Herbert Luna
Poeta asiduo al portal
Ofrendándonos,
En tu honor decapitamos
Pinos,
Efigies
Y de los afluentes, clonaciones
De pámpanos vencidos,
De arrullos en los pulgares,
De aceitunas harto sacras,
De amoríos de antera ingenua,
De cachorros amarrados a los ríos
Y denuestos, con canciones sin tonos.
Y después del diluvio,
Posar los cueros en mitad del toldo.
Embriagarme de siglos de seis muertes y media
Y de estas ansias de embetunados ribetes.
Me acuesto en el dedo de Dios
Como santa altura sietemesina.
Como cuervo de ida y vuelta
O si acaso paloma.
Como vivir de hojas frescas
Y de olivar en pico.
O como voz fecunda
Que del arco tenso de un flechador de nubes,
Modula un pacto cromógeno
Entre tu oír y el mío.
Y en el suelo ya aventado,
Disipación de manantiales rotos.
Y arados anversos a las compuertas del firmamento,
Con tallos y esencias en contemplación de grietas.
Y después del diluvio,
Mis fieras
Cocidas al fuego de todos los fuegos,
Al fuego de ciudad con muro que araña un cielo,
Debajo de otro cielo de estrellas caídas,
Contiguo y desierto en un desierto mío,
Badén de mi salvaje entraña.
Y de mi casa amputada,
Apenas alcobas de ofidias,
Una sala procurada por cerdos,
La sentina con claustros de buitres
Y yo,
Que me mudo al valle de tu ombligo,
Que me vuelvo cúmulo y me hago fango
Y tan alternativamente,
Cuaderno compungido;
Venablo sin la gracia de algún reflejo irisado;
Rechinido de soberbias en mis propios corrales;
Humareda desbocada con ayuno de aromas.
Desde allí voy tendiendo encima de los riscos despeinados, mis alimañas,
Luciendo botones sin laureles en las frentes,
mis horas maquilladas con ceniza.
Incitando un concurrir de fieras,
Desenredo los nichos de tus tantos abrazos
Hasta que se mojan las almohadas del crepúsculo.
Padezco
Hasta que encallas en mi propia muerte
Con tu tintinear
Medroso
De balanza falla.
En tu honor decapitamos
Pinos,
Efigies
Y de los afluentes, clonaciones
De pámpanos vencidos,
De arrullos en los pulgares,
De aceitunas harto sacras,
De amoríos de antera ingenua,
De cachorros amarrados a los ríos
Y denuestos, con canciones sin tonos.
Y después del diluvio,
Posar los cueros en mitad del toldo.
Embriagarme de siglos de seis muertes y media
Y de estas ansias de embetunados ribetes.
Me acuesto en el dedo de Dios
Como santa altura sietemesina.
Como cuervo de ida y vuelta
O si acaso paloma.
Como vivir de hojas frescas
Y de olivar en pico.
O como voz fecunda
Que del arco tenso de un flechador de nubes,
Modula un pacto cromógeno
Entre tu oír y el mío.
Y en el suelo ya aventado,
Disipación de manantiales rotos.
Y arados anversos a las compuertas del firmamento,
Con tallos y esencias en contemplación de grietas.
Y después del diluvio,
Mis fieras
Cocidas al fuego de todos los fuegos,
Al fuego de ciudad con muro que araña un cielo,
Debajo de otro cielo de estrellas caídas,
Contiguo y desierto en un desierto mío,
Badén de mi salvaje entraña.
Y de mi casa amputada,
Apenas alcobas de ofidias,
Una sala procurada por cerdos,
La sentina con claustros de buitres
Y yo,
Que me mudo al valle de tu ombligo,
Que me vuelvo cúmulo y me hago fango
Y tan alternativamente,
Cuaderno compungido;
Venablo sin la gracia de algún reflejo irisado;
Rechinido de soberbias en mis propios corrales;
Humareda desbocada con ayuno de aromas.
Desde allí voy tendiendo encima de los riscos despeinados, mis alimañas,
Luciendo botones sin laureles en las frentes,
mis horas maquilladas con ceniza.
Incitando un concurrir de fieras,
Desenredo los nichos de tus tantos abrazos
Hasta que se mojan las almohadas del crepúsculo.
Padezco
Hasta que encallas en mi propia muerte
Con tu tintinear
Medroso
De balanza falla.