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Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique

Tema en 'Biblioteca de Poetas consagrados en verso libre' comenzado por I.M.S.T., 5 de Octubre de 2020. Respuestas: 0 | Visitas: 67

  1. I.M.S.T.

    I.M.S.T. Poeta recién llegado

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    1 de Marzo de 2013
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    Recuerde el alma dormida,

    avive el seso y despierte

    contemplando

    cómo se pasa la vida,

    cómo se viene la muerte

    tan callando,

    cuán presto se va el placer,

    cómo, después de acordado,

    da dolor;

    cómo, a nuestro parecer,

    cualquiera tiempo pasado

    fue mejor.

    Pues si vemos lo presente

    cómo en un punto se es ido

    y acabado,

    si juzgamos sabiamente,

    daremos lo no venido

    por pasado.

    No se engañe nadie, no,

    pensando que ha de durar

    lo que espera,

    más que duró lo que vio

    porque todo ha de pasar

    por tal manera

    Nuestras vidas son los ríos

    que van a dar en la mar,

    que es el morir;

    allí van los señoríos

    derechos a se acabar

    y consumir;

    allí los ríos caudales

    allí los otros medianos

    y más chicos,

    y llegados, son iguales

    los que viven por sus manos

    y los ricos.

    Dejo las invocaciones

    de los famosos poetas

    y oradores;

    no curo de sus ficciones,

    que traen yerbas secretas

    sus sabores;

    A aquél sólo me encomiendo,

    aquél sólo invoco yo

    de verdad,

    que en este mundo viviendo

    el mundo no conoció

    su deidad.

    Este mundo es el camino

    para el otro, que es morada

    sin pesar;

    mas cumple tener buen tino

    para andar esta jornada

    sin errar.

    Partimos cuando nacemos,

    andamos mientras vivimos,

    y llegamos

    al tiempo que fenecemos;

    así que cuando morimos

    descansamos.

    Este mundo bueno fue

    si bien usáramos de él

    como debemos,

    porque, según nuestra fe,

    es para ganar aquél

    que atendemos

    Aun aquel hijo de Dios,

    para subirnos al cielo

    descendió

    a nacer acá entre nos,

    y a vivir en este suelo

    do murió.

    Ved de cuán poco valor

    son las cosas tras que andamos

    y corremos,

    que en este mundo traidor,

    aun primero que muramos

    las perdemos:

    de ellas deshace la edad,

    de ellas casos desastrados

    que acaecen,

    de ellas, por su calidad,

    en los más altos estados

    desfallecen.

    Decidme: la fermosura,

    la gentil frescura y tez

    de la cara,

    el color y la blancura,

    cuando viene la vejez,

    ¿cuál se para?

    Las mañas y ligereza

    y la fuerza corporal

    de juventud,

    todo se torna graveza

    cuando llega al arrabal

    de senectud.

    Pues la sangre de los godos,

    y el linaje y la nobleza

    tan crecida,

    ¡por cuántas vías y modos

    se pierde su gran alteza

    en esta vida!

    Unos, por poco valer,

    ¡por cuán bajos y abatidos

    que los tienen!

    otros que, por no tener,

    con oficios no debidos

    se mantienen

    Los estados y riqueza

    que nos dejan a deshora,

    ¿quién lo duda?

    no les pidamos firmeza,

    pues son de una señora

    que se muda.

    Que bienes son de Fortuna

    que revuelven con su rueda

    presurosa,

    la cual no puede ser una

    ni estar estable ni queda

    en una cosa.

    Pero digo que acompañen

    y lleguen hasta la huesa

    con su dueño:

    por eso no nos engañen,

    pues se va la vida apriesa

    como sueño;

    y los deleites de acá

    son, en que nos deleitamos,

    temporales,

    y los tormentos de allá,

    que por ellos esperamos,

    eternales.

    Los placeres y dulzores

    de esta vida trabajada

    que tenemos,

    no son sino corredores,

    y la muerte, la celada

    en que caemos.

    No mirando nuestro daño,

    corremos a rienda suelta

    sin parar;

    desque vemos el engaño

    y queremos dar la vuelta,

    no hay lugar.

    Si fuese en nuestro poder

    hacer la cara hermosa

    corporal,

    como podemos hacer

    el alma tan glorïosa,

    angelical,

    ¡qué diligencia tan viva

    tuviéramos toda hora,

    y tan presta,

    en componer la cativa,

    dejándonos la señora

    descompuesta!

    Esos reyes poderosos

    que vemos por escrituras

    ya pasadas,

    por casos tristes, llorosos,

    fueron sus buenas venturas

    trastornadas;

    así que no hay cosa fuerte,

    que a papas y emperadores

    y prelados,

    así los trata la muerte

    como a los pobres pastores

    de ganados.

    Dejemos a los troyanos,

    que sus males no los vimos

    ni sus glorias;

    dejemos a los romanos,

    aunque oímos y leímos

    sus historias.

    No curemos de saber

    lo de aquel siglo pasado

    qué fue de ello;

    vengamos a lo de ayer,

    que también es olvidado

    como aquello.

    ¿Qué se hizo el rey don Juan?

    Los infantes de Aragón

    ¿qué se hicieron?

    ¿Qué fue de tanto galán,

    qué fue de tanta invención

    como trajeron?

    Las justas y los torneos,

    paramentos, bordaduras

    y cimeras,

    ¿fueron sino devaneos?

    ¿qué fueron sino verduras

    de las eras?

    ¿Qué se hicieron las damas,

    sus tocados, sus vestidos,

    sus olores?

    ¿Qué se hicieron las llamas

    de los fuegos encendidos

    de amadores?

    ¿Qué se hizo aquel trovar,

    las músicas acordadas

    que tañían?

    ¿Qué se hizo aquel danzar,

    aquellas ropas chapadas

    que traían?

    Pues el otro, su heredero,

    don Enrique, ¡qué poderes

    alcanzaba!

    ¡Cuán blando, cuán halaguero

    el mundo con sus placeres

    se le daba!

    Mas verás cuán enemigo,

    cuán contrario, cuán cruel

    se le mostró;

    habiéndole sido amigo,

    ¡cuán poco duró con él

    lo que le dio!

    Las dádivas desmedidas,

    los edificios reales

    llenos de oro,

    las vajillas tan fabridas,

    los enriques y reales

    del tesoro;

    los jaeces, los caballos

    de sus gentes y atavíos

    tan sobrados,

    ¿dónde iremos a buscallos?

    ¿qué fueron sino rocíos

    de los prados?

    Pues su hermano el inocente,

    que en su vida sucesor

    se llamó,

    ¡qué corte tan excelente

    tuvo y cuánto gran señor

    le siguió!

    Mas, como fuese mortal,

    metióle la muerte luego

    en su fragua.

    ¡Oh, juicio divinal

    cuando más ardía el fuego,

    echaste agua!

    Pues aquel gran Condestable,

    maestre que conocimos

    tan privado,

    no cumple que de él se hable,

    sino sólo que lo vimos

    degollado.

    Sus infinitos tesoros,

    sus villas y sus lugares,

    su mandar,

    ¿qué le fueron sino lloros?

    ¿Qué fueron sino pesares

    al dejar?

    Y los otros dos hermanos,

    maestres tan prosperados

    como reyes,

    que a los grandes y medianos

    trajeron tan sojuzgados

    a sus leyes;

    aquella prosperidad

    que tan alta fue subida

    y ensalzada,

    ¿qué fue sino claridad

    que cuando más encendida

    fue amatada?

    Tantos duques excelentes,

    tantos marqueses y condes

    y varones

    como vimos tan potentes,

    di, Muerte, ¿dó los escondes

    y traspones?

    Y las sus claras hazañas

    que hicieron en las guerras

    y en las paces,

    cuando tú, cruda, te ensañas,

    con tu fuerza las aterras

    y deshaces.

    Las huestes innumerables,

    los pendones, estandartes

    y banderas,

    los castillos impugnables,

    los muros y baluartes

    y barreras,

    la cava honda, chapada,

    o cualquier otro reparo,

    ¿qué aprovecha?

    que si tú vienes airada,

    todo lo pasas[6] de claro

    con tu flecha.

    Aquél de buenos abrigo,

    amado por virtuoso

    de la gente,

    el maestre don Rodrigo

    Manrique, tanto famoso

    y tan valiente;

    sus hechos grandes y claros

    no cumple que los alabe,

    pues los vieron,

    ni los quiero hacer caros

    pues que el mundo todo sabe

    cuáles fueron

    Amigo de sus amigos,

    ¡qué señor para criados

    y parientes!

    ¡Qué enemigo de enemigos!

    ¡Qué maestro de esforzados

    y valientes!

    ¡Qué seso para discretos!

    ¡Qué gracia para donosos!

    ¡Qué razón!

    ¡Cuán benigno a los sujetos!

    ¡A los bravos y dañosos,

    qué león!

    En ventura Octaviano;

    Julio César en vencer

    y batallar;

    en la virtud, Africano;

    Aníbal en el saber

    y trabajar;

    en la bondad, un Trajano;

    Tito en liberalidad

    con alegría;

    en su brazo, Aureliano;

    Marco Tulio en la verdad

    que prometía.

    Antonio Pío en clemencia;

    Marco Aurelio en igualdad

    del semblante;

    Adriano en elocuencia;

    Teodosio en humanidad

    y buen talante;

    Aurelio Alejandro fue

    en disciplina y rigor

    de la guerra;

    un Constantino en la fe,

    Camilo en el gran amor

    de su tierra.

    No dejó grandes tesoros,

    ni alcanzó muchas riquezas

    ni vajillas;

    mas hizo guerra a los moros,

    ganando sus fortalezas

    y sus villas;

    y en las lides que venció,

    muchos moros y caballos

    se perdieron;

    y en este oficio ganó

    las rentas y los vasallos

    que le dieron.

    Pues por su honra y estado,

    en otros tiempos pasados,

    ¿cómo se hubo?

    Quedando desamparado,

    con hermanos y criados

    se sostuvo.

    Después que hechos famosos

    hizo en esta misma guerra

    que hacía,

    hizo tratos tan honrosos

    que le dieron aún más tierra

    que tenía.

    Estas sus viejas historias

    que con su brazo pintó

    en juventud,

    con otras nuevas victorias

    ahora las renovó

    en senectud.

    Por su grande habilidad,

    por méritos y ancianía

    bien gastada,

    alcanzó la dignidad

    de la gran Caballería

    de la Espada.

    Y sus villas y sus tierras

    ocupadas de tiranos

    las halló;

    mas por cercos y por guerras

    y por fuerza de sus manos

    las cobró.

    Pues nuestro rey natural,

    si de las obras que obró

    fue servido,

    dígalo el de Portugal

    y en Castilla quien siguió

    su partido.

    Después de puesta la vida

    tantas veces por su ley

    al tablero;

    después de tan bien servida

    la corona de su rey

    verdadero:

    después de tanta hazaña

    a que no puede bastar

    cuenta cierta,

    en la su villa de Ocaña

    vino la muerte a llamar

    a su puerta

    diciendo: «Buen caballero,

    dejad el mundo engañoso

    y su halago;

    vuestro corazón de acero,

    muestre su esfuerzo famoso

    en este trago;

    y pues de vida y salud

    hicisteis tan poca cuenta

    por la fama,

    esfuércese la virtud

    para sufrir esta afrenta

    que os llama.

    No se os haga tan amarga

    la batalla temerosa

    que esperáis,

    pues otra vida más larga

    de la fama glorïosa

    acá dejáis,

    (aunque esta vida de honor

    tampoco no es eternal

    ni verdadera);

    mas, con todo, es muy mejor

    que la otra temporal

    perecedera.

    El vivir que es perdurable

    no se gana con estados

    mundanales,

    ni con vida deleitable

    en que moran los pecados

    infernales;

    mas los buenos religiosos

    gánanlo con oraciones

    y con lloros;

    los caballeros famosos,

    con trabajos y aflicciones

    contra moros.

    Y pues vos, claro varón,

    tanta sangre derramasteis

    de paganos,

    esperad el galardón

    que en este mundo ganasteis

    por las manos;

    y con esta confianza

    y con la fe tan entera

    que tenéis,

    partid con buena esperanza,

    que esta otra vida tercera

    ganaréis.»

    «No tengamos tiempo ya

    en esta vida mezquina

    por tal modo,

    que mi voluntad está

    conforme con la divina

    para todo;

    y consiento en mi morir

    con voluntad placentera,

    clara y pura,

    que querer hombre vivir

    cuando Dios quiere que muera

    es locura.

    Tú, que por nuestra maldad,

    tomaste forma servil

    y bajo nombre;

    tú, que a tu divinidad

    juntaste cosa tan vil

    como es el hombre;

    tú, que tan grandes tormentos

    sufriste sin resistencia

    en tu persona,

    no por mis merecimientos,

    mas por tu sola clemencia

    me perdona.»

    Así, con tal entender,

    todos sentidos humanos

    conservados,

    cercado de su mujer

    y de sus hijos y hermanos

    y criados,

    dio el alma a quien se la dio

    (el cual la ponga en el cielo

    en su gloria),

    que aunque la vida perdió

    dejónos harto consuelo

    su memoria.
     
    #1

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