Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
A veces, uno no sabe cuando se muere. Un día te clavás con los ojos en la pared y ahí está ella, de costado, entre dos sillas o en un rincón, aparece así de golpe como si la sopa se enfriara de golpe. Y entrás a dudar, a tambalear y desobedecerte, se te acaba la plasticola esa con que pegabas las cosas. Y después volvés a nacer sin darte cuenta, o porque ladró el perro de enfrente o hubo una frenada en la calle; también puede ser que salgas despacio, lo vas haciendo como por decisión de otro, como si te llevaran en una cinta y fueras una valija en el aeropuerto, pasás lento frente a las cosas y a la gente que mira y te busca, pero es como si no te dieras cuenta de que todo eso está pasando; sólo ves reaparecer las luces y un lugar mucho más grande que retumba, y se te van despegando los oídos como si realmente bajaras de un avión. Y te da una amargura que te mata; ya ves, si no te morís porque sí, enfriándote, te mata la amargura ésa. No es nada difícil morirse así, como la sopa quiero decir, pero tampoco es tan fácil. En la primera cosa se te endurecen los músculos, o mejor dicho se quedan quietos y no hay nada que los haga mover, se anulan, se quedan pensando, no sé; en la segunda cosa, digamos el retorno, ahí recién te das cuenta de que eso estaba sucediendo; o sea, que si no volvés, ni te enterás, y del músculo olvidate. Algunos mueren más tiempo que otros, digo, se quedan muertos más tiempo, y tal vez eso vaya en gustos y nada más. Salir y entrar es como atravesar una puerta giratoria, es cuestión de orientación y de la cantidad de vueltas pares o impares, muchas veces uno termina no sabiendo si está afuera o adentro. Y vos que te creés tan vivo, que te la pasás viajando adentro de un paquete de correos, donde una estampilla y un matasellos aseguran que estás ubicado en alguna parte del mundo; a vos te digo, agarrate que nos caemos.
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Pero yo, voy a ponerme un sombrero, uno de esos que se usan para sol, y voy a salir a caminar por la calle de noche; y juro, que voy a ver andar su redondel negro sobre las baldosas como un eclipse, sólo porque yo quiero; así, sin palabras difíciles que calculen nada, mirando a los gatos con sus ojos verdes atentos en las cornisas , y a mi sombra impecablemente recortada en el suelo, solamente porque así he decidido ejercer mi capricho.
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Nadie puede hablar de la muerte de la tarde, por más poético que suene, a no ser que se le termine el día.
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Pero yo, voy a ponerme un sombrero, uno de esos que se usan para sol, y voy a salir a caminar por la calle de noche; y juro, que voy a ver andar su redondel negro sobre las baldosas como un eclipse, sólo porque yo quiero; así, sin palabras difíciles que calculen nada, mirando a los gatos con sus ojos verdes atentos en las cornisas , y a mi sombra impecablemente recortada en el suelo, solamente porque así he decidido ejercer mi capricho.
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Nadie puede hablar de la muerte de la tarde, por más poético que suene, a no ser que se le termine el día.