DIEGO
Poeta adicto al portal
Estas ganas de nada que se contraponen con los irrefrenables deseos de romper, matar, pedir respuestas que nunca llegarán y que aunque llegasen no me conformarían. El hartazgo de lo injusto como compañía inexorable. Sentir seco el corazón, marchitos los proyectos y la perpetua condena de tener que seguir.
Cárcel del espíritu que cierra sus barrotes hasta el ahogo. La presión de no sentir las manos fuertes ni las lágrimas húmedas. Los recuerdos frescos y distantes que pululan sobre mí taladrando todo indicio de cordura.
La muerte inesperada, sin sentido. La muerte cobarde, aprovechadora.
Ausencias tan notorias que parecen arrancadas del libro de los días vividos.
El porqué del silencio de estos días, es tan obvio que huelgan las palabras. Por eso es el silencio, por eso.
Cuando la angustia se escapa por la puerta y entra la desazón por la ventana, caminan sobre huellas invisibles, los pasos perdidos de sus almas.
No existe la anestesia que contemple la calma del dolor del alma herida.
Herida de muerte, de condenas injustas y traiciones de fe.
Silencios cómplices de la ausencia postrera. Ecos de novedades que no quiero saber.
Estas ganas de escape a cualquier escenario que no sepa mi nombre, que no siga mi sombra.
Cuando la muerte ronda, se trasluce en tinieblas dolorosas y eternas. Sempiternos gemidos inaudibles perforando las sienes sin descanso.
Estúpidos deseos de querer entender lo que nos está prohibido.
Cuando la muerte ronda, rondan las despedidas. Volvemos al recuerdo postrero del alma que deja su sendero estampado en nuestros ojos, incrédulos de tanto dolor incomprendido.
Cuando la muerte ronda, tambalea mi vida.
Cárcel del espíritu que cierra sus barrotes hasta el ahogo. La presión de no sentir las manos fuertes ni las lágrimas húmedas. Los recuerdos frescos y distantes que pululan sobre mí taladrando todo indicio de cordura.
La muerte inesperada, sin sentido. La muerte cobarde, aprovechadora.
Ausencias tan notorias que parecen arrancadas del libro de los días vividos.
El porqué del silencio de estos días, es tan obvio que huelgan las palabras. Por eso es el silencio, por eso.
Cuando la angustia se escapa por la puerta y entra la desazón por la ventana, caminan sobre huellas invisibles, los pasos perdidos de sus almas.
No existe la anestesia que contemple la calma del dolor del alma herida.
Herida de muerte, de condenas injustas y traiciones de fe.
Silencios cómplices de la ausencia postrera. Ecos de novedades que no quiero saber.
Estas ganas de escape a cualquier escenario que no sepa mi nombre, que no siga mi sombra.
Cuando la muerte ronda, se trasluce en tinieblas dolorosas y eternas. Sempiternos gemidos inaudibles perforando las sienes sin descanso.
Estúpidos deseos de querer entender lo que nos está prohibido.
Cuando la muerte ronda, rondan las despedidas. Volvemos al recuerdo postrero del alma que deja su sendero estampado en nuestros ojos, incrédulos de tanto dolor incomprendido.
Cuando la muerte ronda, tambalea mi vida.