Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un eco agonizante que proviene de un tiempo remoto.
Una estampida sónica, el resonar catastrófico
de cuantiosas tribus de poderes, coronas altivas,
alas diáfanas, voluminosas, que cobijan todos los luceros,
otorgándoles un resplandor sempiterno.
Son los amos del universo, de sus estrellas,
de sus senderos lumínicos de jade y turquesa, de sus sombras,
y de sus prolongados caminos que serpentean hacia el infinito.
Ángeles de piedra, descienden a través de un rayo de afable espesura,
que no ciega los ojos impíos, inmerecedores de la luz,
rayo eléctrico de áureas visiones,
estigma de la inmortal e insondable sangre del cosmos.
¿Porque vienes a mi, estruendo de galaxias?
y me entregas los cuerpos petrificados
de Ángeles victimados, marchitos, hundidos en la desolación,
convertidos en rocas refulgentes que probablemente
atravesaron el cielo espacial,
eran semejantes a saetas que relumbraban el fuego del sol
y vinieron a mí, con cicatrices profundas,
signo de haber perdido una gran batalla.
Uno de ellos sostiene una minúscula esfera entre sus manos rocosas,
no es mi alma, mi triste alma, tampoco son mis ojos, mis nostálgicos ojos
que se alimentan de la miel de sueños arcanos.
Creo recordar que es: es el fruto de mis oraciones en días grises,
en días de tormenta y tempestad, en días de fuego,
en días de soledad y disturbio.
Es una diminuta partícula, de nombre: Esperanza.
Capaz de rediseñar un nuevo universo, uno propio,
acorde a mi locura, a mi longeva fe.
Donde pueda caminar sobre la superficie del sol,
donde todos los Ángeles benévolos que sobrevuelan
mi aura de negra depresión,
no sean lastimados por las punzantes puñaladas de mis pecados,
donde no sean asesinados por mis demonios,
por defender a un humano abatido,
que persigue con anhelo, su redención.
Una estampida sónica, el resonar catastrófico
de cuantiosas tribus de poderes, coronas altivas,
alas diáfanas, voluminosas, que cobijan todos los luceros,
otorgándoles un resplandor sempiterno.
Son los amos del universo, de sus estrellas,
de sus senderos lumínicos de jade y turquesa, de sus sombras,
y de sus prolongados caminos que serpentean hacia el infinito.
Ángeles de piedra, descienden a través de un rayo de afable espesura,
que no ciega los ojos impíos, inmerecedores de la luz,
rayo eléctrico de áureas visiones,
estigma de la inmortal e insondable sangre del cosmos.
¿Porque vienes a mi, estruendo de galaxias?
y me entregas los cuerpos petrificados
de Ángeles victimados, marchitos, hundidos en la desolación,
convertidos en rocas refulgentes que probablemente
atravesaron el cielo espacial,
eran semejantes a saetas que relumbraban el fuego del sol
y vinieron a mí, con cicatrices profundas,
signo de haber perdido una gran batalla.
Uno de ellos sostiene una minúscula esfera entre sus manos rocosas,
no es mi alma, mi triste alma, tampoco son mis ojos, mis nostálgicos ojos
que se alimentan de la miel de sueños arcanos.
Creo recordar que es: es el fruto de mis oraciones en días grises,
en días de tormenta y tempestad, en días de fuego,
en días de soledad y disturbio.
Es una diminuta partícula, de nombre: Esperanza.
Capaz de rediseñar un nuevo universo, uno propio,
acorde a mi locura, a mi longeva fe.
Donde pueda caminar sobre la superficie del sol,
donde todos los Ángeles benévolos que sobrevuelan
mi aura de negra depresión,
no sean lastimados por las punzantes puñaladas de mis pecados,
donde no sean asesinados por mis demonios,
por defender a un humano abatido,
que persigue con anhelo, su redención.
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