Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Como solemne pavo real, el amanecer despliega su espléndida cola multicolor (tengo la impresión de que esta metáfora es ajena o me la inspiró el logotipo de una carta de colores; pero la siguiente acotación sí que es mía): Quién diría que a su fin, y como privilegio en su honor, esta ave maravillosa será deglutida por la no menos espectacular boca auriroja del ocaso.
Así de bellos, imagino nuestro inicio y conclusión de vida. Y pienso: ¿luego del rojo paladar vespertino, será nuestro final algo más que tinieblas? Dicen que hay una luz, otra luz... Pero, como la humanidad es mitómana en su mayoría y se asigna a toda costa luminoso acceso a la eternidad, quién sabe si no es la de alguno de estos amaneceres, la luz que muchos “semimuertos” dicen haber divisado en su insólita experiencia con ida y vuelta.
No sé; pero de ser cierto lo de la existencia extra, lamentablemente convencido que de toda la creación, nuestro Ser, bondades aparte, es el único capaz de cualquier cosa, no sería bueno comernos el pavo anticipadamente en procura de “pasar a mejor vida” y perdernos así de renacer; dejando en tinieblas, además, el paraíso prolongador de nuestro formidable egocentrismo. Es que mal comparados al pavo real, por inocente espécimen, sería muy triste acabar antes de tiempo con nuestro destino como miserable pajarraco en la boca auriroja del averno... Digo yo.
Así de bellos, imagino nuestro inicio y conclusión de vida. Y pienso: ¿luego del rojo paladar vespertino, será nuestro final algo más que tinieblas? Dicen que hay una luz, otra luz... Pero, como la humanidad es mitómana en su mayoría y se asigna a toda costa luminoso acceso a la eternidad, quién sabe si no es la de alguno de estos amaneceres, la luz que muchos “semimuertos” dicen haber divisado en su insólita experiencia con ida y vuelta.
No sé; pero de ser cierto lo de la existencia extra, lamentablemente convencido que de toda la creación, nuestro Ser, bondades aparte, es el único capaz de cualquier cosa, no sería bueno comernos el pavo anticipadamente en procura de “pasar a mejor vida” y perdernos así de renacer; dejando en tinieblas, además, el paraíso prolongador de nuestro formidable egocentrismo. Es que mal comparados al pavo real, por inocente espécimen, sería muy triste acabar antes de tiempo con nuestro destino como miserable pajarraco en la boca auriroja del averno... Digo yo.
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