Asklepios
Incinerando envidias
Lo invisible en multitud ha sido esparcido entre nosotros mientras juegan a que juguemos a perder el tiempo de nuestras vidas en teorizar interminablemente sobre el suceso. La partida está en marcha…
Han puesto un cebo de incertidumbre en el que han camuflado al engaño. La partida es y será larga. Jugaron las primeras manos justificando unos supuestos inocentes asombro y desconcierto a los que defendieron con declaraciones al paso tras las que pretendían esconder su desorganización, su falta de planificación y su indiscutible incapacidad. Todos los jugadores, no sólo nosotros, sino que incluso ellos mismos, no tardamos en identificar ese momento de la partida.
Mientras tanto, el tiempo no ha dejado de pasar y tampoco dejaba de cargar de muerte y pesimismo a tan esperpéntico juego que no ha parado de sumar más y novedosos matices como por ejemplo, cuando jugaron a parapetarse tras la excusa de la internacionalización del “torneo”, con la clara intención de minimizar el evidente caos y su irresponsabilidad. También de desviar nuestra atención tras el ecléctico ofrecimiento de datos y cifras nunca coherentes, acertados ni coincidentes. Supongo que no tardaron en saber que, aquella mano, una más, también la habían perdido. A pesar de todo, en el fondo, seguían mostrándose omnipotentes y su orgullo les impedía dejar de ofrecer órdago tras órdago aunque siguieran siendo todos inútiles.
Se llegó hasta el punto de hacer un alto en el juego,- juego que, en el fondo, nunca ha tenido intención de aflojar su ritmo-, y se decretó la alarma. Los ases se cambiaron por confinamientos; los reyes por ERTES; las reinas por pruebas PCR, -todas ellas, siempre inservibles-; las sotas por… Y nunca, ninguno de ellos optó por cambiar la baraja por el juego del sentido común.
Esta sociedad, desde hace ya demasiado tiempo y cada vez más, está acostumbrada a que sea el estado el solucionador,- está ya obligado-, de todos los problemas. La sociedad no deja de pedir y de obviar la propia responsabilidad que todos,-uno a uno- tenemos. Así, si de verdad optáramos por ser responsables y coherentes con nuestros propios actos, la partida ya la habríamos ganado hace mucho tiempo. Nos gusta, ya somos adictos a quejarnos, a buscar culpables que siempre serán los demás. Nos guata que nos den todo hecho. Y esto no funciona… Bueno… no debería de funcionar así pero es así, lamentablemente, como funciona.
Y, tras todo esto, a partir de aquí…¿?
Han puesto un cebo de incertidumbre en el que han camuflado al engaño. La partida es y será larga. Jugaron las primeras manos justificando unos supuestos inocentes asombro y desconcierto a los que defendieron con declaraciones al paso tras las que pretendían esconder su desorganización, su falta de planificación y su indiscutible incapacidad. Todos los jugadores, no sólo nosotros, sino que incluso ellos mismos, no tardamos en identificar ese momento de la partida.
Mientras tanto, el tiempo no ha dejado de pasar y tampoco dejaba de cargar de muerte y pesimismo a tan esperpéntico juego que no ha parado de sumar más y novedosos matices como por ejemplo, cuando jugaron a parapetarse tras la excusa de la internacionalización del “torneo”, con la clara intención de minimizar el evidente caos y su irresponsabilidad. También de desviar nuestra atención tras el ecléctico ofrecimiento de datos y cifras nunca coherentes, acertados ni coincidentes. Supongo que no tardaron en saber que, aquella mano, una más, también la habían perdido. A pesar de todo, en el fondo, seguían mostrándose omnipotentes y su orgullo les impedía dejar de ofrecer órdago tras órdago aunque siguieran siendo todos inútiles.
Se llegó hasta el punto de hacer un alto en el juego,- juego que, en el fondo, nunca ha tenido intención de aflojar su ritmo-, y se decretó la alarma. Los ases se cambiaron por confinamientos; los reyes por ERTES; las reinas por pruebas PCR, -todas ellas, siempre inservibles-; las sotas por… Y nunca, ninguno de ellos optó por cambiar la baraja por el juego del sentido común.
Esta sociedad, desde hace ya demasiado tiempo y cada vez más, está acostumbrada a que sea el estado el solucionador,- está ya obligado-, de todos los problemas. La sociedad no deja de pedir y de obviar la propia responsabilidad que todos,-uno a uno- tenemos. Así, si de verdad optáramos por ser responsables y coherentes con nuestros propios actos, la partida ya la habríamos ganado hace mucho tiempo. Nos gusta, ya somos adictos a quejarnos, a buscar culpables que siempre serán los demás. Nos guata que nos den todo hecho. Y esto no funciona… Bueno… no debería de funcionar así pero es así, lamentablemente, como funciona.
Y, tras todo esto, a partir de aquí…¿?