Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
En estos oídos míos han anidado tantos lamentos, vertidos por labios extraños, que necesitaban hablar.
Cuando yo escucho me muero por dentro. Mato todas las moléculas sensitivas de mi alma, las que pueden explotar esas gotas de hiel dispersadas por aquí y por allá en los rincones inexplorados de mi consciencia. Mi rostro de piedra se adormece con el gesto de la eternidad y cesa toda circulación sanguínea en mí. No duermo porque nada duerme, digamos que existo a otro ritmo, bailo en esa mecánica indescriptible que me deja ver el rostro del hombre como si fuera una estrella fugaz, la voz del hombre se vuelve un silbido y se apaga. No queda vestigio ni de llanto ni de alegría. Así me transformo mientras escucho para que no me vuelva una más de las huellas del llanto.
El hombre viene con el cuento de siempre, con la mentira de siempre, con el dolor de siempre. Su dolor empieza cuando se sabe un ser que ha perdido un paraíso, desterrado y marginado de lo perfecto sin poder hacer nada para corregir su origen. Y yo la piedra le digo que mi vestidura milenaria no tiene huellas de ese suceso.
Viene y se lamenta porque el amor perfecto, el ser perfecto ha partido de su lado. Porque no ha encontrado jamás el ser con que soñó estar juntos para siempre.
Viene y llora sobre mi sal. Lo miro con mis ojos de piedra y mi lengua de piedra quiere decirle no llores, esto jamás fue un paraíso, antes fue peor, antes no habían anhelos ni sueños, solo hambre, mucha hambre y la búsqueda de su saciedad.
El ser perfecto no existe, todos son humanos que se miran al espejo solo el lado hermoso de su rostro.
Desde hace milenios un hombre buscaba a la luz del día, auxiliado con una lámpara al hombre ejemplar y jamás lo encontró.
Mi rostro de granito mira con mirada amorosa, de mis pupilas esculpidas con rasgos amorosos brota una mirada apropiada para quien viene a mí. Lloro lágrimas de sangre y visto ropajes de amargura para los que se refugian en mí.
No quisiera existir en esa forma, pero me han hecho indestructible y me han hecho multiplicado para escuchar el mismo llanto, la misma queja, y para no sentir dolor.
Cuando yo escucho me muero por dentro. Mato todas las moléculas sensitivas de mi alma, las que pueden explotar esas gotas de hiel dispersadas por aquí y por allá en los rincones inexplorados de mi consciencia. Mi rostro de piedra se adormece con el gesto de la eternidad y cesa toda circulación sanguínea en mí. No duermo porque nada duerme, digamos que existo a otro ritmo, bailo en esa mecánica indescriptible que me deja ver el rostro del hombre como si fuera una estrella fugaz, la voz del hombre se vuelve un silbido y se apaga. No queda vestigio ni de llanto ni de alegría. Así me transformo mientras escucho para que no me vuelva una más de las huellas del llanto.
El hombre viene con el cuento de siempre, con la mentira de siempre, con el dolor de siempre. Su dolor empieza cuando se sabe un ser que ha perdido un paraíso, desterrado y marginado de lo perfecto sin poder hacer nada para corregir su origen. Y yo la piedra le digo que mi vestidura milenaria no tiene huellas de ese suceso.
Viene y se lamenta porque el amor perfecto, el ser perfecto ha partido de su lado. Porque no ha encontrado jamás el ser con que soñó estar juntos para siempre.
Viene y llora sobre mi sal. Lo miro con mis ojos de piedra y mi lengua de piedra quiere decirle no llores, esto jamás fue un paraíso, antes fue peor, antes no habían anhelos ni sueños, solo hambre, mucha hambre y la búsqueda de su saciedad.
El ser perfecto no existe, todos son humanos que se miran al espejo solo el lado hermoso de su rostro.
Desde hace milenios un hombre buscaba a la luz del día, auxiliado con una lámpara al hombre ejemplar y jamás lo encontró.
Mi rostro de granito mira con mirada amorosa, de mis pupilas esculpidas con rasgos amorosos brota una mirada apropiada para quien viene a mí. Lloro lágrimas de sangre y visto ropajes de amargura para los que se refugian en mí.
No quisiera existir en esa forma, pero me han hecho indestructible y me han hecho multiplicado para escuchar el mismo llanto, la misma queja, y para no sentir dolor.
Última edición: