Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dan las doce de la noche,
con voz ronca y son profundo,
las campanas de la torre.
Con la campanada primera
se rompe el silencio nocturno,
como rompe el vagido
del recién nacido
el silencio poderoso
que, hasta entonces, ha padecido.
Trascurren las campanadas
como pasa la vida de las gentes.
Pasos inciertos primero,
carreras veloces luego.
Tiempo que cruza ante nosotros
como la vida discurre entre las manos.
Sones que se repiten.
Errores encadenados.
Espacios y tiempos que se nos han prestado
y que creemos nuestros,
eternidad que hemos imaginado.
Sigue el son repetido,
derramándose en ecos por el espacio.
Voz que rasga la noche,
lugar de los encuentros,
de los pasos fugitivos,
las desesperanzas y los sueños.
Llega al fin la última.
La campanada final
que abre el tiempo de la luna,
el espacio eterno de la mujer,
el mundo de hadas y elfos.
Aquel del que no se vuelve,
el que el reloj ignora
y por eso calla
tras doce campanadas
y dar la hora.
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