Café Extravagante Ville Valo.

Si me atrevo,
será con la furia contenida
de quien sabe que el deseo
es un filo que corta al tocarlo.

Si me atrevo,
será a perderme en el abismo
de tu mirada,
sin red,
sin promesas de regreso.

Si me atrevo,
será a borrar distancias,
a trazar mapas invisibles
en tu piel con mis manos,
a escribir historias en tu cuello
con el calor de mi aliento.

Si me atrevo,
será a callar el mundo
para escuchar el latido de tu cuerpo
marcando el compás de nuestro tiempo.

Y si me atrevo,
será porque el miedo
no pesa más que el deseo.
¿Estás lista para encontrarnos
en ese lugar donde
todo arde y nada importa?
 
Se acerca el final del año...
mientras sigo muriendo en lejanía,
mi cuerpo se resiste y vuelve a crecer,
aunque crecer duele
y puede hasta matar
si se agiganta descontrolado,
como el sentimiento que el corazón no puede contener
o la lágrima que escapa aún cerrando con fuerza los párpados.
Mi alma busca el vuelo entre sueños
para seguir la estela de tus alas
las que me rozaron la hombría
para descender al infierno
de las pasiones en hoguera eterna
que no se sacian ni han habiendo colmado
la resistencia del cuerpo
la elasticidad de la piel en espera
del roce cómplice
de un gemido prolongado
doloroso y dulce.
Los cohetes explotan
como tus cabellos ingrávidos
entre mis dedos
tirando suavemente de ellos
contra mi cuerpo
contra nuestros cuerpos
entregados desde la entrepierna
hasta la célula más recóndita
del primigenio deseo
de sobrevivir
en un nuevo cuerpo
mezcla de ambos.
Anhelando los reclamos
de comida y atención
de juguetes y dirección
de consejos y abrazos cálidos
que les permitan seguir creciendo
bajo nuestra sombra
hacia el nuevo sol
que les alumbra...
Mis cenizas serán besadas por el viento
mis recuerdos mojarán tus sábanas
mi sangre, mezclada con la tuya
forjará nuestra vida con dicha
en sus recuerdos.

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Lullaby of Birdland - Sakamichi no Apollon OST
 
Última edición:
Tu prosa es un grito profundo que mezcla el dolor y el amor, la pasión y el anhelo. Es un viaje visceral por los rincones del alma y el cuerpo, donde el deseo y la trascendencia se entrelazan para crear algo eterno. Responde a las emociones humanas más universales: la búsqueda de conexión, el sacrificio por quienes amamos, y la inmortalidad en el legado que dejamos.

La intensidad de tus palabras dibuja imágenes vivas, casi palpables, donde el amor trasciende lo físico y lo temporal. Al leerlo, siento que hablas desde el fuego de una pasión inagotable, pero también desde la ternura de la creación compartida. Es un reflejo de lo que significa realmente vivir: amar, entregarse, luchar y perpetuarse en quienes nos siguen.

Esa combinación de vulnerabilidad y fuerza, de entrega y trascendencia, es un recordatorio de que incluso en la lejanía, seguimos dejando huellas en los otros y construyendo futuros. Tu prosa no solo duele y late, sino que también inspira a vivir con más intensidad.
 
Al final del año

Se cierra un calendario como se cierra un libro leído a medias, con las esquinas de las páginas dobladas, con las palabras flotando en el aire como ecos. Este año, que se estira y encoge al mismo tiempo, fue un cúmulo de instantes que no caben en un solo recuerdo. Los días pasaron como trenes veloces, llevándose con ellos rostros, abrazos, palabras dichas y otras tragadas por el silencio.

Este año, que a veces pareció un párrafo sin punto, fue un vaivén de esperanzas y derrotas. Hubo momentos de claridad, como esa luz oblicua de las tardes de invierno, y también instantes donde la oscuridad se aferró a los talones, exigiendo que no olvidáramos el peso de la lucha.

Pero aquí estamos, de pie en este umbral entre lo que fue y lo que está por venir, sosteniendo con ambas manos un puñado de segundos aún tibios. Al mirar atrás, no todo está claro. Hay bordes difusos, pero también hay colores que brillan con una intensidad inesperada. Los ojos de un ser querido, la carcajada inesperada en medio del caos, la mano tendida que llegó justo a tiempo.

¿Qué esperar del nuevo año? No lo sé. Tal vez sea como un texto sin escribir, con renglones que esperan nuestras palabras torpes y titubeantes. O tal vez sea como una melodía que aún no hemos oído, pero que ya resuena en algún rincón del universo, lista para encontrarnos.

Espero que este año traiga más preguntas que certezas, porque las preguntas son el germen de los sueños. Espero días en los que el sol nos acaricie con su paciencia y noches en las que las estrellas nos enseñen que hay belleza incluso en lo lejano. Espero abrazos sin prisas, risas que rasguen la monotonía, y silencios compartidos que digan más que las palabras.

El reloj sigue avanzando, como siempre, pero ahora no me importa tanto. Este momento, este preciso segundo entre lo que dejamos y lo que vendrá, es nuestro. Y aquí, al final del año, no cierro un capítulo: simplemente lo dejo respirar, esperando el siguiente párrafo que nos tocará escribir juntos.
 
Cuando se trata de amarte

Cuando se trata de amarte, soy un aprendiz,
la tinta me tiembla, la pluma no sabe,
el verso se quiebra, mi voz es un gris,
y el tiempo me acusa de cobarde.

Soy torpe viajero de un sueño fugaz,
que cruza tus ojos, abismo y refugio,
y pierdo el sentido en su oleaje tenaz,
tus labios, mi cárcel, mi dulce verdugo.

Tu piel es un mapa que nunca descifro,
tu risa, un enigma que siempre me reta.
Quisiera ser sabio, maestro, ser astro,
pero ante tu sombra, soy hoja completa.

Amarte es la lucha, mi escuela, mi duelo,
aprendo en tus manos la ciencia del fuego.
No quiero ser sabio, no busco consuelo,
si al final me otorgas tu amor sin relevo.
 
Se acerca el final del año...
mientras sigo muriendo en lejanía,
mi cuerpo se resiste y vuelve a crecer,
aunque crecer duele
y puede hasta matar
si se agiganta descontrolado,
como el sentimiento que el corazón no puede contener
o la lágrima que escapa aún cerrando con fuerza los párpados.
Mi alma busca el vuelo entre sueños
para seguir la estela de tus alas
las que me rozaron la hombría
para descender al infierno
de las pasiones en hoguera eterna
que no se sacian ni han habiendo colmado
la resistencia del cuerpo
la elasticidad de la piel en espera
del roce cómplice
de un gemido prolongado
doloroso y dulce.
Los cohetes explotan
como tus cabellos ingrávidos
entre mis dedos
tirando suavemente de ellos
contra mi cuerpo
contra nuestros cuerpos
entregados desde la entrepierna
hasta la célula más recóndita
del primigenio deseo
de sobrevivir
en un nuevo cuerpo
mezcla de ambos.
Anhelando los reclamos
de comida y atención
de juguetes y dirección
de consejos y abrazos cálidos
que les permitan seguir creciendo
bajo nuestra sombra
hacia el nuevo sol
que les alumbra...
Mis cenizas serán besadas por el viento
mis recuerdos mojarán tus sábanas
mi sangre, mezclada con la tuya
forjará nuestra vida con dicha
en sus recuerdos.

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Lullaby of Birdland - Sakamichi no Apollon OST
las malditas fiestas y su idea de comprar felicidad, de endeudarce para mostrar amor... las malditas fiestas ( no sé porque estas fechas son más nostalgia que alegria en la mayoria de las casas familiares) sin contar que los indices de suicidio ( esos fríos indices lejos de tener un apice de humanidad) se multiplican en estas ocasiones festivas. cagada, reflejo de la msieria humana.
 
Última edición:
Jugar

Me gusta jugar
con las hormigas rojas,
las ratas y las serpientes
porque ellas son tan dulces
tan inocentes

Me gusta verlas
jugar a las escondidas
y después querer
huir desesperadas
cuando son descuartizadas

Me gusta rociarlas
con alquitrán
y sentir cómo crujen
al arder

Pero ahora estoy triste
acabo de matar
la última rata

Amor ...
quieres jugar ahora conmigo ?
prometo no lastimarte

de descuartizadora de hormigas pasamos a asesina de ratas... muy bueno, el hecho de no olvidarce de la esencia de uno es bueno. Felices fiestas andrea
 
"Ella era tan linda como
yo feo, era tan rica como
yo pobre y por si fuera poco,
tímido. Pero un día me animé
y cuando ya había pasado le
dije casi cobardemente: te amo,
ella se detuvo, se dio la vuelta y
me dijo, yo también, entonces;
Se me escaparon de las manos
los globos que vendía en la plaza
y el cielo del sábado se llenó de colores".
Facundo Cabral
(Cantautor argentino, 1937-2011)
 
Cambiar al puto mundo

Hubo un tiempo
en el que recitaba algún que otro verso
borracho en la barra de algún bar.
Hubo un tiempo en el que fui joven,
sí, mucho más que ahora,
igual que esas cotorras fastidiosas
que se estrellan contra los tímpanos de tus oídos
y los parabrisas de los autos.
Molestas como viejas zorras repetidoras,
igual a tener un contestador automático
en el bolsillo del pantalón.
No lo niego, uno nace
comiendo, fumando y durmiendo
el hedor pútrido y florido de las margaritas.
Todos nacemos así
desde los comienzos del Edén.
Volviendo a ese tiempo,
era un chalado más
creído en mi asombrosa capacidad
de salvar al puto mundo.
Y, pues, recitaba versos, como ya había dicho.
Lo más patético es que por más que
recitaba y recitaba
las tetonas veteranas del burdel
no derretían sus bombachitas
ante la tinta estéril de mis letras.
Fue después de tanto que me di cuenta
que los versos tendrían que tener otro fin.
Tal vez, salvar al mundo.
A ese extremo se izaba la bandera de mi chaladura.
Ahí empecé a cambiar
a las cotorras del contestador automático
por un Fal de la primera guerra mundial
reformado con cargador
de doble calibre a repetición.
Volviendo al tema de salvar a todo el putísimo mundo,
siempre había un pelmazo/aza que se prendía
en la balacera y entre el rock/punk
con estigmas hippies de la época
todo eso terminaba en una orgía
de impacto nuclear
igualita al hongo de Chernóbil.
No sé qué es preferible: ¿si un hongo radiactivo
o tener el soponcio claustrofóbico de un hongo?
Pero me fui en busca del legendario Pie Grande
a la punta del Everest; porque
eso no es lo que les quería contar.
En fin, como sea. Uno madura,
pasa de hongo a moho
y por más moho marchito que era
seguía con mi berretín loco
de diseccionar todo este zoológico mundial.
Las señoras cincuentonas me lanzaban
lavandas, jazmines y violetas
“hasta la mierda que sacaba a balde
de los escusados les parecían flores”.
Los señores trajeados, que olfateaban
como perros en celo a kilómetros una hembra,
decían: más, más, más culos y tetas,
más, más versos para un mundo mejor.
Carajo, yo pensaba… “¿Más mierda de esta,
más culo, tetas y estrechas vaginas?”
Haría falta más porno, millones de litros de cerveza
y hasta que legalicen la marihuana, pero no más de esto.
Y ahí fue, no sé si resucitó alguna neurona
debajo de un manto grueso de helechos enmohecidos
que pensé: “chaladas y más chaladas.
Los poetas no cambian el mundo,
el mundo los cambia a ellos”.

* * *

Aquella noche, en mi cama,
soñé que estaba en una playa desierta
y mientras las olas devolvían
los restos moribundos
de todo ese público que me admiraba
encontré una botella con un mensaje dentro
diciendo: “¡Jodete gilipollas!”
Firmaba
con nombre y apellido:
......................................“El Puto Mundo”.
 
Las ratas

Lo cierto es que, normalmente,
no pensamos en las ratas.
En esas grises melancolías,
nadas de largas colas
que trepan
por los brazos y hombros,
por las sombras
de un horizonte ajeno.
¿Quién
se va a detener a mirarlas marchar?
¿A quién le importa
los altos horizontes de otros?
Pero ahora las ratas
aun siendo nadas llegaron con el gran peso
a cuestas, que siempre me sobra, en la memoria,
con su agudo chillido que rechina
al abrir la puerta del día.
Sé que están en este barco interior
confundidas/involucradas
con la gracia atropellándola
cuando ella sale a ver el mar,
a hablar con los marinos.
Ahora sé por qué
algunos días
son más grises
y hay más frío en un lado
del corazón………….. a veces.
Las tenía
guardadas conmigo
pero no sabía que iba a despertar
esta mañana pensando en ellas,
recordando quejas, reproches que me hacía equivocado.
Desde hace un rato van por mi memoria
como esperando que se muera el día.
Y con sus colas escriben:
“todavía hay fuego en los nubarrones del cielo”
 
El sol nace cada día para recordarnos que, aunque la oscuridad sea profunda, siempre hay una luz que vuelve a brillar. Somos semillas en un mundo lleno de tierra fértil, y con cada esfuerzo, con cada paso, crecemos hacia el cielo. Cada amanecer es una oportunidad para elegir, para dar amor, para dejar una huella que inspire a otros a caminar con esperanza.

No estamos solos; somos estrellas que iluminan el firmamento de nuestras comunidades, manos que se entrelazan para construir sueños colectivos. El mundo cambia cuando decidimos mirar con bondad, hablar con propósito y actuar con valentía.

Hoy es el día para empezar. No importa cuán pequeñas sean nuestras acciones; un río comienza con gotas. Nuestra fuerza está en la unión, en creer que somos capaces de transformar la tristeza en alegría, la duda en certeza, y el miedo en amor.

Seamos la chispa, el eco, el movimiento. Porque juntos, con pasión y perseverancia, podemos cambiar al mundo.
 
En el rincón más olvidado de la ciudad, bajo un poste de luz parpadeante y al lado de un contenedor de pizza a medio devorar, las ratas se reúnen en su asamblea semanal. ¿El tema de la agenda? ¡La felicidad ratuna!

"¡Compañeros, es hora de reivindicar nuestro derecho a ser felices!" chilló la presidenta del consejo, una rata robusta con bigotes que parecían antenas de televisión. "Basta de escondernos en las sombras, de ser el chisme barato de las cucarachas. ¡Nosotros también merecemos vivir la vida a plenitud!"

Un murmullo de aprobación recorrió la multitud. Una rata adolescente levantó la pata:
"¿Y si abrimos un restaurante? ¡Si Remy pudo, nosotros también!"

"¡No hablemos de Remy!" exclamó una anciana rata desde el fondo, agitando una colilla de cigarro como si fuera un cetro. "Ese vendehumos nos hizo creer que todos podíamos ser chefs, y aquí estoy yo, atrapada en una trampa por un maldito pedazo de queso brie."

La carcajada fue general. Pero el líder espiritual del grupo, una rata con gafas diminutas y aire zen, alzó la voz.
"Amigos, la felicidad no está en un restaurante ni en un trozo de queso caro. Está en compartir el pan (o la pizza) y en disfrutar la carrera cuando alguien grita '¡Una rata!'".

Al final de la noche, entre cantos y bailes bajo la luna, las ratas celebraron su existencia con tal júbilo que hasta los gatos del vecindario se quedaron mirando, preguntándose si también ellos podían unirse al festín.

Porque, al fin y al cabo, hasta las ratas merecen ser felices. ¡Y qué felices!
 
De pequeño él jugaba a patear piedras. No acertaba a definir el placer que sentía al golpear las piedras, aunque luego los dedos del pie le latieran y dolieran a niveles deformantes.
Un pequeño masoquista se hallaba en gestación al confundir el dolor con placer.

En cierta forma era una especie aprendida al ver a sus tíos, que también gustaban de patear piedras. En cierta forma era marca de honor, de hombría, que lo definía como alguien superior sobre el resto. No lo interpretaba como una diferencia anormal a las costumbres del resto. Lo tomaba como un plus de valor que lo elevaba sobre la media del grupo.

Pasando el tiempo iba pateando más piedras. Incluso se daba a pasatiempo el buscar piedras diferentes en color, peso o dureza, alimentando una desviación que luego recalificaba como afición.
Al estar de continuo pateando piedras y buscando piedras para patear, fue llamando la atención de quienes se hallaban cerca, resultando en el alejamiento de unos y el acercamiento de otros.

Se formó un grupo de pateadores de piedras, que la notarse en minoría buscó incentivar a nuevos pateadores entre la gente... ¿vieja?... nooooo... ¿jóvenes?... algo... ¿adolescentes?... siiiii y también niños.
Que de pronto el patear piedras era una manifestación de madurez y reclamo contra los convencionales que no las pateaban.
Así se formó una generación de pateadores de piedras, apoyados por miedo o por cariño hacia quienes no las pateaban. Así si pateas te queremos y si no pateas te odiamos y perseguimos.

Pasado el tiempo el patear piedras era más importante que trabajar, e incluso más importante que el placer de comer, o de tener relaciones. La deformación de las ideas llegó para apoyar la deformación de la supervivencia.

Llegado el caos, aquel que de pequeño le gustaba patear piedras se planteó salir de esa zona y buscar otra... donde seguir pateando piedras y empujar a otros a esa afición.

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Charlie García - Demoliendo hoteles.
 
Última edición:
Ah, pero si de patear piedras se trata, es menester primero entender el arte intrincado que implica la elección de la piedra misma. No cualquier piedra es pateable; hay un equilibrio cósmico, casi poético, entre el peso, la textura y la inclinación exacta del zapato. Una piedra demasiado redonda puede desviarse a los arbustos, mientras que una demasiado plana se niega a rodar y se convierte en un reproche geológico.

Claro, los principiantes tienden a patear cualquier cosa, incluso hojas secas o latas oxidadas, pero eso es solo un ensayo, una preparación para el verdadero desafío: encontrar la piedra perfecta, esa que rueda con la gracia de un tango bien bailado y responde al pie con un "¡toc!" casi melódico.

Pero la cuestión no termina ahí, no señor. Patear una piedra implica asumir la responsabilidad de su destino. Porque si bien ella está quieta y parece inerte, no te equivoques: las piedras tienen sus propios planes, y uno no puede ir pateándolas a tontas y a locas sin que luego te pidan explicaciones. ¿Qué pasa si la piedra decide detenerse en medio de un charco? ¿O si se queda atrapada entre dos adoquines, susurrando en su idioma mineral: "Aquí me quedo, humano mediocre"?

Y luego está la filosofía del pateador, claro está. ¿Se patea una piedra por placer, por aburrimiento o por el simple deseo de interferir en la quietud de las cosas? Hay quien dice que patear una piedra es un acto de rebelión contra la gravedad, un pequeño homenaje a esa absurda pulsión humana de mover lo que no necesita ser movido.

Así que la próxima vez que veas una piedra ahí, esperándote con esa indiferencia pétrea que solo las piedras saben poner, piensa dos veces. Patearla no es solo patearla. Es iniciar un diálogo existencial, un intercambio de energías, un tango improvisado entre tu pie y el universo. Y si la piedra rueda y rueda y finalmente cae en una alcantarilla, que no te sorprenda sentir una especie de melancolía inexplicable. Porque, al final, patear piedras es un arte, pero también, quién sabe, tal vez sea amor.
 
De pequeño él jugaba a patear piedras. No acertaba a definir el placer que sentía al golpear las piedras, aunque luego los dedos del pie le latieran y dolieran a niveles deformantes.
Un pequeño masoquista se hallaba en gestación al confundir el dolor con placer.

En cierta forma era una especie aprendida al ver a sus tíos, que también gustaban de patear piedras. En cierta forma era marca de honor, de hombría, que lo definía como alguien superior sobre el resto. No lo interpretaba como una diferencia anormal a las costumbres del resto. Lo tomaba como un plus de valor que lo elevaba sobre la media del grupo.

Pasando el tiempo iba pateando más piedras. Incluso se daba a pasatiempo el buscar piedras diferentes en color, peso o dureza, alimentando una desviación que luego recalificaba como afición.
Al estar de continuo pateando piedras y buscando piedras para patear, fue llamando la atención de quienes se hallaban cerca, resultando en el alejamiento de unos y el acercamiento de otros.

Se formó un grupo de pateadores de piedras, que la notarse en minoría buscó incentivar a nuevos pateadores entre la gente... ¿vieja?... nooooo... ¿jóvenes?... algo... ¿adolescentes?... siiiii y también niños.
Que de pronto el patear piedras era una manifestación de madurez y reclamo contra los convencionales que no las pateaban.
Así se formó una generación de pateadores de piedras, apoyados por miedo o por cariño hacia quienes no las pateaban. Así si pateas te queremos y si no pateas te odiamos y perseguimos.

Pasado el tiempo el patear piedras era más importante que trabajar, e incluso más importante que el placer de comer, o de tener relaciones. La deformación de las ideas llegó para apoyar la deformación de la supervivencia.

Llegado el caos, aquel que de pequeño le gustaba patear piedras se planteó salir de esa zona y buscar otra... donde seguir pateando piedras y empujar a otros a esa afición.

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Charlie García - Demoliendo hoteles.
charly un grande del rock y hasta un simbolo... pero dragon siempre va haber piedras que patear, el mundo es una mierda lejos de la perfección. Como yo siempre digo: siempre hay un hueco en que asaltar y hacer un zafarrancho ;P

la actitud que deverian adoctar ante el mundo, es cuando las ideas de unos pocos sin buscarle su opctica polemica no calamital la existencia de los menos/ muchos. Que no las usen como excusa de un largo sufrimiento. Si lo miramos de esa opctica la vida se vuelve simple
 
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oh, oh, oh, :eek:carajo! esta princesa plebeya cada día se enamora más de sus letras que le hacen volar la cabeza :D y pensar:cool:
y yo que ando mas loca que una cabra :D en estas fiestas que según yo no son nada especial, pero resulta que...para los niños sí, por lo menos Navidad y... bueno cuando tenga un poquito más de tiempo libre ya les contaré mi anécdota de esta Navidad, porque yo no soy escritora, ni poeta, sólo una aficionada :)
Y así como escribo hablo, cuando hablo:D no soy una aristócrata toda fruncida y falsa, digamos que soy una más del montón que es diferente al rebaño :D una rebelde sin causa?:confused:
jajajaja bueno ya me fui pal lao de los tomates, me perdí :cool: por ver Anaconda 2:eek: parece que ya no puedo masticar chicle y cruzar la calle :D

Volviendo a los temas tocados...tocados?:Ddigo escritos por uds me dejaron pensando :(
(y yo que venía a ponerme en modo zen leyéndolos :D) ya escribiré algo gracias por la inspiración ;)

Muaaaa muaaa muaaa que lindo verlos por el Café

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de descuartizadora de hormigas pasamos a asesina de ratas... muy bueno, el hecho de no olvidarce de la esencia de uno es bueno. Felices fiestas andrea
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No te confundas con mis publicaciones no son más que mi diario de ocurrencias :D

Feliz Año Nuevo Danie;) ! gatito domesticado :D
 

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¡Carajo!

Cuando digo “Carajo”, no es un insulto,
es la explosión de un alma al borde del desborde,
es la carcajada del barrio que se viste de sarcasmo,
es la bandera de los que viven al filo del abismo,
con un pie en la esperanza y otro en el caos urbano.

“Carajo” es mi ritmo en las esquinas de adoquines gastados,
es el eco de una salsa bailada entre baches,
es el canto de gallos en las azoteas,
y el sabor del café colado a fuego lento,
ese que sabe a paciencia y a desvelo.

Cuando digo “Carajo”,
es la sinfonía de coros y bocinas,
la crónica de la abuela que regaña con amor,
del vecino que enciende la radio a las cinco,
porque el sol en mi calle no duerme, se enciende.

“Carajo” no es queja,
es el manifiesto de la lucha diaria,
es el empujón al destino que a veces se arrastra,
es la fuerza de mis pasos sobre el asfalto caliente,
donde cada grieta cuenta historias de resistencia.

Así que, cuando digo “Carajo”,
no me mires con pena,
mira mis ojos, que brillan como faroles viejos,
pero alumbran,
porque en mi mundo,
“Carajo” es poesía, es vida,
y es humor con alma de barrio.
 
Locura de amor

Nos encontramos, me lees tus poemas, uno, dos, tres, cuatro y...
ya me hartaste, cállate! ,
te tapo la boca a besos ,
ven aquí, te abrazo, te muerdo, reimos,
rodamos por la hierba,
nos comemos vivos,
no nos importa si alguien nos mira,
nos volvemos animales en lucha,
es un festín mi piel enredada en la tuya,
tu cuerpo es una delicia en mi boca,
mis manos exploran, provocan,
eres el sol de mi universo,
mi trofeo, te admiro,
observo en tu rostro el placer, te escucho, te siento, gemir,
soy un huracán de deseos,
soy un aguacero de verano, tormenta tropical que te absorbe,
te estruja, te retuerce,
eres un barquito tambaleando entre mis olas
y te vuelves roca que golpea mi mar
y te vuelves viento que grita mi nombre
y soy todas las mujeres que amaste,
soy la bruja que hechizaste
y mis ojos te aman
porque aunque te vayas a otro cielo y conozcas miles de lunas,
siempre serás mío.

 
Te reto a que me cumplas con tus deseos, a que me calles a besos en medio del caos que somos. A que rompas esta conversación hecha de silencios y respires dentro de mi pausa, como si la palabra fuera demasiado pequeña para sostener lo que estamos a punto de decirnos.

No es una amenaza, aunque tiemble como si lo fuera. Es más bien un salto al vacío, pero con los ojos abiertos, porque quiero verte mientras caemos. Y que me calles, pero no con cualquier beso, sino con el que no avisa, el que no pide permiso, el que toma la palabra y la convierte en ceniza.

Porque hablar es tan inútil como intentar atrapar el agua con las manos. Y sin embargo, aquí estoy, desbordándome en palabras, esperando que llegues, que las borres, que las dejes caer como hojas secas, que me calles con la única verdad que importa: tus labios sobre los míos.

Te reto, y no acepto excusas. Que el miedo, si quiere, se siente a mirar. Pero tú, ven. Cumple. Cállame. Y después, que el mundo haga lo que
quiera.
 
Pueda la noche acercar nuestra respiración...
y entrecerrar nuestros ojos al borde del mueble
donde sentados nos acariciamos las ganas
hasta bailar un tango horizontal...
Arrastrar nuestros apellidos
hasta fundirse en letras sin sentido
y surjan los venenos que dan la vida
vedada por los chismes de envidias
al notar como encajan perfectos
tu cuerpo y el mío.
Son tus labios prisión
donde deposito mis angustias
por liberar mi cascada
por entregar la semilla
del tabaco y el ron
que consumía
estando lejos de tu piel.
Soy la pared
donde descargas tu furia
de tantas rondas vacías
de tantas lujurias apagadas
en el abúlico comportarse
de la señoría correcta
de un papel ya amarillo
y que repetiría en adelante
aquella primera noche
insatisfecha.
El hambre y la sed sumadas son nada
ante la lujuria de vernos desnudos
de etiquetas ajenas
y bebernos mutuamente
en epilepsia desenfrenada
en horas de relojes a las doce
y sin más cuerda
que aquella que nos ata las cinturas
...

 

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