DA PACEM
Se que en algún lugar del mundo
un corazón duerme en paz
Se que en algún lugar del mundo
entre ruinas y cadáveres
alguien sueña con ángeles blancos
y una suave sonrisa ilumina su dormir.
En algún lugar del mundo.
Pero no en mi corazón.
Mis ojos adormilados reconstruyen catedrales
mis manos encallecidas acarician sin gozar
mis pies ya no trazan senderos en la nieve
mi cuerpo entero...
ay, mi cuerpo, que muestra las llagas de mi alma.
Pústulas como medallas conseguidas
en la incoherente batalla de la vida.
Lejanos me llegan los ecos de una canción
una canción que es compendio de tantas otras canciones
que una vez alegraron mi vivir.
No fueron canciones de arrullo
para dormir a un niñito.
Fueron canciones que en la noche
hacían bailar a otras gentes que eran sombra.
Fueron canciones marciales
que ahora rechazo y repudio
-pero fueron destellos alegres
en la tristeza general de aquellos tiempos-
hubo también alguna otra de patio de vecindad
cantada con una voz clara entre la ropa tendida.
Después ...llegó la bruma
esa bruma apaciguadora de pasiones
de la que nace la rutina
terreno fértil para la melancolía.
Una ciudad, un trabajo, un esbozo de familia...
Todo promesas de una felicidad vacía
que ahora veo fosforeciendo vagamente
como un fúnebre fuego fatuo
en el fondo neblinoso de mis ojos miopes.
Y vinieron aquellas carnes flácidamente olorosas
que tantas veces fueron mercenarias
bouquets de rosas marchitas
nocturnos destellos en tugurios de pasión sin eco
Rojo neón iluminando el carmín ajado
epidermis alquiladas para mis manos sin tacto
y aquellos brebajes verdes que jamás inspiraron
ningún verso.
Farsa y artificio
que se disuelve ahora
como un poemario inconcluso
en esta piadosa bruma.
Ilust.: Herbert Bayer. “Lonely Metropolitan”. 1932
Se que en algún lugar del mundo
un corazón duerme en paz
Se que en algún lugar del mundo
entre ruinas y cadáveres
alguien sueña con ángeles blancos
y una suave sonrisa ilumina su dormir.
En algún lugar del mundo.
Pero no en mi corazón.
Mis ojos adormilados reconstruyen catedrales
mis manos encallecidas acarician sin gozar
mis pies ya no trazan senderos en la nieve
mi cuerpo entero...
ay, mi cuerpo, que muestra las llagas de mi alma.
Pústulas como medallas conseguidas
en la incoherente batalla de la vida.
Lejanos me llegan los ecos de una canción
una canción que es compendio de tantas otras canciones
que una vez alegraron mi vivir.
No fueron canciones de arrullo
para dormir a un niñito.
Fueron canciones que en la noche
hacían bailar a otras gentes que eran sombra.
Fueron canciones marciales
que ahora rechazo y repudio
-pero fueron destellos alegres
en la tristeza general de aquellos tiempos-
hubo también alguna otra de patio de vecindad
cantada con una voz clara entre la ropa tendida.
Después ...llegó la bruma
esa bruma apaciguadora de pasiones
de la que nace la rutina
terreno fértil para la melancolía.
Una ciudad, un trabajo, un esbozo de familia...
Todo promesas de una felicidad vacía
que ahora veo fosforeciendo vagamente
como un fúnebre fuego fatuo
en el fondo neblinoso de mis ojos miopes.
Y vinieron aquellas carnes flácidamente olorosas
que tantas veces fueron mercenarias
bouquets de rosas marchitas
nocturnos destellos en tugurios de pasión sin eco
Rojo neón iluminando el carmín ajado
epidermis alquiladas para mis manos sin tacto
y aquellos brebajes verdes que jamás inspiraron
ningún verso.
Farsa y artificio
que se disuelve ahora
como un poemario inconcluso
en esta piadosa bruma.
Ilust.: Herbert Bayer. “Lonely Metropolitan”. 1932