Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
El faro y yo hemos hecho las migas con el tiempo, y puesto fuera de ese exclusivo círculo a la viuda vestida de angustia y soledad. Ella nos mira con sus ojos sin cuencas, con sus ojos de llanto y su boca de mueca dolorosa, espera, siempre espera, sabe volverse instante de la vida.
EL FARO
En el muro circular de su refugio todo el pasado crece y se llena de orgullo. Altivo aguarda a que vuelvan sus tiempos de aquel mirar nocturno que ilumina esperanza al marinero inmerso en su tormenta, que aferrado a sus polvos de distancia, quiere morir en brazos de una luz.
Esta torre de roca humedecida por la brisa de mar, niega firme su muerte para este nuevo mundo, aún espera, pintando el horizonte con su cuerpo de corcho y con su alma de vela ante el inmenso mar. Espera navegantes que le tomen de rumbo.
Riega un poco de sombra sobre el puerto desnudo. Es nido de gaviotas que no saben hablar, pero que siempre vuelven y hacen nidos para otros nuevos vuelos.
Un faro es siempre faro, nunca se vuelve techo de una vida, nació para alumbrar en las noches oscuras, igual que las estrellas. Pienso: talvez escucha las voces del oleaje que vienen desde lejos; pienso: talvez añora el puerto de otras playas de dónde viene la espuma en su romance eterno con la arena. Es un firme soldado, misterioso, con la pálida sombra del vigía que enaltece a su puerto con su vida de roca circular y su mirar de flama casi eterna.
EL TIEMPO
En su caudal de instantes aburridos no se mira en espejos, pues su cuerpo no existe. Es la consciencia ajena que lo anima para marcar sus pasos sin apuros, sin descansos. Todo quiere distancia en sus destinos donde el hoy se consume sin sentirse, y el ayer es sombra, que persigue al latido vestida de recuerdos.
Toca muros y almas con su cuerpo de bacteria invisible que todo lo consume sin que medie en su interno propósito fatal. Es pincel que decora con los colores mortales de su paleta inmortal, nuevos, viejos, paisajes para volverse vida en las consciencias.
Se viste de hoja en blanco que espera el desfile de palabras que componen la historia que se cuenta.
EL HOMBRE
Qué es, sino una forma de mirar por las cuencas de sus ojos los destellos de luz que le desbordan. Sueño que se sublima entre las sombras ante todo destello. Rehén de los espejos es su alma ignorante que pregunta y pregunta por ese quién yo soy y no encuentra respuestas, y se inventa mentiras para salvar los puentes del abismo de su propia ventura.
¡Ay el hombre! Tesoro de consciencia en caja de pandora, pantano de la pequeñez de su existencia. ¡Tesoro!... palabra e idea solo suya para describir el acopio que le agobia en la breve existencia que siente eterna sabiendo que no es eterna. Eterno: terminajo impertinente para la eternidad que le desprecia de su seno mutante. Milagro: super-ego de su miserable presencia, con que viste de fiesta su egocentrismo para disputar al universo que le deslumbra.
Ved al faro arrullarse entre la brisa del tiempo y el viento, vigilante sensible al horizontes desde su ser de muro que acarician gaviotas incubando sus frutos voladores para seguir en viento mientras el viento flote caliente sobre la suave arena.
Este puerto dispuesto para naves sedientas de refugio, que tras tiempos, no vuelven, porque se han hecho tejido del olvido, que todo vuelve tumba. Sobre su umbral, los murmullos adormecen con sus cuerpos de sombra bajo la luz que les obsequia el tiempo.
Hay un cantar secreto que desborda los muros del silencio.
Es por eso que mudo este cuerpo, que de hombre, suele volverse pluma.
Voz que no irrumpe en la magia del silencio con sonido insolente de palabra.
Un tejido de voces que entrelaza la letra, para vestir de instante, al muro silencioso.
Mi silencio de roca nace de tu silencio, pacifico, que mira sin nostalgia las "cosillas" del tiempo.
El faro, el tiempo y yo, bebemos el minuto como elixir en gota.
Con su cuerpo sagrado de ritual, que ensambla a irrepetible instante.
Soy el pequeño huésped de vuestra eternidad -suelo decirles-.
De alguna forma puerto para algún navegar que me percibe costa.
De alguna forma faro, pues mi debilidad siente volverse flama con un rostro de gota luminosa.
Que mira en el espejo, esperando alumbrarse, desde su inmensa sombra.
El Faro, El tiempo, El Puerto y yo, hemos hecho migas en este lado del mundo.
Aquí donde el final suele guardar murmullos que vienen desde lejos como si fueran vuelos extraviados o naves envueltas en tormentas.
Hemos hecho de paz un sitio sin fronteras, donde nadie disputa por banderas, ni por tonos de piel, ni siquiera por lenguas.
Aquí en el fin del mundo todo tiene lugar: tratamiento y terapia, solo falta que quieras.
EL FARO
En el muro circular de su refugio todo el pasado crece y se llena de orgullo. Altivo aguarda a que vuelvan sus tiempos de aquel mirar nocturno que ilumina esperanza al marinero inmerso en su tormenta, que aferrado a sus polvos de distancia, quiere morir en brazos de una luz.
Esta torre de roca humedecida por la brisa de mar, niega firme su muerte para este nuevo mundo, aún espera, pintando el horizonte con su cuerpo de corcho y con su alma de vela ante el inmenso mar. Espera navegantes que le tomen de rumbo.
Riega un poco de sombra sobre el puerto desnudo. Es nido de gaviotas que no saben hablar, pero que siempre vuelven y hacen nidos para otros nuevos vuelos.
Un faro es siempre faro, nunca se vuelve techo de una vida, nació para alumbrar en las noches oscuras, igual que las estrellas. Pienso: talvez escucha las voces del oleaje que vienen desde lejos; pienso: talvez añora el puerto de otras playas de dónde viene la espuma en su romance eterno con la arena. Es un firme soldado, misterioso, con la pálida sombra del vigía que enaltece a su puerto con su vida de roca circular y su mirar de flama casi eterna.
EL TIEMPO
En su caudal de instantes aburridos no se mira en espejos, pues su cuerpo no existe. Es la consciencia ajena que lo anima para marcar sus pasos sin apuros, sin descansos. Todo quiere distancia en sus destinos donde el hoy se consume sin sentirse, y el ayer es sombra, que persigue al latido vestida de recuerdos.
Toca muros y almas con su cuerpo de bacteria invisible que todo lo consume sin que medie en su interno propósito fatal. Es pincel que decora con los colores mortales de su paleta inmortal, nuevos, viejos, paisajes para volverse vida en las consciencias.
Se viste de hoja en blanco que espera el desfile de palabras que componen la historia que se cuenta.
EL HOMBRE
Qué es, sino una forma de mirar por las cuencas de sus ojos los destellos de luz que le desbordan. Sueño que se sublima entre las sombras ante todo destello. Rehén de los espejos es su alma ignorante que pregunta y pregunta por ese quién yo soy y no encuentra respuestas, y se inventa mentiras para salvar los puentes del abismo de su propia ventura.
¡Ay el hombre! Tesoro de consciencia en caja de pandora, pantano de la pequeñez de su existencia. ¡Tesoro!... palabra e idea solo suya para describir el acopio que le agobia en la breve existencia que siente eterna sabiendo que no es eterna. Eterno: terminajo impertinente para la eternidad que le desprecia de su seno mutante. Milagro: super-ego de su miserable presencia, con que viste de fiesta su egocentrismo para disputar al universo que le deslumbra.
Ved al faro arrullarse entre la brisa del tiempo y el viento, vigilante sensible al horizontes desde su ser de muro que acarician gaviotas incubando sus frutos voladores para seguir en viento mientras el viento flote caliente sobre la suave arena.
Este puerto dispuesto para naves sedientas de refugio, que tras tiempos, no vuelven, porque se han hecho tejido del olvido, que todo vuelve tumba. Sobre su umbral, los murmullos adormecen con sus cuerpos de sombra bajo la luz que les obsequia el tiempo.
Hay un cantar secreto que desborda los muros del silencio.
Es por eso que mudo este cuerpo, que de hombre, suele volverse pluma.
Voz que no irrumpe en la magia del silencio con sonido insolente de palabra.
Un tejido de voces que entrelaza la letra, para vestir de instante, al muro silencioso.
Mi silencio de roca nace de tu silencio, pacifico, que mira sin nostalgia las "cosillas" del tiempo.
El faro, el tiempo y yo, bebemos el minuto como elixir en gota.
Con su cuerpo sagrado de ritual, que ensambla a irrepetible instante.
Soy el pequeño huésped de vuestra eternidad -suelo decirles-.
De alguna forma puerto para algún navegar que me percibe costa.
De alguna forma faro, pues mi debilidad siente volverse flama con un rostro de gota luminosa.
Que mira en el espejo, esperando alumbrarse, desde su inmensa sombra.
El Faro, El tiempo, El Puerto y yo, hemos hecho migas en este lado del mundo.
Aquí donde el final suele guardar murmullos que vienen desde lejos como si fueran vuelos extraviados o naves envueltas en tormentas.
Hemos hecho de paz un sitio sin fronteras, donde nadie disputa por banderas, ni por tonos de piel, ni siquiera por lenguas.
Aquí en el fin del mundo todo tiene lugar: tratamiento y terapia, solo falta que quieras.
tema: aquí en el fin del mundo, para dementes, sordos y ciegos,
Verano de 2013, C.R.M.M.C. (Centro de Rehabilitación Mental Margarito Cuaresmeño).
Verano de 2013, C.R.M.M.C. (Centro de Rehabilitación Mental Margarito Cuaresmeño).
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