Algo sobre mi sonrisa

Pedro Olvera

#ElPincheLirismo
Abro cita:
“Yo te enseñé a sonreír; eso me llevo”.
Cierro cita.
Eso fue lo último que dijiste
aquella vez, según recuerdo.
Quizás debí corregirte entonces,
argumentar tu equivocación,
¿pero, para qué?
A la hora de repartir las cuentas y las culpas,
a uno le tocan las cenizas
y al otro el cenicero.
Tú te llevaste a ti porque eres menuda y ligera.
Yo todavía tuve que esperar un rato
a que pasara el camión de la basura.

Al menos me consta que yo no te enseñé a llorar.
Y, en honor a la verdad, tú tampoco a mí.
Sigo llorando con los sobacos, a veces,
de mala gana.
Atendiendo la prescripción de Oliverio,
lloro mejor en el mingitorio:
lágrimas apuradas de suciedad que perdieron del decoro.
Esto me obliga a reflexionar
que cuando te quise fue con los riñones
y no con los emojis de corazón que te encantaban.
Nadie puede decir que ama más un preinfarto
que al alivio posterior a esperar media hora en la fila
del váter del antro.

Reconozco con otra estrellita de corcholata
para tu frente
que tú me mostraste dónde estaba mi boca
porque la había perdido entre tantas estaciones
y tantas mudanzas.
Pero yo sonreía mucho antes de eso y con varias cosas.
Sonreía hasta con los agujeros de mis jeans añejos,
sonreía descalzo y por todo el camino.
Y si te mostré mis dientes fue para presumir
que eran menos feos que los tuyos;
y los tuyos, para mí, eran perfectos.
Hicimos bien en largarnos, aunque un poco a destiempo.
De habernos quedado,
tú estarías empeñada en enseñarme a ladrar,
y yo ya habría aprendido a relinchar como un sapo.

Yo nada te enseñé (que no quisieras ver)
y nada me llevo.
Te dejo esa sonrisa de cremallera descompuesta
que tú inventaste para ti.
Ah, otra cosa: si vuelves a encontrar mi boca
entre los papeles revueltos,
no le saques la lengua ni te la pongas pegada a la oreja:
no suena al mar;
pero si me la envías por WhastApp,
te mando mi riñón derecho acorazonado,
y muchos, muchos emojis de besos.

27 de marzo de 2021
 
Última edición:
Abro cita:
“Yo te enseñé a sonreír; eso me llevo”.
Cierro cita.
Eso fue lo último que dijiste
aquella vez, según recuerdo.
Quizás debí corregirte entonces,
argumentar tu equivocación,
pero, ¿para qué?
A la hora de repartir las cuentas y las culpas,
a uno le tocan las cenizas
y al otro el cenicero.
Tú te llevaste a ti porque eres menuda y ligera.
Yo todavía tuve que esperar un rato
a que pasara el camión de la basura.

Al menos me consta que yo no te enseñé a llorar.
Y, en honor a la verdad, tú tampoco a mí.
Sigo llorando con los sobacos, a veces,
de mala gana.
Siguiendo la prescripción de Oliverio,
lloro mejor en el mingitorio:
lágrimas apuradas de suciedad que perdieron del decoro.
Esto me obliga a reflexionar
que cuando te quise fue con los riñones
y no con los emojis de corazón que te encantaban.
Nadie puede decir que ama más un preinfarto
que al alivio posterior a esperar media hora en la fila
del váter del antro.

Reconozco con otra estrellita de corcholata
para tu frente
que tú me mostraste dónde estaba mi boca,
porque la había perdido entre tantas estaciones
y tantas mudanzas.
Pero yo sonreía mucho antes de eso y con varias cosas.
Sonreía hasta con los agujeros de mis jeans añejos,
sonreía descalzo y por todo el camino.
Y si te mostré mis dientes fue para presumir
que eran menos feos que los tuyos;
y los tuyos eran, para mí, perfectos.
Hicimos bien en largarnos, aunque un poco a destiempo.
De habernos quedado,
tú estarías empeñada en enseñarme a ladrar
y yo habría aprendido a relinchar como un sapo.

Yo nada te enseñé (que no quisieras ver)
y nada me llevo.
Te dejo esa sonrisa de cremallera descompuesta
que tú inventaste para ti.
Ah, otra cosa: si vuelves a encontrar mi boca
entre los papeles revueltos,
no le saques la lengua ni te la pongas pegada a la oreja:
no suena al mar;
pero si me la envías por WhastApp,
te mando mi riñón derecho acorazonado,
y muchos, muchos emojis de besos.

27 de marzo de 2021
Yo nada te enseñé (que no quisieras ver)
y nada me llevo.
Te dejo esa sonrisa de cremallera descompuesta
que tú inventaste para ti.
Unos versos que a cualquier mujer enamoran.
Que bonitas letras pones.
Gracias.
Un saludo
 
Cielo en esas despedidas que parten el corazón, nunca sabemos si repartimos
equitativamente los créditos, lo que si se yo, es que siempre se pierde algo, o
mucho, o demasiado. Tus letras son todo un manifiesto sobre tu sonrisa, pero
más sobre la esencia de tu alma. Gracias por estos momentos que siempre
dejan ganas de más. Besitos cariñosos apretados en tus mejillas.
 
Abro cita:
“Yo te enseñé a sonreír; eso me llevo”.
Cierro cita.
Eso fue lo último que dijiste
aquella vez, según recuerdo.
Quizás debí corregirte entonces,
argumentar tu equivocación,
pero, ¿para qué?
A la hora de repartir las cuentas y las culpas,
a uno le tocan las cenizas
y al otro el cenicero.
Tú te llevaste a ti porque eres menuda y ligera.
Yo todavía tuve que esperar un rato
a que pasara el camión de la basura.

Al menos me consta que yo no te enseñé a llorar.
Y, en honor a la verdad, tú tampoco a mí.
Sigo llorando con los sobacos, a veces,
de mala gana.
Siguiendo la prescripción de Oliverio,
lloro mejor en el mingitorio:
lágrimas apuradas de suciedad que perdieron del decoro.
Esto me obliga a reflexionar
que cuando te quise fue con los riñones
y no con los emojis de corazón que te encantaban.
Nadie puede decir que ama más un preinfarto
que al alivio posterior a esperar media hora en la fila
del váter del antro.

Reconozco con otra estrellita de corcholata
para tu frente
que tú me mostraste dónde estaba mi boca,
porque la había perdido entre tantas estaciones
y tantas mudanzas.
Pero yo sonreía mucho antes de eso y con varias cosas.
Sonreía hasta con los agujeros de mis jeans añejos,
sonreía descalzo y por todo el camino.
Y si te mostré mis dientes fue para presumir
que eran menos feos que los tuyos;
y los tuyos eran, para mí, perfectos.
Hicimos bien en largarnos, aunque un poco a destiempo.
De habernos quedado,
tú estarías empeñada en enseñarme a ladrar,
y yo ya habría aprendido a relinchar como un sapo.

Yo nada te enseñé (que no quisieras ver)
y nada me llevo.
Te dejo esa sonrisa de cremallera descompuesta
que tú inventaste para ti.
Ah, otra cosa: si vuelves a encontrar mi boca
entre los papeles revueltos,
no le saques la lengua ni te la pongas pegada a la oreja:
no suena al mar;
pero si me la envías por WhastApp,
te mando mi riñón derecho acorazonado,
y muchos, muchos emojis de besos.

27 de marzo de 2021
En realidad se puede amar con cualquier parte del cuerpo que encuentre una salida. Amar es expresar de alguna manera lo que nos pasa por dentro y no nos deja indiferentes. Grandísimo poema amigo Pedro, recibe mis abrazos más fraternos.
 
Yo creo que este amor que nos muestras es un amor inteligente, esos que te hacen sufrir de propio, sabes para donde vas y duele pero es un dolor bello que se derrama en letras como éstas.
Bien lo he dicho desde mucho que somos masoquistas y que en los temas del amor lo somos aún más, nos gusta tanto ese dolor que no paramos de sentir.
Siempre bello leerte chamaco, te dejo un fuerte abrazo.
 
Última edición:
Cielo en esas despedidas que parten el corazón, nunca sabemos si repartimos
equitativamente los créditos, lo que si se yo, es que siempre se pierde algo, o
mucho, o demasiado. Tus letras son todo un manifiesto sobre tu sonrisa, pero
más sobre la esencia de tu alma. Gracias por estos momentos que siempre
dejan ganas de más. Besitos cariñosos apretados en tus mejillas.
Anita bonita, eres una amiga de todo corazón y me gusta tu comentario porque se siente tu sabiduría respecto a estas cosas que vienen con el negocio de estar vivos y de interactuar con los demás.
Muchas gracias. Te dejo mis abrazos.
 
Yo creo que este amor que nos muestras es un amor inteligente, esos que te hacen sufrir de propio, sabes para donde vas y duele pero es un dolor bello que se derrama en letras como éstas.
Bien lo he dicho desde mucho que somos masoquistas y que en los temas del amor lo somos aún más, nos gusta tanto ese dolor que no paramos de sentir.
Siempre bello leerte chamaco, te dejo un fuerte abrazo.
Me encanta lo que dices, porque es verdad. Siempre hay indicios claros que te dicen "No seas pendejo, ya sabes cómo va a acabar", pero como uno es un pendejo de grado doctoral, ahí va por un poco de miel para los días a cambio de que se le venga toda la colmena encima. Y, la neta, vale la pena, aguijón por aguijón. :D
Te requiero, colombiana mosha. Te dejo varios abrazos enredados.
 
Última edición:
Abro cita:
“Yo te enseñé a sonreír; eso me llevo”.
Cierro cita.
Eso fue lo último que dijiste
aquella vez, según recuerdo.
Quizás debí corregirte entonces,
argumentar tu equivocación,
pero, ¿para qué?
A la hora de repartir las cuentas y las culpas,
a uno le tocan las cenizas
y al otro el cenicero.
Tú te llevaste a ti porque eres menuda y ligera.
Yo todavía tuve que esperar un rato
a que pasara el camión de la basura.

Al menos me consta que yo no te enseñé a llorar.
Y, en honor a la verdad, tú tampoco a mí.
Sigo llorando con los sobacos, a veces,
de mala gana.
Atendiendo la prescripción de Oliverio,
lloro mejor en el mingitorio:
lágrimas apuradas de suciedad que perdieron del decoro.
Esto me obliga a reflexionar
que cuando te quise fue con los riñones
y no con los emojis de corazón que te encantaban.
Nadie puede decir que ama más un preinfarto
que al alivio posterior a esperar media hora en la fila
del váter del antro.

Reconozco con otra estrellita de corcholata
para tu frente
que tú me mostraste dónde estaba mi boca,
porque la había perdido entre tantas estaciones
y tantas mudanzas.
Pero yo sonreía mucho antes de eso y con varias cosas.
Sonreía hasta con los agujeros de mis jeans añejos,
sonreía descalzo y por todo el camino.
Y si te mostré mis dientes fue para presumir
que eran menos feos que los tuyos;
y los tuyos eran, para mí, perfectos.
Hicimos bien en largarnos, aunque un poco a destiempo.
De habernos quedado,
tú estarías empeñada en enseñarme a ladrar,
y yo ya habría aprendido a relinchar como un sapo.

Yo nada te enseñé (que no quisieras ver)
y nada me llevo.
Te dejo esa sonrisa de cremallera descompuesta
que tú inventaste para ti.
Ah, otra cosa: si vuelves a encontrar mi boca
entre los papeles revueltos,
no le saques la lengua ni te la pongas pegada a la oreja:
no suena al mar;
pero si me la envías por WhastApp,
te mando mi riñón derecho acorazonado,
y muchos, muchos emojis de besos.

27 de marzo de 2021
Con el tiempo la acumulación de emojis será canjeable por un solo beso de tú a tú. Eso espero.
Un abrazo, Pedro.
 
Abro cita:
“Yo te enseñé a sonreír; eso me llevo”.
Cierro cita.
Eso fue lo último que dijiste
aquella vez, según recuerdo.
Quizás debí corregirte entonces,
argumentar tu equivocación,
pero, ¿para qué?
A la hora de repartir las cuentas y las culpas,
a uno le tocan las cenizas
y al otro el cenicero.
Tú te llevaste a ti porque eres menuda y ligera.
Yo todavía tuve que esperar un rato
a que pasara el camión de la basura.

Al menos me consta que yo no te enseñé a llorar.
Y, en honor a la verdad, tú tampoco a mí.
Sigo llorando con los sobacos, a veces,
de mala gana.
Atendiendo la prescripción de Oliverio,
lloro mejor en el mingitorio:
lágrimas apuradas de suciedad que perdieron del decoro.
Esto me obliga a reflexionar
que cuando te quise fue con los riñones
y no con los emojis de corazón que te encantaban.
Nadie puede decir que ama más un preinfarto
que al alivio posterior a esperar media hora en la fila
del váter del antro.

Reconozco con otra estrellita de corcholata
para tu frente
que tú me mostraste dónde estaba mi boca,
porque la había perdido entre tantas estaciones
y tantas mudanzas.
Pero yo sonreía mucho antes de eso y con varias cosas.
Sonreía hasta con los agujeros de mis jeans añejos,
sonreía descalzo y por todo el camino.
Y si te mostré mis dientes fue para presumir
que eran menos feos que los tuyos;
y los tuyos eran, para mí, perfectos.
Hicimos bien en largarnos, aunque un poco a destiempo.
De habernos quedado,
tú estarías empeñada en enseñarme a ladrar,
y yo ya habría aprendido a relinchar como un sapo.

Yo nada te enseñé (que no quisieras ver)
y nada me llevo.
Te dejo esa sonrisa de cremallera descompuesta
que tú inventaste para ti.
Ah, otra cosa: si vuelves a encontrar mi boca
entre los papeles revueltos,
no le saques la lengua ni te la pongas pegada a la oreja:
no suena al mar;
pero si me la envías por WhastApp,
te mando mi riñón derecho acorazonado,
y muchos, muchos emojis de besos.

27 de marzo de 2021
La apertura de una despedida, poderlo decir, dejar que la nostalgia nos sacuda hasta los huesos y arrancarse tanta huella, y dejar que el tiempo desvanezca el recuerdo, es todo un proceso...Pero también, finalmente conservar lo que nos hace sonreír apenas lo recordamos y lo malo, enterrarlo en la tierra de nunca más.
Tus versos tienen ese sello especial que hacen únicas todas tus propuestas, por eso, es tan deleitable leerte.
Gracias por compartir tu poética y permitirnos viajar con tu sentir en cada poema.
Un abrazo y una feliz noche!
Camelia
 

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