prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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[TD="colspan: 2"]De mi parte, he estado un poco lejos. La ausencia me queda bien, es una camisa para el alma
que heredo de los relámpagos, de un enfrentamiento de nubes sucias, que no saben llover por sí mismas. Mis largas manos de ausencia te abrazan, amiga, aún cuando pienses que el olvido es el último camino para volver. He muerto, es verdad, una vez más. Y la tierra del silencio sigue siendo mi ataúd. Llevo puesto un anillo de matrimonio donde aparece grabado el real nombre de la muerte en un idioma devorado, el esqueleto enroscado de una serpiente que se tragó el sueño del rocío antes de acabar aplastada por el hambre. Puedo enumerar las causas de un universo de extinción, nombrar las estrellas del agotamiento, la enorme distancia que hay entre dos lágrimas que corren al mismo tiempo. Pero prefiero sembrar el vacío que se parezca a madrugadas, abrir la cárcel de los grillos, cumplir con mi destino de hombre solo. Es imposible cerrar una ventana de heridas cuando el huracán del recuerdo es más fuerte que la sangre coagulada. El arco iris puede ser un color indeciso a existir, una suma de fingimientos enraizada en la humedad de las colinas. Estoy limpiando los pozos del crepúsculo, amiga. Han caído ciervos en la sed de palabras. Tengo cuernos o ramas de miedo de las que brota la consistencia de un espejo del frío y recorro las calles del sufrimiento a pie descalzo. He sacrificado varias identidades del dolor para hacer creer a mi sombra de niño que hay un delta de primaveras abotonado por charcos, que la lluvia nace y no es lo que barren los ángeles desde los alambres del edén, desde la interminable hiedra de espinas que rodea la reencarnación, que el éter no es el aborto de la nada. Invoco a los faraones envueltos en sábanas de veneno, amiga, a los robles que no perdonan, al castigo que aletea sobre aldeas de futuro. Y no me conoces. Respiré nieve antes de nacer. Nací de un vientre ateo. Soy el grito que emerge desde la horca de los días. La boca de un crucificado por el tiempo.
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que heredo de los relámpagos, de un enfrentamiento de nubes sucias, que no saben llover por sí mismas. Mis largas manos de ausencia te abrazan, amiga, aún cuando pienses que el olvido es el último camino para volver. He muerto, es verdad, una vez más. Y la tierra del silencio sigue siendo mi ataúd. Llevo puesto un anillo de matrimonio donde aparece grabado el real nombre de la muerte en un idioma devorado, el esqueleto enroscado de una serpiente que se tragó el sueño del rocío antes de acabar aplastada por el hambre. Puedo enumerar las causas de un universo de extinción, nombrar las estrellas del agotamiento, la enorme distancia que hay entre dos lágrimas que corren al mismo tiempo. Pero prefiero sembrar el vacío que se parezca a madrugadas, abrir la cárcel de los grillos, cumplir con mi destino de hombre solo. Es imposible cerrar una ventana de heridas cuando el huracán del recuerdo es más fuerte que la sangre coagulada. El arco iris puede ser un color indeciso a existir, una suma de fingimientos enraizada en la humedad de las colinas. Estoy limpiando los pozos del crepúsculo, amiga. Han caído ciervos en la sed de palabras. Tengo cuernos o ramas de miedo de las que brota la consistencia de un espejo del frío y recorro las calles del sufrimiento a pie descalzo. He sacrificado varias identidades del dolor para hacer creer a mi sombra de niño que hay un delta de primaveras abotonado por charcos, que la lluvia nace y no es lo que barren los ángeles desde los alambres del edén, desde la interminable hiedra de espinas que rodea la reencarnación, que el éter no es el aborto de la nada. Invoco a los faraones envueltos en sábanas de veneno, amiga, a los robles que no perdonan, al castigo que aletea sobre aldeas de futuro. Y no me conoces. Respiré nieve antes de nacer. Nací de un vientre ateo. Soy el grito que emerge desde la horca de los días. La boca de un crucificado por el tiempo.
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