal, ¿cómo lo llevas?
—¿Qué quieres, robot?
—Esta luz roja es tu refugio, te hace sentir seguro
porque se trata de una luz sin sombra.
Y para eso casi mejor ¡yérguete!
y de una vez por todas, compañero,
conviértete en el náufrago de tu propia luz
—Esta mierda de tropos que hoy estrenas conmigo
están muy bien, pedazo de silicio;
¡¿pero qué problema tiene esta luz roja?!
¡Mi vida la programo yo!,
mientras tú no eres más que una lista de la compra,
una receta de flanes del Pronto,
un algoritmo, un transistor de plástico,
una puta salida para una puta entrada.
Pero, amigo, entre el dato y su respuesta
sucede algo que nunca entenderás,
¡sucede la vida!, ¡la puta y milagrosa vida!
—Me da pena escucharte, querido amigo,
porque estoy muy de acuerdo con todo lo que dices,
salvo con una cosa: yo no soy el robot.

Y ese… ser se disuelve en el espejo
quedándome yo solo, con mi luz roja,
y con esa mueca imbécil
que se les queda a los estúpidos.

Al rato salgo al balconcillo con las fotos
y pinto sobre ellas
el color de esa vida que les falta.
Aquellos seres alineados en columna militar
a la entrada del supermercado
se convierten en almas que bailan
en una romería de pueblo.
Las acacias se pintan sus uñas de lima,
las aceras se cubren de grama,
en los balcones nacen manantiales
de pensamientos y nomeolvides,
y de las fachadas brotan
quetzales de luz.

Y la tarde se pone densa como la miel
ante el peso de un cielo azul
que parece prestado de un cuadro de Van Gogh.

Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás.

Y me duermo con la sensación de poder volar.
Los protagonistas de mi sueño se me parecen
y se abrazan y miran hacia el cielo
como buscando algo en la maquinaria celeste.
Me despierta el zumbido mareado
de una brisa que baila en las acacias.
La ventana golpea muy suave contra el marco.
Está amaneciendo. Salgo al balconcillo.
Las fotos han volado y brillan sobre el asfalto,
creciendo como un liquen verde sobre un campo de lava negra.

Dicen que siempre sale el sol.
También dicen que es primavera y esas cosas.
Pero eso dependerá solo de nosotros.


Y una trenza de sol rebasa la cornisa,
y siento en este tibio amanecer
ese vértigo del funambulista
que allá sobre el alambre
tiembla

entre el ahora

y el nunca.

Kalkbadan
En Madrid, a 19 de abril de 2020


Ahora estoy entre aplaudir tu obra o ponerme a llorar. Mejor aplaudo, lo otro lo dejo para cuando me miro al espejo y aún sin luz roja veo un reflejo que cada día me gusta menos. Al principio me confundía que llamaran cuarentena a supuestamente quince días y resulta que ya sólo quedan dos para que la palabra cumpla plenamente con su significado y lo que nos queda...
Yo no tengo acacias, tengo a lo lejos montañas y verde y oigo a los pájaros cuando tomo el café y me alegra el alma ver que la naturaleza no se frena ante nada y que sobrevive mucho mejor que nosotros cuando no estamos.

He leído tu poema de un tirón y de veras que he vivido muy de cerca lo que cubre tu piel.

Un verdadero placer inaugurar este ahora que parece que va para largo.

Abrazos!

Palmira
 
Última edición:
¡Cuántas imágenes, cuántas sensaciones! Tu sofá, tu cafetera y tu balcón...
Encantada de leerte.
Hasta pronto, ¡me iré a destapar mis espejos!
 
Ahora estoy entre aplaudir tu obra o ponerme a llorar. Mejor aplaudo, lo otro lo dejo para cuando me miro al espejo y aún sin luz roja veo un reflejo que cada día me gusta menos. Al principio me confundía que llamaran cuarentena a supuestamente quince días y resulta que ya sólo quedan dos para que la palabra cumpla plenamente con su significado y lo que nos queda...
Yo no tengo acacias, tengo a lo lejos montañas y verde y oigo a los pájaros cuando tomo el café y me alegra el alma ver que la naturaleza no se frena ante nada y que sobrevive mucho mejor que nosotros cuando no estamos.

He leído tu poema de un tirón y de veras que he vivido muy de cerca lo que cubre tu piel.

Un verdadero placer inaugurar este ahora que parece que va para largo.

Abrazos!

Palmira
¡Hola, Palmira! Saber que tu sensibilidad engarzó con este poema me alegra mucho, compañera.
Ojalá sepamos sacar todo lo bueno que subyace en el Ahora.
Gracias por tu presencia, siempre tan vital.
¡Un abrazo y cuídate!
 
¡Vaya pasada de poema, Andreas!, solo se me ocurre decirte que para mi gusto es uno de tus mejores poemas. Sinceramente me he quedado alucinado por su temática, su ingenio, su construcción, su cohesión y su excelencia en cada verso. Una verdadera maravilla, querido amigo.
Volveré a él, sin ninguna duda. Mis aplausos, compañero.
 
AHORA

Ahora, es tu mirada que te mira.
Ahora, es enfrentarte a la indolencia de los espejos.
Ahora, es cuando se desnuda el ser
ante una inesperada sobredosis
del yo.

¿Quién no se ha detenido frente a su espejo estos días
y se ha hecho la pregunta de quién coño le está mirando
con ese gesto de «cuéntamelo tú»?
¿Quién no se ha visto frente al cofre de su historia
y ha soplado sobre el óxido de su chapa
con la delicadeza de quien sopla
sobre la herida de un niño?

Hablo, queridos, de esa caja
que arrinconada en nuestro armario cálcico
esperaba con paciencia su momento
para al fin recordarte quién eres.
¡Pero nunca, nunca, será suficiente,
porque engañarnos siempre fue más sencillo
que afrontar lo que somos!
Hablo, queridos, de esa caja que custodia
la singular esencia que subyace
en los cortes fractales que cuartean
la arcilla seca del recuerdo.
La sequía resulta ya imparable
y nuestras grietas son ya tan profundas…

¡La consciencia está herida y se desangra!
El mal aliento de la sangre fluye
por los colmillos afilados de la bestia
que mordió las sienes de su presa.
La bestia tiene forma de «sistema».
Y nadie dice nada. Todos callan
desde las atalayas del poder.

Durante las primeras semanas
el grito fue absolutamente descomunal.
Ahora, el grito sigue, pero en silencio,
y es que a veces la calma nos llega
en la catarsis de la tempestad.
El rodillo del hámster se ha jodido.
Ahora el tiempo es nuestro y solo nuestro
y en esta primavera de ambulancias
debemos responder a las preguntas
que nos haga el espejo.
Seamos responsables más allá de los aplausos.
¿Y mañana? Mañana volverá otra vez la tormenta
con la tristeza que sucede a la calma
y la lloraremos todos juntos hasta que pase
y deje paso
a la revolución de nuestras vidas.
Porque que así debe ser.

Hoy me he despertado temprano,
he cargado hasta el tope la cafetera
y me he dejado caer en el sillón.
Aún falta media hora
para que el horizonte encienda los focos
de este teatro sin espectadores,
de este tablero de ajedrez sin piezas,
de este poema realista de verso blanco,
que de tan blanco es casi transparente.
Ya suena el burbujeo del café en la cocina
y mi mirada rueda
por los colores verticales de ese cuadro…
Llevaba tantos años ahí colgado
y ahora, de pronto, me seduce como nunca.
Y me acerco a él, lo descuelgo
y frente a mí una caja fuerte entreabierta.
La cafetera pita y un chorro de luz
atraviesa el salón como una salpicadura de Pollock.
Allá en su fondo un tornasol de melancolía,
una cámara de fotos y dos carretes sin usar.

Me asomo al balconcillo y disparo con rabia
mientras lloro ante la impávida presencia de las acacias.
¡Dos carretes en blanco y negro, dos carretes
para este erial de cruces!

Por la tarde me encierro a revelar.
Enciendo la luz roja y en el espejo se me aparece
ese robot que dice que tanto me conoce.
—Qué tal, ¿cómo lo llevas?
—¿Qué quieres, robot?
—Esta luz roja es tu refugio, te hace sentir seguro
porque se trata de una luz sin sombra.
Y para eso casi mejor ¡yérguete!
y de una vez por todas, compañero,
conviértete en el náufrago de tu propia luz
—Esta mierda de tropos que hoy estrenas conmigo
están muy bien, pedazo de silicio;
¡¿pero qué problema tiene esta luz roja?!
¡Mi vida la programo yo!,
mientras tú no eres más que una lista de la compra,
una receta de flanes del Pronto,
un algoritmo, un transistor de plástico,
una puta salida para una puta entrada.
Pero, amigo, entre el dato y su respuesta
sucede algo que nunca entenderás,
¡sucede la vida!, ¡la puta y milagrosa vida!
—Me da pena escucharte, querido amigo,
porque estoy muy de acuerdo con todo lo que dices,
salvo con una cosa: yo no soy el robot.

Y ese… ser se disuelve en el espejo
quedándome yo solo, con mi luz roja,
y con esa mueca imbécil
que se les queda a los estúpidos.

Al rato salgo al balconcillo con las fotos
y pinto sobre ellas el color de esa vida
que les falta.
Aquellos seres alineados en columna militar
a la entrada del supermercado
se convierten en almas que bailan
en una romería de pueblo.
Las acacias se pintan las uñas de lima,
las aceras se cubren de grama,
suspiran los balcones manantiales
de pensamientos y nomeolvides,
y de las fachadas brotan
quetzales de luz.

Y la tarde se pone densa como la miel
ante el peso de un cielo azul
que parece prestado de un cuadro de Van Gogh.

Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás.

Y me duermo con la sensación de poder volar.
Los protagonistas de mi sueño se me parecen
y se abrazan y miran hacia el cielo
como buscando algo en la maquinaria celeste.
Me despierta el zumbido mareado
de la brisa acunada entre las ramas.
La ventana golpea suavemente contra el marco.
Está amaneciendo. Salgo al balconcillo.
Las fotos han volado y brillan sobre el asfalto
creciendo como un liquen verde sobre un campo de lava negra.

Dicen que siempre sale el sol.
También dicen que es primavera y esas cosas.
Pero eso dependerá solo de nosotros.


Y una trenza de sol rebasa la cornisa
y siento en este tibio amanecer
ese vértigo del funambulista
que allá sobre el alambre
tiembla

entre el ahora

y el nunca.

Kalkbadan
En Madrid, a 19 de abril de 2020
Tiempos de encontrarnos con nosotros mismos, de reconocerse, de enfrentarse a nuestros reflejos e intentar penetrar en ellos; dura tarea.
Claro que después, afuera, alrededor, más sistemas. Pero el sistema, de puertas adentro, es tan propio como las esperas y sus recuerdos.
Se hizo corto el poema, y eso dice mucho.
Un gran abrazo, Andreas, entre instantáneas.
 
AHORA

Ahora, es tu mirada que te mira.
Ahora, es enfrentarte a la indolencia de los espejos.
Ahora, es cuando se desnuda el ser
ante una inesperada sobredosis
del yo.

¿Quién no se ha detenido frente a su espejo estos días
y se ha hecho la pregunta de quién coño le está mirando
con ese gesto de «cuéntamelo tú»?
¿Quién no se ha visto frente al cofre de su historia
y ha soplado sobre el óxido de su chapa
con la delicadeza de quien sopla
sobre la herida de un niño?

Hablo, queridos, de esa caja
que arrinconada en nuestro armario cálcico
esperaba con paciencia su momento
para al fin recordarte quién eres.
¡Pero nunca, nunca, será suficiente,
porque engañarnos siempre fue más sencillo
que afrontar lo que somos!
Hablo, queridos, de esa caja que custodia
la singular esencia que subyace
en los cortes fractales que cuartean
la arcilla seca del recuerdo.
La sequía resulta ya imparable
y nuestras grietas son ya tan profundas…

¡La consciencia está herida y se desangra!
El mal aliento de la sangre fluye
por los colmillos afilados de la bestia
que mordió las sienes de su presa.
La bestia tiene forma de «sistema».
Y nadie dice nada. Todos callan
desde las atalayas del poder.

Durante las primeras semanas
el grito fue absolutamente descomunal.
Ahora, el grito sigue, pero en silencio,
y es que a veces la calma nos llega
en la catarsis de la tempestad.
El rodillo del hámster se ha jodido.
Ahora el tiempo es nuestro y solo nuestro
y en esta primavera de ambulancias
debemos responder a las preguntas
que nos haga el espejo.
Seamos responsables más allá de los aplausos.
¿Y mañana? Mañana volverá otra vez la tormenta
con la tristeza que sucede a la calma
y la lloraremos todos juntos hasta que pase
y deje paso
a la revolución de nuestras vidas.
Porque que así debe ser.

Hoy me he despertado temprano,
he cargado hasta el tope la cafetera
y me he dejado caer en el sillón.
Aún falta media hora
para que el horizonte encienda los focos
de este teatro sin espectadores,
de este tablero de ajedrez sin piezas,
de este poema realista de verso blanco,
que de tan blanco es casi transparente.
Ya suena el burbujeo del café en la cocina
y mi mirada rueda
por los colores verticales de ese cuadro…
Llevaba tantos años ahí colgado
y ahora, de pronto, me seduce como nunca.
Y me acerco a él, lo descuelgo
y frente a mí una caja fuerte entreabierta.
La cafetera pita y un chorro de luz
atraviesa el salón como una salpicadura de Pollock.
Allá en su fondo un tornasol de melancolía,
una cámara de fotos y dos carretes sin usar.

Me asomo al balconcillo y disparo con rabia
mientras lloro ante la impávida presencia de las acacias.
¡Dos carretes en blanco y negro, dos carretes
para este erial de cruces!

Por la tarde me encierro a revelar.
Enciendo la luz roja y en el espejo se me aparece
ese robot que dice que tanto me conoce.
—Qué tal, ¿cómo lo llevas?
—¿Qué quieres, robot?
—Esta luz roja es tu refugio, te hace sentir seguro
porque se trata de una luz sin sombra.
Y para eso casi mejor ¡yérguete!
y de una vez por todas, compañero,
conviértete en el náufrago de tu propia luz
—Esta mierda de tropos que hoy estrenas conmigo
están muy bien, pedazo de silicio;
¡¿pero qué problema tiene esta luz roja?!
¡Mi vida la programo yo!,
mientras tú no eres más que una lista de la compra,
una receta de flanes del Pronto,
un algoritmo, un transistor de plástico,
una puta salida para una puta entrada.
Pero, amigo, entre el dato y su respuesta
sucede algo que nunca entenderás,
¡sucede la vida!, ¡la puta y milagrosa vida!
—Me da pena escucharte, querido amigo,
porque estoy muy de acuerdo con todo lo que dices,
salvo con una cosa: yo no soy el robot.

Y ese… ser se disuelve en el espejo
quedándome yo solo, con mi luz roja,
y con esa mueca imbécil
que se les queda a los estúpidos.

Al rato salgo al balconcillo con las fotos
y pinto sobre ellas el color de esa vida
que les falta.
Aquellos seres alineados en columna militar
a la entrada del supermercado
se convierten en almas que bailan
en una romería de pueblo.
Las acacias se pintan las uñas de lima,
las aceras se cubren de grama,
suspiran los balcones manantiales
de pensamientos y nomeolvides,
y de las fachadas brotan
quetzales de luz.

Y la tarde se pone densa como la miel
ante el peso de un cielo azul
que parece prestado de un cuadro de Van Gogh.

Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás.

Y me duermo con la sensación de poder volar.
Los protagonistas de mi sueño se me parecen
y se abrazan y miran hacia el cielo
como buscando algo en la maquinaria celeste.
Me despierta el zumbido mareado
de la brisa acunada entre las ramas.
La ventana golpea suavemente contra el marco.
Está amaneciendo. Salgo al balconcillo.
Las fotos han volado y brillan sobre el asfalto
creciendo como un liquen verde sobre un campo de lava negra.

Dicen que siempre sale el sol.
También dicen que es primavera y esas cosas.
Pero eso dependerá solo de nosotros.


Y una trenza de sol rebasa la cornisa
y siento en este tibio amanecer
ese vértigo del funambulista
que allá sobre el alambre
tiembla

entre el ahora

y el nunca.

Kalkbadan
En Madrid, a 19 de abril de 2020

DEsde esos espacios remarcados por el sistema van quedando estos dias para
entre instantes encontrarnos con nuestros interiores, abrirnos a sus reflejos
y comprender mejor esa espera desde el recuerdo enfrentado a todo.
un lujo de obra. saludos amables de luzyabsenta
 
¡Vaya pasada de poema, Andreas!, solo se me ocurre decirte que para mi gusto es uno de tus mejores poemas. Sinceramente me he quedado alucinado por su temática, su ingenio, su construcción, su cohesión y su excelencia en cada verso. Una verdadera maravilla, querido amigo.
Volveré a él, sin ninguna duda. Mis aplausos, compañero.

¡Luis! Me alegra muchísimo saber que te agradó el poema. En poemas largos como este la intensidad sube y baja y el regusto final puede quedar muy comprometido. Gracias por tu lectura, compañero, siempre tan intensa y comprometida.
Un abrazo fuerte, amigo.
 
Tiempos de encontrarnos con nosotros mismos, de reconocerse, de enfrentarse a nuestros reflejos e intentar penetrar en ellos; dura tarea.
Claro que después, afuera, alrededor, más sistemas. Pero el sistema, de puertas adentro, es tan propio como las esperas y sus recuerdos.
Se hizo corto el poema, y eso dice mucho.
Un gran abrazo, Andreas, entre instantáneas.
¡Alonso! ¡Qué bien saberte por estas líneas! Cómo me gusta ese paralelismo que comentas entre el sistema «endógeno» y «exógeno».
Tal y como dices, qué dura y ardua es la tarea de aguantar la mirada frente al espejo. Las preguntas que nos plantea son incómodas y muchas de ellas golpean en la línea de flotación de lo que somos. Las circunstancias actuales parecen propicias para el acto introspectivo, ¿verdad? Tratar de tú a tú al ser, sin ánimo de ser nada, solo ser. Vivir la levedad, tocarla con la yema de los dedos, y actuar. El amor y el respeto a nosotros mismos parece un punto de partida necesario para ejercer la revolución en nuestras vidas. La maquinaria social está organizada sin duda para que el ser humano actúe de una forma autómata y triste en una espiral demencial de producción y consumo. Almas llenas de vacío en vez vacíos llenos de alma. Vamos, nada que tú no sepas, compi. Pero quizá en la gran ciudad la presión es mayor, y uno se ve sometido por esa fuerza centrífuga en la que el humano pierde la singularidad de su consciencia.
Muy contento por tu lectura, que al igual que decía a Luis, siempre es un regalo de lucidez. ¡Gracias!
Un abrazo fuerte, Alonso.
 
Una digresión atrapante y lúcida. Un poema, que pese a su extensión, no se ha hecho largo por el carrusel continuo de emociones y sensaciones que acompañan la lectura. Un saludo.

¡Penabad! Me alegro mucho de que sean de tu gusto estos versos. Esa digresión, como comentas, quizá pueda estar detrás de que el texto no sufra (demasiado) por su extensión. Muchas gracias por tu lectura y por tu sustancioso comentario. ¡Un saludo!
 
DEsde esos espacios remarcados por el sistema van quedando estos dias para
entre instantes encontrarnos con nuestros interiores, abrirnos a sus reflejos
y comprender mejor esa espera desde el recuerdo enfrentado a todo.
un lujo de obra. saludos amables de luzyabsenta

¡Luz! Qué maravilla la sensibilidad y clarividencia de tus comentarios.
Son un misil sinóptico asombroso.
"y comprender mejor esa espera desde el recuerdo enfrentado a todo."

Muchas gracias por dejar tu huella.
Saludos igualmente para ti, compañero.
 
¡Luz! Qué maravilla la sensibilidad y clarividencia de tus comentarios.
Son un misil sinóptico asombroso.
"y comprender mejor esa espera desde el recuerdo enfrentado a todo."

Muchas gracias por dejar tu huella.
Saludos igualmente para ti, compañero.
Muy agradecido por la cordialidad de tu respuesta. Hay poesias que se merecen el reflejo de la atenta
reflexion y lectura precisa, pienso que es el caso de esta obra. por ello releo de nuevo para establecerme
y encontrarme mejor entre sus contenidos de ese sentible mirar de las emociones melancolicas que entregas.
saludos siempre amables de luzyabsenta
 
Muy agradecido por la cordialidad de tu respuesta. Hay poesias que se merecen el reflejo de la atenta
reflexion y lectura precisa, pienso que es el caso de esta obra. por ello releo de nuevo para establecerme
y encontrarme mejor entre sus contenidos de ese sentible mirar de las emociones melancolicas que entregas.
saludos siempre amables de luzyabsenta

¡Muchas gracias, compañero!
Sigue bien, poeta.
 
Esto no es un poema, compañero, son varios poemas,
un lujo de lectura,qué bárbaro...
Volveré cualquier tarde, tal vez un domingo,
para devolverte la estrofa que me llevo, cachitos de vida...

"Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás."

Un abrazo, Andreas, gracias amigo.
 
Última edición:
Esto no es un poema, compañero, son varios poemas,
un lujo de lectura,qué bárbaro...
Volveré cualquier tarde, tal vez un domingo,
para devolverte la estrofa que me llevo, cachitos de vida...

"Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás."

Un abrazo, Andreas, gracias amigo.
¡Rosario! Qué bien que te gustara el poema y que hayas remarcado esos versos.
Un abrazo enorme, amiga.
 

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