¡Qué ciudad tan bella!
Su deslumbrante riqueza
parecía sonreírme;
el aroma dulce
de sus vinos,
la alegría de su gente,
su música,
sus bailes nocturnos,
su hospitalidad,
a mis ojos,
parecían recibirme.
Pero, ¡Qué ciudad tan difícil!
En vano preparé
durante mucho tiempo
mis naves para la batalla;
en vano seleccioné
las armas que usaría
y alisté soldados,
que después,
conmigo escaparían.
¡Quién podría creerlo!
En vano icé
mis banderas negras
de pirata malo
y ataqué su puerto
sin piedad,
espada en mano.
Poco importaron
los años vividos
sobre barcos veleros.
De nada sirvieron
mis gritos de ánimo
en la lucha,
ni mi brazo firme
derribando enemigos,
ni emboscadas,
ni estrategias,
¡La suerte estaba echada!
Sus muros
resistieron mis cañones,
sus trincheras,
demasiado seguras
para cruzarlas.
Destruyó sus puentes
para que no me acercara
y hasta sus razones
se tornaron barricadas
tan pesadas y altas
que no pude remover.
¡Qué humillante fracaso!
¡Qué derrota fatal!
¡Tantas veces que soñé
revolcarme entre sus risas,
convertirme en su guardián,
en sus pasos, en sus ojos,
en su aire para respirar!
¡Yo que la amé con locura,
que la escogí como el sitio
para despedir mi flota
y dejar de ser al fin
un pirata de ultramar!
¡Ya lo he comprendido!
Debo buscar otra ciudad,
porque ésta ciudad mujer,
la que llegué a amar,
la de mis sueños,
la de mi paz,
la de ojos vivos,
la de amplia sonrisa,
¡No la pude conquistar!
Su deslumbrante riqueza
parecía sonreírme;
el aroma dulce
de sus vinos,
la alegría de su gente,
su música,
sus bailes nocturnos,
su hospitalidad,
a mis ojos,
parecían recibirme.
Pero, ¡Qué ciudad tan difícil!
En vano preparé
durante mucho tiempo
mis naves para la batalla;
en vano seleccioné
las armas que usaría
y alisté soldados,
que después,
conmigo escaparían.
¡Quién podría creerlo!
En vano icé
mis banderas negras
de pirata malo
y ataqué su puerto
sin piedad,
espada en mano.
Poco importaron
los años vividos
sobre barcos veleros.
De nada sirvieron
mis gritos de ánimo
en la lucha,
ni mi brazo firme
derribando enemigos,
ni emboscadas,
ni estrategias,
¡La suerte estaba echada!
Sus muros
resistieron mis cañones,
sus trincheras,
demasiado seguras
para cruzarlas.
Destruyó sus puentes
para que no me acercara
y hasta sus razones
se tornaron barricadas
tan pesadas y altas
que no pude remover.
¡Qué humillante fracaso!
¡Qué derrota fatal!
¡Tantas veces que soñé
revolcarme entre sus risas,
convertirme en su guardián,
en sus pasos, en sus ojos,
en su aire para respirar!
¡Yo que la amé con locura,
que la escogí como el sitio
para despedir mi flota
y dejar de ser al fin
un pirata de ultramar!
¡Ya lo he comprendido!
Debo buscar otra ciudad,
porque ésta ciudad mujer,
la que llegué a amar,
la de mis sueños,
la de mi paz,
la de ojos vivos,
la de amplia sonrisa,
¡No la pude conquistar!
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