kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
AHORA
Ahora, es tu mirada que te mira.
Ahora, es enfrentarte a la indolencia de los espejos.
Ahora, es cuando se desnuda el ser
ante una inesperada sobredosis
del yo.
¿Quién no se ha detenido frente a su espejo estos días
y se ha hecho la pregunta de quién coño le está mirando
con ese gesto de «cuéntamelo tú»?
¿Quién no se ha visto frente al cofre de su historia
y ha soplado sobre el óxido de su chapa
con la delicadeza de quien sopla
sobre la herida de un niño?
Hablo, queridos, de esa caja
que arrinconada en nuestro armario cálcico
esperaba con paciencia su momento
para al fin recordarte quién eres.
¡Pero nunca, nunca, será suficiente,
porque engañarnos siempre fue más sencillo
que afrontar lo que somos!
Hablo, queridos, de esa caja que custodia
la singular esencia que subyace
en los cortes fractales que cuartean
la arcilla seca del recuerdo.
La sequía resulta ya imparable
y nuestras grietas son ya tan profundas…
¡La consciencia está herida y se desangra!
El mal aliento de la sangre fluye
por los colmillos afilados de la bestia
que mordió las sienes de su presa.
La bestia tiene forma de «sistema».
Y nadie dice nada. Todos callan
desde las atalayas del poder.
Durante las primeras semanas
el grito fue absolutamente descomunal.
Ahora, el grito sigue, pero en silencio,
y es que a veces la calma nos llega
en la catarsis de la tempestad.
El rodillo del hámster se ha jodido.
Ahora el tiempo es nuestro y solo nuestro
y en esta primavera de ambulancias
debemos responder a las preguntas
que nos haga el espejo.
Seamos responsables más allá de los aplausos.
¿Y mañana? Mañana volverá otra vez la tormenta
con la tristeza que sucede a la calma
y la lloraremos todos juntos hasta que pase
y deje paso
a la revolución de nuestras vidas.
Porque así debe ser.
Hoy me he despertado temprano,
he cargado hasta el tope la cafetera
y me he dejado caer en el sillón.
Aún falta media hora
para que el horizonte encienda los focos
de este teatro sin espectadores,
de este tablero de ajedrez sin piezas,
de este poema realista de verso blanco,
que de tan blanco es casi transparente.
Ya suena el burbujeo del café en la cocina
y mi mirada rueda
por los colores verticales de ese cuadro…
Llevaba tantos años ahí colgado
y ahora, de pronto, me seduce como nunca.
Y me acerco a él, lo descuelgo
y frente a mí una caja fuerte entreabierta.
La cafetera pita y un chorro de luz
atraviesa el salón como una salpicadura de Pollock.
Allá en su fondo un tornasol de melancolía,
una cámara de fotos y dos carretes sin usar.
Me asomo al balconcillo y disparo con rabia
mientras lloro ante la impávida presencia de las acacias.
¡Dos carretes en blanco y negro, dos carretes
para este erial de cruces!
Por la tarde me encierro a revelar.
Enciendo la luz roja y en el espejo se me aparece
ese robot que dice que tanto me conoce.
—Qué tal, ¿cómo lo llevas?
—¿Qué quieres, robot?
—Esta luz roja es tu refugio, te hace sentir seguro
porque se trata de una luz sin sombra.
Y para eso casi mejor ¡yérguete!
y de una vez por todas, compañero,
conviértete en el náufrago de tu propia luz.
—Esta mierda de tropos que hoy estrenas conmigo
están muy bien, pedazo de silicio;
¡¿pero qué problema tiene esta luz roja?!
¡Mi vida la programo yo!,
mientras tú no eres más que una lista de la compra,
una receta de flanes del Pronto,
un algoritmo, un transistor de plástico,
una puta salida para una puta entrada.
Pero, amigo, entre el dato y su respuesta
sucede algo que nunca entenderás,
¡sucede la vida!, ¡la puta y milagrosa vida!
—Me da pena escucharte, querido amigo,
porque estoy muy de acuerdo con todo lo que dices,
salvo con una cosa: yo no soy el robot.
Y ese… ser se disuelve en el espejo
quedándome yo solo, con mi luz roja,
y con esa mueca imbécil
que se les queda a los estúpidos.
Al rato salgo al balconcillo con las fotos
y pinto sobre ellas el color de esa vida
que les falta.
Aquellos seres alineados en columna militar
a la entrada del supermercado
se convierten en almas que bailan
en una romería de pueblo.
Las acacias se pintan las uñas de lima,
las aceras se cubren de grama,
suspiran los balcones manantiales
de pensamientos y nomeolvides,
y de las fachadas brotan
quetzales de luz.
Y la tarde se pone densa como la miel
ante el peso de un cielo azul
que parece prestado de un cuadro de Van Gogh.
Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás.
Y me duermo con la sensación de poder volar.
Los protagonistas de mi sueño se me parecen
y se abrazan y miran hacia el cielo
como buscando algo en la maquinaria celeste.
Me despierta el zumbido mareado
de la brisa acunada entre las ramas.
La ventana golpea suavemente contra el marco.
Está amaneciendo. Salgo al balconcillo.
Las fotos han volado y brillan sobre el asfalto
creciendo como un liquen verde sobre un campo de lava negra.
Dicen que siempre sale el sol.
También dicen que es primavera y esas cosas.
Pero eso dependerá solo de nosotros.
Y una trenza de sol rebasa la cornisa
y siento en este tibio amanecer
ese vértigo del funambulista
que allá sobre el alambre
tiembla
entre el ahora
En Madrid, a 19 de abril de 2020
Ahora, es tu mirada que te mira.
Ahora, es enfrentarte a la indolencia de los espejos.
Ahora, es cuando se desnuda el ser
ante una inesperada sobredosis
del yo.
¿Quién no se ha detenido frente a su espejo estos días
y se ha hecho la pregunta de quién coño le está mirando
con ese gesto de «cuéntamelo tú»?
¿Quién no se ha visto frente al cofre de su historia
y ha soplado sobre el óxido de su chapa
con la delicadeza de quien sopla
sobre la herida de un niño?
Hablo, queridos, de esa caja
que arrinconada en nuestro armario cálcico
esperaba con paciencia su momento
para al fin recordarte quién eres.
¡Pero nunca, nunca, será suficiente,
porque engañarnos siempre fue más sencillo
que afrontar lo que somos!
Hablo, queridos, de esa caja que custodia
la singular esencia que subyace
en los cortes fractales que cuartean
la arcilla seca del recuerdo.
La sequía resulta ya imparable
y nuestras grietas son ya tan profundas…
¡La consciencia está herida y se desangra!
El mal aliento de la sangre fluye
por los colmillos afilados de la bestia
que mordió las sienes de su presa.
La bestia tiene forma de «sistema».
Y nadie dice nada. Todos callan
desde las atalayas del poder.
Durante las primeras semanas
el grito fue absolutamente descomunal.
Ahora, el grito sigue, pero en silencio,
y es que a veces la calma nos llega
en la catarsis de la tempestad.
El rodillo del hámster se ha jodido.
Ahora el tiempo es nuestro y solo nuestro
y en esta primavera de ambulancias
debemos responder a las preguntas
que nos haga el espejo.
Seamos responsables más allá de los aplausos.
¿Y mañana? Mañana volverá otra vez la tormenta
con la tristeza que sucede a la calma
y la lloraremos todos juntos hasta que pase
y deje paso
a la revolución de nuestras vidas.
Porque así debe ser.
Hoy me he despertado temprano,
he cargado hasta el tope la cafetera
y me he dejado caer en el sillón.
Aún falta media hora
para que el horizonte encienda los focos
de este teatro sin espectadores,
de este tablero de ajedrez sin piezas,
de este poema realista de verso blanco,
que de tan blanco es casi transparente.
Ya suena el burbujeo del café en la cocina
y mi mirada rueda
por los colores verticales de ese cuadro…
Llevaba tantos años ahí colgado
y ahora, de pronto, me seduce como nunca.
Y me acerco a él, lo descuelgo
y frente a mí una caja fuerte entreabierta.
La cafetera pita y un chorro de luz
atraviesa el salón como una salpicadura de Pollock.
Allá en su fondo un tornasol de melancolía,
una cámara de fotos y dos carretes sin usar.
Me asomo al balconcillo y disparo con rabia
mientras lloro ante la impávida presencia de las acacias.
¡Dos carretes en blanco y negro, dos carretes
para este erial de cruces!
Por la tarde me encierro a revelar.
Enciendo la luz roja y en el espejo se me aparece
ese robot que dice que tanto me conoce.
—Qué tal, ¿cómo lo llevas?
—¿Qué quieres, robot?
—Esta luz roja es tu refugio, te hace sentir seguro
porque se trata de una luz sin sombra.
Y para eso casi mejor ¡yérguete!
y de una vez por todas, compañero,
conviértete en el náufrago de tu propia luz.
—Esta mierda de tropos que hoy estrenas conmigo
están muy bien, pedazo de silicio;
¡¿pero qué problema tiene esta luz roja?!
¡Mi vida la programo yo!,
mientras tú no eres más que una lista de la compra,
una receta de flanes del Pronto,
un algoritmo, un transistor de plástico,
una puta salida para una puta entrada.
Pero, amigo, entre el dato y su respuesta
sucede algo que nunca entenderás,
¡sucede la vida!, ¡la puta y milagrosa vida!
—Me da pena escucharte, querido amigo,
porque estoy muy de acuerdo con todo lo que dices,
salvo con una cosa: yo no soy el robot.
Y ese… ser se disuelve en el espejo
quedándome yo solo, con mi luz roja,
y con esa mueca imbécil
que se les queda a los estúpidos.
Al rato salgo al balconcillo con las fotos
y pinto sobre ellas el color de esa vida
que les falta.
Aquellos seres alineados en columna militar
a la entrada del supermercado
se convierten en almas que bailan
en una romería de pueblo.
Las acacias se pintan las uñas de lima,
las aceras se cubren de grama,
suspiran los balcones manantiales
de pensamientos y nomeolvides,
y de las fachadas brotan
quetzales de luz.
Y la tarde se pone densa como la miel
ante el peso de un cielo azul
que parece prestado de un cuadro de Van Gogh.
Y voy abriendo cada caja que tenía escondida.
Entre las hojas amarillas del Lobo estepario
aparece la esquela de mi padre.
Bajo una pieza del parqué, un mapa del tesoro,
detrás del armario, unas semillas de maría,
en el falso techo, unos billetes del Monopoli
en la caja de herramientas, mi primer poema,
y bajo la alfombra, los restos de mis naufragios.
Y en el espejo, en el espejo estaba yo
con todos los demás.
Y me duermo con la sensación de poder volar.
Los protagonistas de mi sueño se me parecen
y se abrazan y miran hacia el cielo
como buscando algo en la maquinaria celeste.
Me despierta el zumbido mareado
de la brisa acunada entre las ramas.
La ventana golpea suavemente contra el marco.
Está amaneciendo. Salgo al balconcillo.
Las fotos han volado y brillan sobre el asfalto
creciendo como un liquen verde sobre un campo de lava negra.
Dicen que siempre sale el sol.
También dicen que es primavera y esas cosas.
Pero eso dependerá solo de nosotros.
Y una trenza de sol rebasa la cornisa
y siento en este tibio amanecer
ese vértigo del funambulista
que allá sobre el alambre
tiembla
entre el ahora
y el nunca.
Kalkbadan
En Madrid, a 19 de abril de 2020
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