Doblezero
Poeta adicto al portal
Dolores la majareta
Con su locura desnuda
como semilla en la tierra
todas las tardes Dolores
andaba con su quimera,
dos bolsas bajo los ojos
y rulos en la cabeza
preguntando por su esposo
desde su casa a la tienda
a todo el que se cruzaba
en la villa marinera.
"¿Sabe quién es mi consorte?".
En la plaza, en las revueltas,
al vendedor ambulante,
a los niños y a las viejas.
"Hace mucho que le busco
y no sé donde se encuentra".
Encadenando estaciones
resguardada en su demencia
con pantanos en los ojos
Doña Dolores Contreras
con pesar en su semblante
por el pueblo dando vueltas
preguntando por Ricardo
pasaba la vida entera.
De puerto partió el marido
hace veinte primaveras,
en el pueblo la llamaban
Dolores la Majareta,
su corazón quedo tuerto
desde el día que partiera
y estrenaba calle a calle
preguntando por su vuelta.
Unos niños que en la plaza
con una pelota juegan
hacen mueca de las risas
cuando ven que ella se acerca:
“chicos, ¿no visteis a un hombre
de así como metro ochenta
con camisa de botones,
una gorra y grandes cejas?".
"¡Sí señora!" –dice uno,
"se marchó por esa cuesta".
"¡No señora!" –dice el otro,
"está echando una cerveza".
"No le haga caso Dolores",
–entre miradas burlescas.
"Yo lo he visto calle abajo,
seguro que allí le encuentra".
Pero cuando coge el rumbo
como una firme veleta
se arrima al grupo de niños
con garrote de madera
Don Daniel muy afrentado
para condenar su treta:
"niños, no seáis granujas
que yo siento mucha pena".
"¡Ay qué lástima María!
¡qué locura, que tristeza!",
–lamentaban dos vecinas
que a su paso cuchichean.
"Por ahí anda como siempre
Doña Dolores Contreras
con las sienes carcomidas
y esa herida ya longeva
preguntando por Ricardo
para nunca hallar respuesta".
"Ay qué razón tienes hija,
la ves venir a sabiendas
que a llorar se va a su puerto
abrazada a la demencia
desde que hace ya veinte años
Ricardo izase las velas".
Y así pasa día a día
Doña Dolores Contreras,
preguntando por su esposo
hasta que la tarde mengua
para marchar hacia el puerto
a lo yermo de su espera.
Rosalía, como siempre,
apenada se le acerca
en busca de hallar cordura
al decirle con paciencia:
"ay Dolores no se amarre
al muelle de la tristeza,
deje salir la amargura
y bajar a la marea
no ve que hace muchos años
que Ricardo izó las velas,
él se fue con Doña Muerte.
No lo ignore, dese cuenta”.
Mirando hacia el horizonte
Doña Dolores contesta:
"le doy las gracias señora
pero aguardo con su pesca
a Ricardo, mi marido.
Debería estar de vuelta.
Fíjese, mi buena amiga,
que zarpó con la tormenta
y ya estoy muy preocupada,
le ruego que lo comprenda”.
Dicen que de amarle tanto
ha perdido la cabeza.
Cuentan que pone cubiertos
para dos sobre la mesa,
dos platos, dos tenedores,
dos vasos con agua fresca,
y que todas las mañanas,
junto a blancas servilletas,
un café con sacarina
y otro manchado de crema.
Autor: Doblezero
Tributo a Maná – En el muelle de San Blás