PERLADELMAR
Poeta fiel al portal
(Prosa)
La luz de mi lámpara, abatida por la pantalla a contraluz, se desmaya sobre la mesa. Los objetos toman un color ensombrecido de ilusión endeble; dirías que una media vida hubiera acariciado el éter, dejando en él su pesadez blasonada.
Mil sonidos, de esos que sólo percibes en la noche, impiadosos y constantes repiten la hora y me hacen consciente que vivo, y me recuerdan, también, que me resigno. Sufro un desacostumbrado mal que magulla anestesiando; mal de existir, de incomprendidos aciertos etéreos de derrotas, de infinitos ideales. Mal de amor, de vacíos y distancias.
Mal que me apresura a vivir en otro corazón, para estribar de la áspera tarea de sentirme vivir dentro de mí misma. Como los elefantes barritan por el agua, así yo ambiciono que mi oído escuchara una voz de cueva y refugio jurándome dulce consuelo de paz cautivante; el gato llora, desesperado cómo la voz de mi alma. Añoro que una brisa cálida y final se pose sobre mis párpados cansados de velar y apacigüe mi espíritu vivaracho, desobediente, díscolo y aventurero, que irónicamente quiere vivir y no lo dice.
Así me apetece morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas, dispersa en sombras suaves y temblorosas.
La luz de mi lámpara, abatida por la pantalla a contraluz, se desmaya sobre la mesa. Los objetos toman un color ensombrecido de ilusión endeble; dirías que una media vida hubiera acariciado el éter, dejando en él su pesadez blasonada.
Mil sonidos, de esos que sólo percibes en la noche, impiadosos y constantes repiten la hora y me hacen consciente que vivo, y me recuerdan, también, que me resigno. Sufro un desacostumbrado mal que magulla anestesiando; mal de existir, de incomprendidos aciertos etéreos de derrotas, de infinitos ideales. Mal de amor, de vacíos y distancias.
Mal que me apresura a vivir en otro corazón, para estribar de la áspera tarea de sentirme vivir dentro de mí misma. Como los elefantes barritan por el agua, así yo ambiciono que mi oído escuchara una voz de cueva y refugio jurándome dulce consuelo de paz cautivante; el gato llora, desesperado cómo la voz de mi alma. Añoro que una brisa cálida y final se pose sobre mis párpados cansados de velar y apacigüe mi espíritu vivaracho, desobediente, díscolo y aventurero, que irónicamente quiere vivir y no lo dice.
Así me apetece morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas, dispersa en sombras suaves y temblorosas.