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Desahucio

Tema en 'Poesía Surrealista' comenzado por Anna Politkóvskaya, 26 de Marzo de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 70

  1. Anna Politkóvskaya

    Anna Politkóvskaya Poeta asiduo al portal

    Se incorporó:
    19 de Marzo de 2016
    Mensajes:
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    Su instinto ancestral, carente de escrúpulos,
    alcanza el último peldaño de una escalera exclusiva.
    Un tótem, la puerta, alienta
    al depredador en su diaria acción de exterminio.
    Antes, en su guarida, ha pintado los riesgos
    rezándole a una divinidad
    con dientes de sable.
    Las víctimas, que no presienten el odio
    y los alfileres ni los ojos llenos de lágrimas
    ni las yugulares a punto de estallar,
    fornican alegremente bajo techos prestados
    sobre tálamos también prestados.

    Ladrillos, hasta donde alcanza la mirada
    millones y millones de ladrillos rojos,
    como la sangre que ha corrido
    después de la debacle.
    Un cinturón de arcilla ocultando el horizonte.
    la blanca melena del mar, el ancho cielo,
    el sonido amable de bosques y ríos,
    las enhiestas montañas...
    Ladrillos a precio de oro,
    inflados, cebados, ufanos, un espejismo de felicidad
    que arrasó con todo y con todos.
    Hoy solo quedan desiertos de ladrillos
    y despojos tiznados de rojo,
    pagando el desalojo de su inocencia a los culpables.

    Atravesando laberínticos bosques
    de ladrillo y cemento,
    Minotauro le devoró el grito.
    De su cuerpo ha vendido la carne
    al peor postor, mientras leía
    los más tristes poemas de amor
    que iban dejando en el buzón de las desdichas
    las aves migratorias “que nunca han de volver”.
    Anteriormente, se había arrancado la piel
    tirándola al contenedor de los sueños rotos
    que pidió prestado a un banquero.
    Sin demora, tuvo que abandonar su madriguera
    construida grano a grano
    con la arena del desierto,
    porque arañas y escorpiones
    invadieron su morada, robándole hasta el nombre.
    Su ser fatigado vive ahora
    entre el cielo y la tierra
    y escucha y respira y se alimenta de humo.

    Petrificadas, las rojas voces
    se tragaron las palabras
    y desde su cárcel vieron
    cómo la valla se expandía infinita
    y el untuoso martillo,
    con piel de rayos uva,
    derribaba su edificio comunero,
    mientras un cáncer mecánico
    arrasaba también el ágora.

    Pasto de la intemperie,
    el árbol transido de desahucio
    mira hacia la puerta taciturna,
    hacia las ventanas dormidas,
    hacia la casa, y sueña con ser alma
    que la sostenga habitándola.
    La casa, ventruda y famélica,
    abrumada de una tierra sin adjetivos
    mutila sus raíces con reflejos,
    a hombros de un mar ambiguo,
    de sumas y multiplicaciones
    allá donde sonríen las fotografías.
    El mar, anclado en la desazón
    abisal de su obesidad mórbida,
    se imagina paloma mensajera
    anunciando al erial el vástago
    y al Sol el fin de su cortante ira.
    La paloma dejó de soñar
    desde que perdió el laurel.

    El árbol,
    embargado
    por las estaciones implacables,
    se hunde en la desidia
    de los tiempos terribles
    y asume la derrota en un paisaje gris.
    Su vida
    queda anclada en lo yerto,
    a merced del insulto
    de vientos y lluvias,
    al albur de las heridas que en su piel
    le infringen los incautos
    del amor eterno.
    En el suelo,
    su llanto de hojarasca
    crepita al paso indiferente.

    ...Y al cerrarse aquella puerta
    la sala que contenía
    todos los espejos del mundo
    se derrumbó y, con ella,
    en escombros se transformaron
    los reflejos, las ilusiones y los sueños.
    Queda ahora una realidad
    de objetos terrosos,
    de seres demacrados
    como de ultratumba
    y de una atmósfera opaca
    del color de la sangre seca,
    que pinta de ocaso los paisajes
    y las palabras de silencio.

    Todo es silencio,
    silencio vivo como la cal,
    burbujeante, que palpita
    y martillea las sienes
    sin descanso hasta enviarlas
    a los abismos de la locura
    donde reside el grito
    en lucha permanente
    por romper su mutismo
    contra la muralla silenciosa
    que le impide transformarse en verbo.

    ¿Dónde queda el norte?
    ¿Y lo umbrío?
    ¿Dónde el musgo entre
    las piedras?
    Seco está el mar verde
    de las tierras altas,
    mudo el lenguaje
    de los árboles,
    agostado el jardín
    de palabras sosegadas.
    Un vacío poderoso
    se ha hecho dueño
    de la sangre y construye
    trampas para ciegos
    con sus manos metálicas
    y grita cuchillos y mata
    por matar y mata y mata.

    Tal vez, llegue el día
    en que las ventanas
    abrirán los ojos
    y las paredes
    se transformarán en aire
    y las puertas,
    como bombas dormidas
    en una guerra de antaño,
    serán bocas de fuego
    incendiando el centro.
    Y ocurrirá que el cáncer mecánico,
    ante el ímpetu de la noche,
    será extirpado del ágora. Tal vez.
     
    #1
    Última modificación: 26 de Marzo de 2019

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