Fulgencio Cibertraker
Poeta que considera el portal su segunda casa
Andaba Lucressia
Siempre con el a cuestas,
Con su atizador prendido
Que en realidad solo era
ferro rascador tendido,
con mango de madera
y garra de acero revenido
forrado de cierto pelo
como a ella desta guisa
le gustaba pronombrarlo.
Que lo mismo valía de fusta
Que de removedor de pucheros.
Se acostumbró la viuda
A llevarlo siempre encima
Desde que un cavallo arisco
Áspero, de mala sangre
Lo compro casi de valde.
De difícil e inquina doma
Todo el corpo de viva sangre
Seco como un alambre
Inquieto, nervioso, y basilisco.
Comprendió rápidamente
Que no era sarna lo que tenia
Como o vendedor tramposo
Con cierta duda suponía,
Sino que le gustaba rascarse
Si le picaba la piel arrevenida.
A ella le gustaba referirse
Al rascador me refiero
Como barita de hadas
Pero las gentes del lugar
Igualaban a imaginar
Como bruxa de escoba
con una de sus ramas.
Ella siempre decía
A las bestias me refiero
Que no los acariciaba
Que los animales preferían
Que a ratos los rascaran.
Pues con ellos mejor darlos
De comer, rascar y aparear
Todo empezar querer les era
Que de noche estabularlos.
Isto es como surgió la leyenda
Que si cerca del lugar, hubiera
En cerca un animal avieso
Llevabanselo presto tieso
Por si tuviera algún remedio
Para luego, pasados tres días
Pagara su justo precio
O quizá no lo tenia
Porque ellos preferían
Coger lo poco que te daba
Que perderlo sen remedio.
Así que advertían a los niños
Cuando eran malos e traviesos
Que o bien el hombre del saco venia
O bien a Lucrecia allegaban
O a confesar a la santa iglesia.
Puestos a elegir pobres niños
si Lucrecia les tocaba
Sabiendo les esperaba
Con su atizador y en ristre ira
Desde el rascador atizaba
O te deslomaba a letanías.
Vaya con el fierro atizador
Que las veces hacia de tenedor
Otras de trinche, u orca fina
Las menos veces de alargador
Otras de lanza o arrojador
O de rascaflor o escofina.
Que lo mesmo te arrancaba la piel
Pelaba la fruta, hacía de colador
O de probador por las cocinas.
Había que verlo para creerlo
Pues desta facha nos venia
Ella, espanto de aparecida
Él, cavallo de tormenta
Con su rascador escofina
Su mano firme lo portaba
Seguida de corvo tieso
Galgo flaco hasta los huesos
Queal parecer ningun destos
Pouco ou nada me comían.
Para cuando a todos les llovía
Aullaban xuntos las tormentas
Madre mía que apariencia
El alma nos compungía
Sin que probaran mordida
Sin que probara marido
Ni vara, ni doncel, ni olivo
A una, todos juntos maldiciendo.
Al despertarse la luna
Que tormento, que quebranto
Espanto de rascador
Pálida yegua al trasluz,
Costillas de palo el galgo
Que visto y no visto, ser
verle transparentarse la tez
Darles sin sombra ni espejo
La trémula luz de la luna
Ni a miña alma abeiro
Non fai descansa alguna.
Que es verlos y no contarlo
Y como lo cuentan lo cuento
Que así es, como lo cuentan
Son ánimas del purgatorio.
Que dicen su alma han visto
Siguiendo a las Santa Compaña
Persiguiendo a su muerto marido
Con su escoba, su rascador y jaca.
Que hasta la mesma santa compaña
Huyendo se habrá despavorido.
Ver a los dos amantes
Ella pálida, y o Él frio
Y el genio de su lámpara
A toda mecha, horripilado.
Ni fulgor, sin sudor, ni brío
Anémica la tez, desnutridos
Cadavéricos o por frio ateridos
Eles foie peixe é ter cola freixa
O mi anima encuentre esposa
O yo bendita fe respuesta
A cuanto aquí lo acontecido.
.- Caballero no sabe usted nada
por secreto en el alma femenino,
cree que por regalarnos una joya
le tendremos aún más apremio.
Es su valor el que nos sobra
y la intención del esfuerzo,
del señor el que se premia
todo es cuestión del valor
que nos dais en cada joya
donde va implícito su alto precio.
.- Según eso, si un campesino
viene en regalar una manzana
le tendréis a fuer igual cariño
que un magnífico collar de toisón
si el vulgar ladrón es magnifico rey
lo deja sin querer prendido al cuello.
Regalarnos con palabras el oído
o dejarnos cariño prendido al cuello
al final lo veis, le vais cogiendo el hilo
Del poema epico Lucrecia Mataplana
Siempre con el a cuestas,
Con su atizador prendido
Que en realidad solo era
ferro rascador tendido,
con mango de madera
y garra de acero revenido
forrado de cierto pelo
como a ella desta guisa
le gustaba pronombrarlo.
Que lo mismo valía de fusta
Que de removedor de pucheros.
Se acostumbró la viuda
A llevarlo siempre encima
Desde que un cavallo arisco
Áspero, de mala sangre
Lo compro casi de valde.
De difícil e inquina doma
Todo el corpo de viva sangre
Seco como un alambre
Inquieto, nervioso, y basilisco.
Comprendió rápidamente
Que no era sarna lo que tenia
Como o vendedor tramposo
Con cierta duda suponía,
Sino que le gustaba rascarse
Si le picaba la piel arrevenida.
A ella le gustaba referirse
Al rascador me refiero
Como barita de hadas
Pero las gentes del lugar
Igualaban a imaginar
Como bruxa de escoba
con una de sus ramas.
Ella siempre decía
A las bestias me refiero
Que no los acariciaba
Que los animales preferían
Que a ratos los rascaran.
Pues con ellos mejor darlos
De comer, rascar y aparear
Todo empezar querer les era
Que de noche estabularlos.
Isto es como surgió la leyenda
Que si cerca del lugar, hubiera
En cerca un animal avieso
Llevabanselo presto tieso
Por si tuviera algún remedio
Para luego, pasados tres días
Pagara su justo precio
O quizá no lo tenia
Porque ellos preferían
Coger lo poco que te daba
Que perderlo sen remedio.
Así que advertían a los niños
Cuando eran malos e traviesos
Que o bien el hombre del saco venia
O bien a Lucrecia allegaban
O a confesar a la santa iglesia.
Puestos a elegir pobres niños
si Lucrecia les tocaba
Sabiendo les esperaba
Con su atizador y en ristre ira
Desde el rascador atizaba
O te deslomaba a letanías.
Vaya con el fierro atizador
Que las veces hacia de tenedor
Otras de trinche, u orca fina
Las menos veces de alargador
Otras de lanza o arrojador
O de rascaflor o escofina.
Que lo mesmo te arrancaba la piel
Pelaba la fruta, hacía de colador
O de probador por las cocinas.
Había que verlo para creerlo
Pues desta facha nos venia
Ella, espanto de aparecida
Él, cavallo de tormenta
Con su rascador escofina
Su mano firme lo portaba
Seguida de corvo tieso
Galgo flaco hasta los huesos
Queal parecer ningun destos
Pouco ou nada me comían.
Para cuando a todos les llovía
Aullaban xuntos las tormentas
Madre mía que apariencia
El alma nos compungía
Sin que probaran mordida
Sin que probara marido
Ni vara, ni doncel, ni olivo
A una, todos juntos maldiciendo.
Al despertarse la luna
Que tormento, que quebranto
Espanto de rascador
Pálida yegua al trasluz,
Costillas de palo el galgo
Que visto y no visto, ser
verle transparentarse la tez
Darles sin sombra ni espejo
La trémula luz de la luna
Ni a miña alma abeiro
Non fai descansa alguna.
Que es verlos y no contarlo
Y como lo cuentan lo cuento
Que así es, como lo cuentan
Son ánimas del purgatorio.
Que dicen su alma han visto
Siguiendo a las Santa Compaña
Persiguiendo a su muerto marido
Con su escoba, su rascador y jaca.
Que hasta la mesma santa compaña
Huyendo se habrá despavorido.
Ver a los dos amantes
Ella pálida, y o Él frio
Y el genio de su lámpara
A toda mecha, horripilado.
Ni fulgor, sin sudor, ni brío
Anémica la tez, desnutridos
Cadavéricos o por frio ateridos
Eles foie peixe é ter cola freixa
O mi anima encuentre esposa
O yo bendita fe respuesta
A cuanto aquí lo acontecido.
.- Caballero no sabe usted nada
por secreto en el alma femenino,
cree que por regalarnos una joya
le tendremos aún más apremio.
Es su valor el que nos sobra
y la intención del esfuerzo,
del señor el que se premia
todo es cuestión del valor
que nos dais en cada joya
donde va implícito su alto precio.
.- Según eso, si un campesino
viene en regalar una manzana
le tendréis a fuer igual cariño
que un magnífico collar de toisón
si el vulgar ladrón es magnifico rey
lo deja sin querer prendido al cuello.
Regalarnos con palabras el oído
o dejarnos cariño prendido al cuello
al final lo veis, le vais cogiendo el hilo
Del poema epico Lucrecia Mataplana
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