DIEGO
Poeta adicto al portal
La sala de espera se encontraba rebalsando de gente impaciente por encontrar un alivio para su malestar pasajero o crónico.
Yo, simplemente esperaba mi turno para un simple análisis de sangre, rutina que le dicen.
Frente a mí, un joven de unos 22 años aproximadamente, devoraba un chicle en su boca y una revista de actualidad con sus ojos. Auriculares calzados en las sienes y un dejo de despreocupación manifiesta.
Seguían entrando muchos y saliendo a cuentagotas. La llamada por los altavoces era muy espaciada, demasiado.
Seguía yo observando a todos como mi mala costumbre me obliga a hacer.
La puerta volvió a abrirse y los pasos silentes y acompasados del anciano llamaron la atención de todos. Ese tipo de personas que irradia algo, imán de todas las existencias ajenas.
Se acomodó en el asiento contiguo al mío que un segundo antes había sido desocupado.
Apenas transcurridos tres o cuatro minutos, comenzó a interesarse por mi presencia allí.
Comenzamos un diálogo ameno que nos trasladó a casi la totalidad de su vida.
Finalmente, la pregunta obligada:
- ¿Porqué está aquí, abuelo?
- Vengo a curarme de una herida que me hice hace unos días, trabajando en la quintita del fondo de casa -
Se arremanga con calma y me muestra unos magullones violáceos que dibujan gran parte de su brazo.
- Espero que me atiendan pronto, porque en casa me espera mi viejita -
- ¡Que lindo eso!, ¿muchos años de casados?
- Uhh!!... tantos que perdí la cuenta muchos inviernos juntos pero ahora, pobrecita, está mal
Sus ojos cansados, se anegaron repentinamente.
Antes de que pudiera preguntar, continuó.
- Tiene Parkinson desde hace un año, y cada vez es peor; estoy detrás de ella las 24 horas, ya no me reconoce, no sabe quién soy, y eso es muy triste, muy duro sufro mucho por ello.
Mientras el anciano decía esto último, el joven del chicle lo miró y casi de forma irrespetuosa, le espetó: - ¿y si sufre tanto, si ya no sabe quién es usted, porqué no la interna en un geriátrico y vive en paz?
El hombre, aún con los ojos tristes, lo miró y con una calma pasmosa, sólo atinó a contestarle: - Porque yo hijo, yo todavía sé bien quien es ella -
El muchacho enmudeció.
Volvió a mirarme y esbozó una dolorosa sonrisa.
Yo, simplemente esperaba mi turno para un simple análisis de sangre, rutina que le dicen.
Frente a mí, un joven de unos 22 años aproximadamente, devoraba un chicle en su boca y una revista de actualidad con sus ojos. Auriculares calzados en las sienes y un dejo de despreocupación manifiesta.
Seguían entrando muchos y saliendo a cuentagotas. La llamada por los altavoces era muy espaciada, demasiado.
Seguía yo observando a todos como mi mala costumbre me obliga a hacer.
La puerta volvió a abrirse y los pasos silentes y acompasados del anciano llamaron la atención de todos. Ese tipo de personas que irradia algo, imán de todas las existencias ajenas.
Se acomodó en el asiento contiguo al mío que un segundo antes había sido desocupado.
Apenas transcurridos tres o cuatro minutos, comenzó a interesarse por mi presencia allí.
Comenzamos un diálogo ameno que nos trasladó a casi la totalidad de su vida.
Finalmente, la pregunta obligada:
- ¿Porqué está aquí, abuelo?
- Vengo a curarme de una herida que me hice hace unos días, trabajando en la quintita del fondo de casa -
Se arremanga con calma y me muestra unos magullones violáceos que dibujan gran parte de su brazo.
- Espero que me atiendan pronto, porque en casa me espera mi viejita -
- ¡Que lindo eso!, ¿muchos años de casados?
- Uhh!!... tantos que perdí la cuenta muchos inviernos juntos pero ahora, pobrecita, está mal
Sus ojos cansados, se anegaron repentinamente.
Antes de que pudiera preguntar, continuó.
- Tiene Parkinson desde hace un año, y cada vez es peor; estoy detrás de ella las 24 horas, ya no me reconoce, no sabe quién soy, y eso es muy triste, muy duro sufro mucho por ello.
Mientras el anciano decía esto último, el joven del chicle lo miró y casi de forma irrespetuosa, le espetó: - ¿y si sufre tanto, si ya no sabe quién es usted, porqué no la interna en un geriátrico y vive en paz?
El hombre, aún con los ojos tristes, lo miró y con una calma pasmosa, sólo atinó a contestarle: - Porque yo hijo, yo todavía sé bien quien es ella -
El muchacho enmudeció.
Volvió a mirarme y esbozó una dolorosa sonrisa.
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