Cecilya
Cecy
Lo último que escuchó fue la voz de su mejor amigo, llamándolo. Preguntándole a los gritos adónde iba y por qué se alejaba de él al galope, en dirección a uno de los claros del monte por el cual transitaban para llegar al pueblo antes de que anocheciera.
Ahora solo escucha el rumor festivo de la ciudad a media tarde. Una ciudad a la que sabe y siente suya. El aire huele rico, a comida frita, a manzanas acarameladas de puestos callejeros, y una canción pegadiza brota desde algún lugar con un sonido algo distorsionado por la distancia. Sus pies quieren seguir ese ritmo alegre y sonríe mirando a un cielo desprovisto de nubes, de un azul que le parece producto de una ensoñación febril. Nadie lo observa, nadie conoce su identidad, es un hombre común transitando la callejuela peatonal decorada con guirnaldas y luces que se prenderán durante la celebración que llegará con la noche.
Hace un agradable calor, su ropa es maravillosamente cómoda, un ambo de lino gris con una casaca blanca que de tan sutil apenas siente que le roza la piel, y emana de su pecho un aroma de pino y otras maderas que no consigue identificar, pero que le provocan un efecto tranquilizador al que de a poco se va adaptando y le fascina.
Contempla su nombre en una tarjeta que extrajo del bolsillo izquierdo de su saco y se observa en una imagen de escasas dimensiones que le devuelve los rasgos tantas veces hallados en cristales. Se lee, se ve, se reconoce en ese nombre nuevo que lo identifica.
Luego acaricia el contenido de su bolsillo derecho como si acunara un pequeño tesoro que sabe que deberá tomar pronto.
El efecto placebo de su perfume muta a una sensación vibrante. No es la adrenalina que conoce bien, es otra revelación que pareciera conducir sus pasos por una ruta ya trazada.
Y entonces termina la calle y comienza ella.
No usa el vestido con el que la recuerda en imágenes difusas, sino que sus largas piernas están ocultas por una tela negra que las ciñe, sobre las que se descuelga una blusa amplia de color arena sin ninguna clase se adornos. Su peinado es diferente, también el color y la extensión de su cabello que enmarca lo único que vuelve a encantarlo. Su rostro, la expresión de sus ojos que permanece inmodificable.
Junto con el eco de una gélida memoria que se apaga con un protocolo de despedida y final, se enciende una cercanía libre de toda culpa.
Comprende que ya no hay pasado, ni mandatos, ni obligaciones, ni lealtades, ni errores caros de pagar y que un viejo libro de tormenta y penumbras se quema para siempre a mereced del ritmo feliz de una canción que no comprende por qué tararea, y que solo quiere bailar con ella que es su único recuerdo vivo en un vacío de paz absoluta. Su única buena elección, la más sabia y sensata de sus decisiones. Ahora todo es posible.
Antes de aferrarse a su cintura y besarla, extrae el tesoro del bolsillo derecho. Un anillo de oro de pétalos labrados, con una diminuta piedra de ámbar que emula el color de los ojos que lo miran tan encendidos como el joyel que sus manos sostienen con ternura.
-Es tuyo, no sé si lo encontré o él me encontró, ya no sé dónde ni cuándo…- le dice mientras lo desliza a través de su dedo fino, como de nácar, en un rito que trasciende todas las fronteras de su entendimiento racional, y no le importa más nada que entregarse a ese momento de música y amada algarabía de cielo abierto y azul.
Su mejor amigo lo halló muerto unos metros más adelante de la entrada de aquel claro en el que lo vio ingresar cuando se desvió del camino. Estaba tendido junto a dos robles que parecían conformar el arco de una puerta. Entre las ramas cruzadas de los dos árboles, se tejía una enredadera extraña, de bellas y delicadas flores de pétalos blancos y corazones ambarinos como centros. Él había cruzado ese portal agreste. Tenía una muy hermosa expresión de calma en el rostro.
Solo su caballo se veía triste, pastando muy cerca del cuerpo del amo.
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Ahora solo escucha el rumor festivo de la ciudad a media tarde. Una ciudad a la que sabe y siente suya. El aire huele rico, a comida frita, a manzanas acarameladas de puestos callejeros, y una canción pegadiza brota desde algún lugar con un sonido algo distorsionado por la distancia. Sus pies quieren seguir ese ritmo alegre y sonríe mirando a un cielo desprovisto de nubes, de un azul que le parece producto de una ensoñación febril. Nadie lo observa, nadie conoce su identidad, es un hombre común transitando la callejuela peatonal decorada con guirnaldas y luces que se prenderán durante la celebración que llegará con la noche.
Hace un agradable calor, su ropa es maravillosamente cómoda, un ambo de lino gris con una casaca blanca que de tan sutil apenas siente que le roza la piel, y emana de su pecho un aroma de pino y otras maderas que no consigue identificar, pero que le provocan un efecto tranquilizador al que de a poco se va adaptando y le fascina.
Contempla su nombre en una tarjeta que extrajo del bolsillo izquierdo de su saco y se observa en una imagen de escasas dimensiones que le devuelve los rasgos tantas veces hallados en cristales. Se lee, se ve, se reconoce en ese nombre nuevo que lo identifica.
Luego acaricia el contenido de su bolsillo derecho como si acunara un pequeño tesoro que sabe que deberá tomar pronto.
El efecto placebo de su perfume muta a una sensación vibrante. No es la adrenalina que conoce bien, es otra revelación que pareciera conducir sus pasos por una ruta ya trazada.
Y entonces termina la calle y comienza ella.
No usa el vestido con el que la recuerda en imágenes difusas, sino que sus largas piernas están ocultas por una tela negra que las ciñe, sobre las que se descuelga una blusa amplia de color arena sin ninguna clase se adornos. Su peinado es diferente, también el color y la extensión de su cabello que enmarca lo único que vuelve a encantarlo. Su rostro, la expresión de sus ojos que permanece inmodificable.
Junto con el eco de una gélida memoria que se apaga con un protocolo de despedida y final, se enciende una cercanía libre de toda culpa.
Comprende que ya no hay pasado, ni mandatos, ni obligaciones, ni lealtades, ni errores caros de pagar y que un viejo libro de tormenta y penumbras se quema para siempre a mereced del ritmo feliz de una canción que no comprende por qué tararea, y que solo quiere bailar con ella que es su único recuerdo vivo en un vacío de paz absoluta. Su única buena elección, la más sabia y sensata de sus decisiones. Ahora todo es posible.
Antes de aferrarse a su cintura y besarla, extrae el tesoro del bolsillo derecho. Un anillo de oro de pétalos labrados, con una diminuta piedra de ámbar que emula el color de los ojos que lo miran tan encendidos como el joyel que sus manos sostienen con ternura.
-Es tuyo, no sé si lo encontré o él me encontró, ya no sé dónde ni cuándo…- le dice mientras lo desliza a través de su dedo fino, como de nácar, en un rito que trasciende todas las fronteras de su entendimiento racional, y no le importa más nada que entregarse a ese momento de música y amada algarabía de cielo abierto y azul.
Su mejor amigo lo halló muerto unos metros más adelante de la entrada de aquel claro en el que lo vio ingresar cuando se desvió del camino. Estaba tendido junto a dos robles que parecían conformar el arco de una puerta. Entre las ramas cruzadas de los dos árboles, se tejía una enredadera extraña, de bellas y delicadas flores de pétalos blancos y corazones ambarinos como centros. Él había cruzado ese portal agreste. Tenía una muy hermosa expresión de calma en el rostro.
Solo su caballo se veía triste, pastando muy cerca del cuerpo del amo.
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