Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo aún era niño y se estaba formando, cuando las estrellas todavía se estaban colocando pues no habían encontrado su sitio definitivo en el cielo, cuando las noches no tenían luna, pues ésta no había llegado todavía. En aquel tiempo tan lejano, en el que los hombres todavía no habían hecho su aparición sobre la Tierra, la naturaleza iba creando los valles, las montañas, los ríos, los lagos y los mares, las islas, las playas y las iba vistiendo con sus árboles, con las diferentes plantas y con todo tipo de animales. No siempre la naturaleza hacía bien las cosas y, en ocasiones, precisaba que le echasen una mano. Afortunadamente, los elfos y las hadas ya estaban presentes y formaban parte del reino de Titania y Oberón. Era muy importante su ayuda para conseguir que las cosas fuesen bien y, por ello, tanto a los elfos como a las hadas se les había otorgado el don de entenderse con los árboles y los animales.
Ocurrió en nuestra historia de hoy que la Tierra comenzó a enfriarse. Después de días muy calurosos, como nuestros veranos, comenzaron a llegar días muy fríos. Un gran manto de nieve empezó a cubrir partes del mundo, poniendo en peligro la vida que allí existía. Hubo animales que aprendieron a emigrar y cuando se avecinaba el tiempo del frío, un tiempo que llamaron invierno, se iban a otras partes del mundo donde los días eran más largos y más cálidos. Los árboles no se podían mover, pero descubrieron que si dejaban caer sus hojas y se revestían solamente con su corteza, podían aguantar hasta que llegase el buen tiempo, que llamaron primavera.
Pero no todos los árboles, ni todos los animales pudieron hacerlo y así, hubo animales y plantas que desaparecieron de los lugares en los que llegaba el frío, para vivir sólo en los sitios calientes.
Hubo, no obstante un ave de vuelos rápidos, pero cortos, de plumaje blanco a quien las hadas llamaban perdiz nival que no se decidió a marcharse cuando llegó el tiempo de las heladas y la nieve. También un arbusto, fuerte y alto, se negó a quitarse las hojas y encerrarse en sí mismo hasta la primavera. Este árbol era el acebo. El acebo y la perdiz nival se llevaban bien; cuando el viento helado recorría el paraje donde vivían, la perdiz se refugiaba junto a su tronco y el acebo la protegía arropándola con sus hojas. Al llegar el frío intenso y la nieve, el acebo pensó que si perdía sus hojas, la perdiz no tendría donde refugiarse y así, no las dejó caer. Pero la perdiz, que se protegía junto al árbol, pronto se encontró con que la nieve cubría el suelo, las heladas nocturnas lo endurecían y casi no era capaz de encontrar qué comer.
Titania, que siempre estaba atenta a todo lo que sucedía, se dio cuenta de lo que pasaba y pensó el modo en que podría solucionarlo. Llevó a Hila consigo. Hila era un hada, por aquel entonces muy joven, pero muy inteligente y ambas a dos, tras un largo viaje, se llegaron junto al acebo.
Cuando por fin llegaron donde los dos amigos se encontraban intentaron convencer a la perdiz de que emprendiese vuelo hacia territorios más templados en los que le iría mejor. De la misma manera quisieron conseguir que el acebo dejase caer sus hojas para, encerrado en su corteza, sobrevivir al frío. Por mucho que lo procuraron no consiguieron que los dos se separasen. Hila, un poco cansada, se acercó hasta el acebo, quiso acariciarlo para así convencerlo, pero al rozar con el borde de una de sus hojas… No sé si sabéis que las hojas del acebo son duras y tienen el borde espiculado, es decir que forma pequeñas espinas. Pues como os iba diciendo, al rozar con una de esas espículas, la joven y delicada piel del dedo índice de su mano derecha se rasgó y por la herida salieron tres pequeñas gotas de sangre.
Titania contempló las pequeñas gotas de sangre sobre el acebo y halló la respuesta que buscaba. Con un precioso encantamiento, llenó el acebo de unas bayas rojas, pequeñas, brillantes, hermosas. Bayas que servirían de alimento a la perdiz durante el tiempo de invierno.
Con un pequeño trozo de la corteza de un saúco y su pañuelo de lino hizo Titania un vendaje y una cura para la herida de Hilas. Volvieron al Palacio de Cristal y allí celebraron lo bien que se había resuelto la difícil situación.
En nuestro tiempo, veréis acebos en muchos lugares, pero los más hermosos están en las grandes acebedas, en los valles profundos donde la nieve se acumula en invierno y veréis como allí se protegen las perdices nivales, los urogallos y algunos otros animales, alimentándose con sus frutos. Y esto se consiguió gracias a la amistad entre un acebo y una perdiz y el gran corazón de las hadas.
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