Raúl Castillo
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Despierto y te encuentro al pie de la cama. Exacta, perfecta; acosada por la desnuda transparencia que te posee con su guante de seda. La mirada fija te escapa al rumor de las aves en el acantilado. Alcanzo a ver tu cara de diosa en luna bañada. Detrás de tu boca mueven los hilos que besan, o sonríen: tiras de los que van humedeciendo los labios, luego de los que levemente muerden si acaso. Tu aliento, deshace su atadura; es prófugo rebelde que jadea en la ladera. Una mano febril se entretiene en el sudor de la entrepierna, la otra sostiene a Cortázar que salta sobre el siete en la acera. Mientras tanto, pareces saborear el dulce de la fruta madura, y del néctar que la cumbre depara. Reducido a la sombra, me basta verte volar, haciéndome cómplice del deseo. Otras veces, he cerrado los ojos, los he arrancado y guardado en un cofre rotulado “la espera”, pero resulta, que aún estando adentro, puedo verte, en una esquina, mordiéndote los labios. Borrarte no es una opción; ni lo es llevarte la contraria. La primera mano parece tener mente propia y se busca en el norte que camina, lenta, voraz, inquieta. Como si buscara la fuente en el Paseo de la Princesa. Te arqueas, y tu boca entreabierta se hace mayor que el sol imprudente que ahora se pone de pie frente a la luna, y asoma a la ventana. Te permites respirar el aire enrarecido y oscuro que amanece en los labios, pulposos, sedientos, que resbalan entre sí como peces del estanque. Y no pareces advertir la sal que besa tu perfil con el choque de arena y de mar, que aletea a la merced del aliento. Y tiemblas, como la cortina que en brazos del viento ahora roza tu cara.
RCS 8/8/2010
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