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LA LITERATURA GÓTICA: CARACTERÍSTICAS
FUENTE: ESPACIO LIBROS, ED. SM
En el siglo XVIII, conocido como el de la Ilustración, el hombre creía que era capaz de explicarlo todo mediante la razón. La literatura de estos años está plagada de ensayos filosóficos y de novelas de costumbres que reflejaban la realidad. Sin embargo, en el último tercio de siglo surge en Inglaterra una nueva corriente que pondrá los cimientos del próximo Romanticismo: esto es el Gótico, historias que incluyen elementos mágicos, fantasmales y de terror, poniendo en tela de juicio lo que es real y lo que no.
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En términos estrictos, el Gótico se extendió desde 1765 hasta 1820 aproximadamente, aunque casi todos los autores del Romanticismo del XIX volvieron su mirada hacia él, inspirando algunas de sus obras más famosas (Drácula de Stoker’, El fantasma de Canterville de Oscar Wilde, Frankenstein de Mary Shelley, Jane Eyre de Charlotte Brontë, etc.). El goticismo decayó a finales del siglo XIX con la irrupción del positivismo, que promulgaba una explicación científica para todo. Las obras de terror gótico también son llamadas historias de fantasmas.
El adjetivo gótico se usa porque muchas de las historias se enmarcaban en la época medieval, o bien la acción tenía lugar en un castillo, mansión o abadía de este estilo arquitectónico. Lo intrincado de estos, llenos de pasadizos, huecos oscuros y habitaciones deshabitadas se prestaba a crear ambientes inquietantes.
Otras características del género son:
- Las localizaciones góticas son fundamentales: bosques sombríos, mazmorras, granjas abandonadas, calles oscuras, casonas vacías, criptas… Las descripciones son abudantes para crear una atmósfera que acongoje al lector. De hecho, la localización en estas narraciones es protagonista del suspense.
- Aparición de cadáveres, espectros, muertos vivientes y otros elementos sobrenaturales.
- Viajes en el tiempo o en el espacio. Algunos autores eligieron la Europa del Este como marco de sus obras.
- El mundo de los sueños y las pesadillas también tiene un lugar relevante por la alternancia entre realidad e irrealidad.
- El marco suelen ser épocas pasadas o inexistentes que alejan al lector del presente.
- Personajes dominados por sus pasiones, inteligentes y enigmáticos, siempre atractivos. A veces, castigados por la culpa.
- Habitualmente aparece un noble malvado que simboliza el peligro y una doncella inocente perseguida por él. En contrapunto, el héroe valeroso, también de alto linaje, que intentará salvarla del terror. El amor también es un rasgo imprescindible.
- Los protagonistas suelen tener nombres extranjeros muy rimbombantes.
- Elementos escenográficos llamativos: luces y sombras, goznes chirriantes, manuscritos ocultos, ruidos extraños, animales exóticos, etc.
No vengas cuando esté muerto.
Come Not When I Am Dead, Alfred Tennyson (1809-1892)
No vengas cuando esté muerto
a derramar tontas lágrimas sobre mi tumba,
a pisotear alrededor de mi cabeza caída,
atormentar el infeliz polvo no nos salvará;
deja que el viento me acaricie y que las aves me lloren,
Pero tú, sigue de largo.
Niña, si esto fuera un error o un crimen
poco me importa, siendo mi existencia maldita:
Únete con quien desees pues cansado estoy del tiempo,
y mi único anhelo es descansar.
Pasa, corazón débil, y déjame donde yazgo:
Sigue, sigue de largo.
A la espera de la oscuridad.
A la espera de la oscuridad, Alejandra Pizarnik (1936-1972)
Ese instante que no se olvida,
Tan vacío devuelto por las sombras,
Tan vacío rechazado por los relojes,
Ese pobre instante adoptado por mi ternura,
Desnudo desnudo de sangre de alas,
Sin ojos para recordar angustias de antaño,
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma,
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego;
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies,
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro.
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada,
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca,
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos.
El baile de los ahorcados.
Bal des pendus, Arthur Rimbaud (1854-1891)
En la horca negra, amable manco,
bailan, bailan los paladines,
los descarnados actores del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
¡Monseñor Belcebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un revés del zapato
les obliga a bailar ritmos olvidados!
Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el escenario es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belcebú rasga sus violines!
¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su toga de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un gorro blanco.
El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno.
¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monesterio!.
Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,
crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.