Luis Elissamburu
Poeta fiel al portal
Cuando no andábamos de patrulla, o tratábamos de reponer en su lugar algún hito que misteriosamente se movía unos cuántos kilómetros hacia nuestro territorio, generalmente hacíamos lo mejor que sabíamos hacer, espiar.
Y lo hacíamos mal. Nuestros enemigos sabían siempre dónde estábamos espiando y nosotros sabíamos dónde espiaban ellos. Todos cazábamos brujas y todos éramos brujas.
Mi personaje habitual para tal actividad era el de pescador deportivo, inteligente disfráz en aquel paraíso de los salmones y las truchas. Todavía, a finales de los años setenta, sin la enorme difusión que hoy. O por lo menos eso creía yo.
Cuando alguna autoridad "del otro lado" me encontraba en medio de esas soledades, ponía cara de perro perdido, inventaba una excursión hacia un lago imaginario lleno de enormes trofeos y seguramente el oficial me ayudaba a volver a casa por el camino mas corto.
El problema era que pescar, me gustaba mucho mas que espiar.
En la zona de el Corcovado, varios rios y arroyos, al revés de lo que cuentan los tratados de límites que
repetimos en la escuela, el curso de agua sigue un trayecto bastante largo por territorio argentino, para luego desembocar en el Pacífico. Van a contramano de la teoría de los picos divisores de aguas y de todo concepto que considere a la cordillera como una separación. Aquí podemos ver que en realidad la geografía siempre nos ha unido.
Los salmones, que no saben nada de nacionalidades, estacionalmente penetraban desde el mar para cumplir con el desove en los cursos superiores de todos estos ríos de montaña. La excusa que yo necesitaba, la naturaleza me la regalaba. Y además, en aquellos días, los tamaños de estos peces llegaba a mas de veinte kilos.
Me solía pasar, que recorriendo desolados parajes, tan hermosos y bendecidos por la mano de Dios, me olvidaba un poco de esa patria que siempre se olvidaba de mi. Y quedaba solamente el pescador.
En una de esas ocasiones, seguí el curso de un arroyo mas de lo debido. Ingresé en el país vecino casi veinte kilómetros. Esa distancia equivalía a un dia de marcha. Me sorprendió la noche en un bosquecito
muy lejos de cualquier lugar habitado. El cauce que venía siguiendo se había ensanchado y formaba un remanso. Estaba en el mes de abril, ya hacía frío pero la luna esa noche brillaba llena y grandota sobre el espejo falso en movimiento.
Tenía poco equipo para acampar, apenas la bolsa de dormir y unas galletas para comer. No era buena idea prender fuego, pero nunca tuve buenas ideas. Había pescado en la tarde un salmón grande, y el hambre es un pésimo consejero. A eso de las ocho de la noche, un improvisado "spiedo" cocinaba mi hermoso pez mientras yo cargaba de agua la cantimplora, preparándome para degustar aquella famosa receta de "salmón asado sin nada" que mis compañeros pusieran de moda en el Ejército Argentino.
El aroma delataba el final de la cocción y ya me acomodaba una piedra grande como asiento frente al fuego, cuando desde mi derecha sonó un "¡Buénas y sántas!.
El manual del buen espía, en su capítulo uno reza: "Jamás débes parecer un espía". Eso evitó que mi mano soltara el tenedor y buscara mi pistola por debajo de la camisa de franela. Al contrario, me levanté sonriendo al tiempo de mi infaltable: "¡Arrímese paisano!". Cinco cababineros en traje de fajina, caminaban hacia mí bajo la luz de la luna. Cuando vi que sus fusiles colgaban en la espalda, sonreí mucho mas. Aquella noche compartí mi salmón con cinco muchachos que terminaban el curso de instrucción obligatoria en una unidad de montaña. Les encantaba pescar, casi toda la noche contamos historias (verdaderas y no tanto) de peces enormes y recetas de cocina.
Desde entonces, se muy bien porque Jesús buscaba pescadores. Y aprendí, con un poco de susto, que la soledad absoluta es una quimera.
Y lo hacíamos mal. Nuestros enemigos sabían siempre dónde estábamos espiando y nosotros sabíamos dónde espiaban ellos. Todos cazábamos brujas y todos éramos brujas.
Mi personaje habitual para tal actividad era el de pescador deportivo, inteligente disfráz en aquel paraíso de los salmones y las truchas. Todavía, a finales de los años setenta, sin la enorme difusión que hoy. O por lo menos eso creía yo.
Cuando alguna autoridad "del otro lado" me encontraba en medio de esas soledades, ponía cara de perro perdido, inventaba una excursión hacia un lago imaginario lleno de enormes trofeos y seguramente el oficial me ayudaba a volver a casa por el camino mas corto.
El problema era que pescar, me gustaba mucho mas que espiar.
En la zona de el Corcovado, varios rios y arroyos, al revés de lo que cuentan los tratados de límites que
repetimos en la escuela, el curso de agua sigue un trayecto bastante largo por territorio argentino, para luego desembocar en el Pacífico. Van a contramano de la teoría de los picos divisores de aguas y de todo concepto que considere a la cordillera como una separación. Aquí podemos ver que en realidad la geografía siempre nos ha unido.
Los salmones, que no saben nada de nacionalidades, estacionalmente penetraban desde el mar para cumplir con el desove en los cursos superiores de todos estos ríos de montaña. La excusa que yo necesitaba, la naturaleza me la regalaba. Y además, en aquellos días, los tamaños de estos peces llegaba a mas de veinte kilos.
Me solía pasar, que recorriendo desolados parajes, tan hermosos y bendecidos por la mano de Dios, me olvidaba un poco de esa patria que siempre se olvidaba de mi. Y quedaba solamente el pescador.
En una de esas ocasiones, seguí el curso de un arroyo mas de lo debido. Ingresé en el país vecino casi veinte kilómetros. Esa distancia equivalía a un dia de marcha. Me sorprendió la noche en un bosquecito
muy lejos de cualquier lugar habitado. El cauce que venía siguiendo se había ensanchado y formaba un remanso. Estaba en el mes de abril, ya hacía frío pero la luna esa noche brillaba llena y grandota sobre el espejo falso en movimiento.
Tenía poco equipo para acampar, apenas la bolsa de dormir y unas galletas para comer. No era buena idea prender fuego, pero nunca tuve buenas ideas. Había pescado en la tarde un salmón grande, y el hambre es un pésimo consejero. A eso de las ocho de la noche, un improvisado "spiedo" cocinaba mi hermoso pez mientras yo cargaba de agua la cantimplora, preparándome para degustar aquella famosa receta de "salmón asado sin nada" que mis compañeros pusieran de moda en el Ejército Argentino.
El aroma delataba el final de la cocción y ya me acomodaba una piedra grande como asiento frente al fuego, cuando desde mi derecha sonó un "¡Buénas y sántas!.
El manual del buen espía, en su capítulo uno reza: "Jamás débes parecer un espía". Eso evitó que mi mano soltara el tenedor y buscara mi pistola por debajo de la camisa de franela. Al contrario, me levanté sonriendo al tiempo de mi infaltable: "¡Arrímese paisano!". Cinco cababineros en traje de fajina, caminaban hacia mí bajo la luz de la luna. Cuando vi que sus fusiles colgaban en la espalda, sonreí mucho mas. Aquella noche compartí mi salmón con cinco muchachos que terminaban el curso de instrucción obligatoria en una unidad de montaña. Les encantaba pescar, casi toda la noche contamos historias (verdaderas y no tanto) de peces enormes y recetas de cocina.
Desde entonces, se muy bien porque Jesús buscaba pescadores. Y aprendí, con un poco de susto, que la soledad absoluta es una quimera.