kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
APRENDER A PARARResulta esencial alzar la vista (o bajarla al suelo),
sentarse (o caminar),
pero, por un instante, parar.
Si uno lo consigue todo comienza a moverse.
Las cosas recobran la vida
que siempre tuvieron, pero que tú no viste.
Si te das la oportunidad
no tardarás en despojarte del jodido zumbido
que silba al ralentí en tu mente de todo a cien.
Entonces, ante la ausencia de ruido,
se te hará perceptible una suave y cadenciosa percusión:
habrá comenzado el teatro de la vida.
La mirada será, por fin, mirada,
y se te aparecerá
—simplemente por poner un ejemplo,
o por poner un ejemplo de un ejemplo—
un niño que empujará con torpeza su propio carrito
y ante él un gorrión birlará un pedazo de pan a una paloma coja
mientras el padre del niño
andará dando vueltas
tratando al móvil asuntos muy importantes.
Probablemente un autobús se detendrá ante ti
y serás capaz de identificar, con todo lujo de detalles,
al hombre preocupado que apoya su rostro contra la ventanilla,
y si estás lo suficientemente atento
distinguirás la lágrima que recorre su mejilla,
y en ella reflejada podrás admirar unas hojas de acacia
con sus fractales proporciones de almendras verdes
y contemplarás cómo por el manso caudal de su savia
van remando sobre el lomo de una mitocondria
un protón y un neutrón enamorados,
mientras sus traviesos y diminutos cuarks
ríen y chapotean a la vera de su barca.
Entretanto, allá en el limbo filoso de la hoja impar,
seremos testigos de cómo
un gravitón se funde entre los senos fugaces de un fotón,
y en la «pequeña muerte» de su orgasmo
se le podrá escuchar un lacónico y bellísimo
«yo amo, luego existo».
Ya después
recibirás una llamada trascendental de alguien
que te ofrece el contrato de tu vida.
el con tra to de tu vi da
El zumbido se reclinará de nuevo
en el salón de tu mente
y arrancará el autobús
engrasando sus ventanas
mientras regresas
al incesante ruido de los seres parlantes
bajo los borrones verdes
de lo que fueron las acacias.
Si aprendieras a parar
no se te escaparían tantos instantes...
No hay que olvidar que la vida
se nutre, precisamente, de instantes.
Y es que al final
qué sentido tendría nada, querido compañero,
si una vez capitulado tu paso por el mundo
no pudieras proclamar con un rotundo «sí»
que todo este periplo
valió
verdaderamente la pena.
Kalkbadan
En Madrid a 5 de junio de 2016
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