El acebo

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa


Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo aún era niño y se estaba formando, cuando las estrellas todavía se estaban colocando pues no habían encontrado su sitio definitivo en el cielo, cuando las noches no tenían luna, pues ésta no había llegado todavía. En aquel tiempo tan lejano, en el que los hombres todavía no habían hecho su aparición sobre la Tierra, la naturaleza iba creando los valles, las montañas, los ríos, los lagos y los mares, las islas, las playas y las iba vistiendo con sus árboles, con las diferentes plantas y con todo tipo de animales. No siempre la naturaleza hacía bien las cosas y, en ocasiones, precisaba que le echasen una mano. Afortunadamente, los elfos y las hadas ya estaban presentes y formaban parte del reino de Titania y Oberón. Era muy importante su ayuda para conseguir que las cosas fuesen bien y, por ello, tanto a los elfos como a las hadas se les había otorgado el don de entenderse con los árboles y los animales.


Ocurrió en nuestra historia de hoy que la Tierra comenzó a enfriarse. Después de días muy calurosos, como nuestros veranos, comenzaron a llegar días muy fríos. Un gran manto de nieve empezó a cubrir partes del mundo, poniendo en peligro la vida que allí existía. Hubo animales que aprendieron a emigrar y cuando se avecinaba el tiempo del frío, un tiempo que llamaron invierno, se iban a otras partes del mundo donde los días eran más largos y más cálidos. Los árboles no se podían mover, pero descubrieron que si dejaban caer sus hojas y se revestían solamente con su corteza, podían aguantar hasta que llegase el buen tiempo, que llamaron primavera.


Pero no todos los árboles, ni todos los animales pudieron hacerlo y así, hubo animales y plantas que desaparecieron de los lugares en los que llegaba el frío, para vivir sólo en los sitios calientes.


Hubo, no obstante un ave de vuelos rápidos, pero cortos, de plumaje blanco a quien las hadas llamaban perdiz nival que no se decidió a marcharse cuando llegó el tiempo de las heladas y la nieve. También un arbusto, fuerte y alto, se negó a quitarse las hojas y encerrarse en sí mismo hasta la primavera. Este árbol era el acebo. El acebo y la perdiz nival se llevaban bien; cuando el viento helado recorría el paraje donde vivían, la perdiz se refugiaba junto a su tronco y el acebo la protegía arropándola con sus hojas. Al llegar el frío intenso y la nieve, el acebo pensó que si perdía sus hojas, la perdiz no tendría donde refugiarse y así, no las dejó caer. Pero la perdiz, que se protegía junto al árbol, pronto se encontró con que la nieve cubría el suelo, las heladas nocturnas lo endurecían y casi no era capaz de encontrar qué comer.


Titania, que siempre estaba atenta a todo lo que sucedía, se dio cuenta de lo que pasaba y pensó el modo en que podría solucionarlo. Llevó a Hila consigo. Hila era un hada, por aquel entonces muy joven, pero muy inteligente y ambas a dos, tras un largo viaje, se llegaron junto al acebo.


Cuando por fin llegaron donde los dos amigos se encontraban intentaron convencer a la perdiz de que emprendiese vuelo hacia territorios más templados en los que le iría mejor. De la misma manera quisieron conseguir que el acebo dejase caer sus hojas para, encerrado en su corteza, sobrevivir al frío. Por mucho que lo procuraron no consiguieron que los dos se separasen. Hila, un poco cansada, se acercó hasta el acebo, quiso acariciarlo para así convencerlo, pero al rozar con el borde de una de sus hojas… No sé si sabéis que las hojas del acebo son duras y tienen el borde espiculado, es decir que forma pequeñas espinas. Pues como os iba diciendo, al rozar con una de esas espículas, la joven y delicada piel del dedo índice de su mano derecha se rasgó y por la herida salieron tres pequeñas gotas de sangre.


Titania contempló las pequeñas gotas de sangre sobre el acebo y halló la respuesta que buscaba. Con un precioso encantamiento, llenó el acebo de unas bayas rojas, pequeñas, brillantes, hermosas. Bayas que servirían de alimento a la perdiz durante el tiempo de invierno.


Con un pequeño trozo de la corteza de un saúco y su pañuelo de lino hizo Titania un vendaje y una cura para la herida de Hilas. Volvieron al Palacio de Cristal y allí celebraron lo bien que se había resuelto la difícil situación.


En nuestro tiempo, veréis acebos en muchos lugares, pero los más hermosos están en las grandes acebedas, en los valles profundos donde la nieve se acumula en invierno y veréis como allí se protegen las perdices nivales, los urogallos y algunos otros animales, alimentándose con sus frutos. Y esto se consiguió gracias a la amistad entre un acebo y una perdiz y el gran corazón de las hadas.
 
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Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo aún era niño y se estaba formando, cuando las estrellas todavía se estaban colocando pues no habían encontrado su sitio definitivo en el cielo, cuando las noches no tenían luna, pues ésta no había llegado todavía. En aquel tiempo tan lejano, en el que los hombres todavía no habían hecho su aparición sobre la Tierra, la naturaleza iba creando los valles, las montañas, los ríos, los lagos y los mares, las islas, las playas y las iba vistiendo con sus árboles, con las diferentes plantas y con todo tipo de animales. No siempre la naturaleza hacía bien las cosas y, en ocasiones, precisaba que le echasen una mano. Afortunadamente, los elfos y las hadas ya estaban presentes y formaban parte del reino de Titania y Oberón. Era muy importante su ayuda para conseguir que las cosas fuesen bien y, por ello, tanto a los elfos como a las hadas se les había otorgado el don de entenderse con los árboles y los animales.


Ocurrió en nuestra historia de hoy que la Tierra comenzó a enfriarse. Después de días muy calurosos, como nuestros veranos, comenzaron a llegar días muy fríos. Un gran manto de nieve empezó a cubrir partes del mundo, poniendo en peligro la vida que allí existía. Hubo animales que aprendieron a emigrar y cuando se avecinaba el tiempo del frío, un tiempo que llamaron invierno, se iban a otras partes del mundo donde los días eran más largos y más cálidos. Los árboles no se podían mover, pero descubrieron que si dejaban caer sus hojas y se revestían solamente con su corteza, podían aguantar hasta que llegase el buen tiempo, que llamaron primavera.


Pero no todos los árboles, ni todos los animales pudieron hacerlo y así, hubo animales y plantas que desaparecieron de los lugares en los que llegaba el frío, para vivir sólo en los sitios calientes.


Hubo, no obstante un ave de vuelos rápidos, pero cortos, de plumaje blanco a quien las hadas llamaban perdiz nival que no se decidió a marcharse cuando llegó el tiempo de las heladas y la nieve. También un arbusto, fuerte y alto, se negó a quitarse las hojas y encerrarse en sí mismo hasta la primavera. Este árbol era el acebo. El acebo y la perdiz nival se llevaban bien; cuando el viento helado recorría el paraje donde vivían, la perdiz se refugiaba junto a su tronco y el acebo la protegía arropándola con sus hojas. Al llegar el frío intenso y la nieve, el acebo pensó que si perdía sus hojas, la perdiz no tendría donde refugiarse y así, no las dejó caer. Pero la perdiz, que se protegía junto al árbol, pronto se encontró con que la nieve cubría el suelo, las heladas nocturnas lo endurecían y casi no era capaz de encontrar qué comer.


Titania, que siempre estaba atenta a todo lo que sucedía, se dio cuenta de lo que pasaba y pensó el modo en que podría solucionarlo. Llevó a Hila consigo. Hila era un hada, por aquel entonces muy joven, pero muy inteligente y ambas a dos, tras un largo viaje, se llegaron junto al acebo.


Cuando por fin llegaron donde los dos amigos se encontraban intentaron convencer a la perdiz de que emprendiese vuelo hacia territorios más templados en los que le iría mejor. De la misma manera quisieron conseguir que el acebo dejase caer sus hojas para, encerrado en su corteza, sobrevivir al frío. Por mucho que lo procuraron no consiguieron que los dos se separasen. Hila, un poco cansada, se acercó hasta el acebo, quiso acariciarlo para así convencerlo, pero al rozar con el borde de una de sus hojas… No sé si sabéis que las hojas del acebo son duras y tienen el borde espiculado, es decir que forma pequeñas espinas. Pues como os iba diciendo, al rozar con una de esas espículas, la joven y delicada piel del dedo índice de su mano derecha se rasgó y por la herida salieron tres pequeñas gotas de sangre.


Titania contempló las pequeñas gotas de sangre sobre el acebo y halló la respuesta que buscaba. Con un precioso encantamiento, llenó el acebo de unas bayas rojas, pequeñas, brillantes, hermosas, bayas que servirían de alimento a la perdiz durante el tiempo de invierno.


Con un pequeño trozo de la corteza de un saúco y su pañuelo de lino hizo Titania un vendaje y una cura para la herida de Hilas. Volvieron al Palacio de Cristal y allí celebraron lo bien que se había resuelto la difícil situación.


En nuestro tiempo, veréis acebos en muchos lugares, pero los más hermosos están en las grandes acebedas, en los valles profundos donde la nieve se acumula en invierno y veréis como allí se protegen las perdices nivales, los urogallos y algunos otros animales, alimentándose con sus frutos. Y esto se consiguió gracias a la amistad entre un acebo y una perdiz y el gran corazón de las hadas.
Ayyyyy mi querido Luís, qué didácticas y bellas son estas letras que tu inspiración nos comparte, fomentan en los niños y niñas el amor por la Naturaleza, su evolución en el tiempo, la función que cada criatura viva o inerte tiene que cumplir en ella, y como han desarrollado su adaptación al medio para seguir vivos en él.
Ayyy qué bonito es el acebo, él necesita del frío para que se enrojezcan sus bolitas que pueden ser perfecto alimento para avecillas, perdices, etc, todos los seres de la tierra son necesarios, todos.
Encantada de leerte mi entrañable amigo, te quiero y admiro profundamente.....muááááackssssss
 

Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo aún era niño y se estaba formando, cuando las estrellas todavía se estaban colocando pues no habían encontrado su sitio definitivo en el cielo, cuando las noches no tenían luna, pues ésta no había llegado todavía. En aquel tiempo tan lejano, en el que los hombres todavía no habían hecho su aparición sobre la Tierra, la naturaleza iba creando los valles, las montañas, los ríos, los lagos y los mares, las islas, las playas y las iba vistiendo con sus árboles, con las diferentes plantas y con todo tipo de animales. No siempre la naturaleza hacía bien las cosas y, en ocasiones, precisaba que le echasen una mano. Afortunadamente, los elfos y las hadas ya estaban presentes y formaban parte del reino de Titania y Oberón. Era muy importante su ayuda para conseguir que las cosas fuesen bien y, por ello, tanto a los elfos como a las hadas se les había otorgado el don de entenderse con los árboles y los animales.


Ocurrió en nuestra historia de hoy que la Tierra comenzó a enfriarse. Después de días muy calurosos, como nuestros veranos, comenzaron a llegar días muy fríos. Un gran manto de nieve empezó a cubrir partes del mundo, poniendo en peligro la vida que allí existía. Hubo animales que aprendieron a emigrar y cuando se avecinaba el tiempo del frío, un tiempo que llamaron invierno, se iban a otras partes del mundo donde los días eran más largos y más cálidos. Los árboles no se podían mover, pero descubrieron que si dejaban caer sus hojas y se revestían solamente con su corteza, podían aguantar hasta que llegase el buen tiempo, que llamaron primavera.


Pero no todos los árboles, ni todos los animales pudieron hacerlo y así, hubo animales y plantas que desaparecieron de los lugares en los que llegaba el frío, para vivir sólo en los sitios calientes.


Hubo, no obstante un ave de vuelos rápidos, pero cortos, de plumaje blanco a quien las hadas llamaban perdiz nival que no se decidió a marcharse cuando llegó el tiempo de las heladas y la nieve. También un arbusto, fuerte y alto, se negó a quitarse las hojas y encerrarse en sí mismo hasta la primavera. Este árbol era el acebo. El acebo y la perdiz nival se llevaban bien; cuando el viento helado recorría el paraje donde vivían, la perdiz se refugiaba junto a su tronco y el acebo la protegía arropándola con sus hojas. Al llegar el frío intenso y la nieve, el acebo pensó que si perdía sus hojas, la perdiz no tendría donde refugiarse y así, no las dejó caer. Pero la perdiz, que se protegía junto al árbol, pronto se encontró con que la nieve cubría el suelo, las heladas nocturnas lo endurecían y casi no era capaz de encontrar qué comer.


Titania, que siempre estaba atenta a todo lo que sucedía, se dio cuenta de lo que pasaba y pensó el modo en que podría solucionarlo. Llevó a Hila consigo. Hila era un hada, por aquel entonces muy joven, pero muy inteligente y ambas a dos, tras un largo viaje, se llegaron junto al acebo.


Cuando por fin llegaron donde los dos amigos se encontraban intentaron convencer a la perdiz de que emprendiese vuelo hacia territorios más templados en los que le iría mejor. De la misma manera quisieron conseguir que el acebo dejase caer sus hojas para, encerrado en su corteza, sobrevivir al frío. Por mucho que lo procuraron no consiguieron que los dos se separasen. Hila, un poco cansada, se acercó hasta el acebo, quiso acariciarlo para así convencerlo, pero al rozar con el borde de una de sus hojas… No sé si sabéis que las hojas del acebo son duras y tienen el borde espiculado, es decir que forma pequeñas espinas. Pues como os iba diciendo, al rozar con una de esas espículas, la joven y delicada piel del dedo índice de su mano derecha se rasgó y por la herida salieron tres pequeñas gotas de sangre.


Titania contempló las pequeñas gotas de sangre sobre el acebo y halló la respuesta que buscaba. Con un precioso encantamiento, llenó el acebo de unas bayas rojas, pequeñas, brillantes, hermosas, bayas que servirían de alimento a la perdiz durante el tiempo de invierno.


Con un pequeño trozo de la corteza de un saúco y su pañuelo de lino hizo Titania un vendaje y una cura para la herida de Hilas. Volvieron al Palacio de Cristal y allí celebraron lo bien que se había resuelto la difícil situación.


En nuestro tiempo, veréis acebos en muchos lugares, pero los más hermosos están en las grandes acebedas, en los valles profundos donde la nieve se acumula en invierno y veréis como allí se protegen las perdices nivales, los urogallos y algunos otros animales, alimentándose con sus frutos. Y esto se consiguió gracias a la amistad entre un acebo y una perdiz y el gran corazón de las hadas.


Si hay sinónimos de entes protectores, ellos son precisamente los árboles.
Son criaturas fascinantes y hermosas fuera de los cuentos y justamente lo que hacen los cuentos como los tuyos, es recordarnos que existe la magia en todo lo que nos rodea si se la sabe mirar con esos otros ojos.
La amistad, la colaboración entre los seres de la naturaleza es un precioso modelo a imitar y no solo en estas fechas, sino toda la vida.
Siempre es motivo de alegría y ternura encontrar a tus personajes, entrañables porque salen de tu corazón.
Un abrazo con el cariño y la admiración de siempre.
 
Ayyyyy mi querido Luís, qué didácticas y bellas son estas letras que tu inspiración nos comparte, fomentan en los niños y niñas el amor por la Naturaleza, su evolución en el tiempo, la función que cada criatura viva o inerte tiene que cumplir en ella, y como han desarrollado su adaptación al medio para seguir vivos en él.
Ayyy qué bonito es el acebo, él necesita del frío para que se enrojezcan sus bolitas que pueden ser perfecto alimento para avecillas, perdices, etc, todos los seres de la tierra son necesarios, todos.
Encantada de leerte mi entrañable amigo, te quiero y admiro profundamente.....muááááackssssss
Muchas gracias por acercarte a este rincón infantil, Isabel. Reconozco que aquí me siento muy cómodo y me gustaría que los pequeños me leyese o bien que, estas historias se las leyese sus mayores. Creo que la fantasía, la magia es primordial en la infancia, pues nos ayuda a ver el mundo de un modo más hermoso.
Como siempre, aprecio tu visita y la gran amabilidad de tus palabras. Sabes que yo también admiro tu forma de escribir.
Te mando un gran abrazo y un montón de besos.
 
Si hay sinónimos de entes protectores, ellos son precisamente los árboles.
Son criaturas fascinantes y hermosas fuera de los cuentos y justamente lo que hacen los cuentos como los tuyos, es recordarnos que existe la magia en todo lo que nos rodea si se la sabe mirar con esos otros ojos.
La amistad, la colaboración entre los seres de la naturaleza es un precioso modelo a imitar y no solo en estas fechas, sino toda la vida.
Siempre es motivo de alegría y ternura encontrar a tus personajes, entrañables porque salen de tu corazón.
Un abrazo con el cariño y la admiración de siempre.
Los árboles nos precedieron y seguramente seguirán aquí cuando nos hayamos ido. Son seres especiales, mágicos, con una vida larga que se llena de sabiduría y bondad con cada año que trascurre. Hoy tenemos la certeza de que los árboles se comunican entre si, cosa que algunos ya sabíamos desde hace mucho tiempo, pues para quien sabe escuchar, ningún sonido de la naturaleza se produce al albur, sino que trasmite ese saber que intuimos al acercarnos a cualquier ser vivo.
Gracias por tu presencia en este rincón perdido. Creí que en una larga temporada no iba a escribir, pero, ya ves, ayer me puse y encontré esta historia. Un gran abrazo, Cecy.
 
Es una encantadora historia que demuestra el valor de la amistad y la solidaridad sobretodo, ademas de enseñarnos tanto acerca de la vida y adaptación al clima de diferentes seres vivos.
Muchas veces hay situaciones en las que por casualidad encontramos la solución a algo que nos aqueja, yo creo que algún ser mágico nos ayuda , protege y hasta guia
Siempre es un lujo leer tus obras Luis, pero en mi caso en particular las historias del reino de Titania y Oberon son mis favoritas. Las extrañe muchísimo y me dio una alegría enorme ver que has escrito otra. Muchas gracias por compartirla, es un mimo al corazón.
Un gran abrazo con toda mi admiración y que tengas un bello diciembre.
 
Es una encantadora historia que demuestra el valor de la amistad y la solidaridad sobretodo, ademas de enseñarnos tanto acerca de la vida y adaptación al clima de diferentes seres vivos.
Muchas veces hay situaciones en las que por casualidad encontramos la solución a algo que nos aqueja, yo creo que algún ser mágico nos ayuda , protege y hasta guia
Siempre es un lujo leer tus obras Luis, pero en mi caso en particular las historias del reino de Titania y Oberon son mis favoritas. Las extrañe muchísimo y me dio una alegría enorme ver que has escrito otra. Muchas gracias por compartirla, es un mimo al corazón.
Un gran abrazo con toda mi admiración y que tengas un bello diciembre.
El mundo está lleno de magia, Laly. Yo intento buscarla y en ocasiones la encuentro en los rincones más inesperados y de la forma más insospechada.
Luego, intento contarlo y salen estos relatos que tienen su sitio en las páginas infantiles. Sólo quienes creen en la magia se llegan hasta aquí y yo tengo que agradeceros buestra paciencia y vuestra ilusión por llegar hasta estas líneas. Me siento bien porque te guste el mundo de Titania y Oberón. Es lo mejor que puede ocurrir a quien escribe sus historias.
Un gran abrazo y mis mejores deseos para este tiempo que nos acerca a la Navidad.
 
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Prosa del MES


(Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios)


Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM
 

Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo aún era niño y se estaba formando, cuando las estrellas todavía se estaban colocando pues no habían encontrado su sitio definitivo en el cielo, cuando las noches no tenían luna, pues ésta no había llegado todavía. En aquel tiempo tan lejano, en el que los hombres todavía no habían hecho su aparición sobre la Tierra, la naturaleza iba creando los valles, las montañas, los ríos, los lagos y los mares, las islas, las playas y las iba vistiendo con sus árboles, con las diferentes plantas y con todo tipo de animales. No siempre la naturaleza hacía bien las cosas y, en ocasiones, precisaba que le echasen una mano. Afortunadamente, los elfos y las hadas ya estaban presentes y formaban parte del reino de Titania y Oberón. Era muy importante su ayuda para conseguir que las cosas fuesen bien y, por ello, tanto a los elfos como a las hadas se les había otorgado el don de entenderse con los árboles y los animales.


Ocurrió en nuestra historia de hoy que la Tierra comenzó a enfriarse. Después de días muy calurosos, como nuestros veranos, comenzaron a llegar días muy fríos. Un gran manto de nieve empezó a cubrir partes del mundo, poniendo en peligro la vida que allí existía. Hubo animales que aprendieron a emigrar y cuando se avecinaba el tiempo del frío, un tiempo que llamaron invierno, se iban a otras partes del mundo donde los días eran más largos y más cálidos. Los árboles no se podían mover, pero descubrieron que si dejaban caer sus hojas y se revestían solamente con su corteza, podían aguantar hasta que llegase el buen tiempo, que llamaron primavera.


Pero no todos los árboles, ni todos los animales pudieron hacerlo y así, hubo animales y plantas que desaparecieron de los lugares en los que llegaba el frío, para vivir sólo en los sitios calientes.


Hubo, no obstante un ave de vuelos rápidos, pero cortos, de plumaje blanco a quien las hadas llamaban perdiz nival que no se decidió a marcharse cuando llegó el tiempo de las heladas y la nieve. También un arbusto, fuerte y alto, se negó a quitarse las hojas y encerrarse en sí mismo hasta la primavera. Este árbol era el acebo. El acebo y la perdiz nival se llevaban bien; cuando el viento helado recorría el paraje donde vivían, la perdiz se refugiaba junto a su tronco y el acebo la protegía arropándola con sus hojas. Al llegar el frío intenso y la nieve, el acebo pensó que si perdía sus hojas, la perdiz no tendría donde refugiarse y así, no las dejó caer. Pero la perdiz, que se protegía junto al árbol, pronto se encontró con que la nieve cubría el suelo, las heladas nocturnas lo endurecían y casi no era capaz de encontrar qué comer.


Titania, que siempre estaba atenta a todo lo que sucedía, se dio cuenta de lo que pasaba y pensó el modo en que podría solucionarlo. Llevó a Hila consigo. Hila era un hada, por aquel entonces muy joven, pero muy inteligente y ambas a dos, tras un largo viaje, se llegaron junto al acebo.


Cuando por fin llegaron donde los dos amigos se encontraban intentaron convencer a la perdiz de que emprendiese vuelo hacia territorios más templados en los que le iría mejor. De la misma manera quisieron conseguir que el acebo dejase caer sus hojas para, encerrado en su corteza, sobrevivir al frío. Por mucho que lo procuraron no consiguieron que los dos se separasen. Hila, un poco cansada, se acercó hasta el acebo, quiso acariciarlo para así convencerlo, pero al rozar con el borde de una de sus hojas… No sé si sabéis que las hojas del acebo son duras y tienen el borde espiculado, es decir que forma pequeñas espinas. Pues como os iba diciendo, al rozar con una de esas espículas, la joven y delicada piel del dedo índice de su mano derecha se rasgó y por la herida salieron tres pequeñas gotas de sangre.


Titania contempló las pequeñas gotas de sangre sobre el acebo y halló la respuesta que buscaba. Con un precioso encantamiento, llenó el acebo de unas bayas rojas, pequeñas, brillantes, hermosas. Bayas que servirían de alimento a la perdiz durante el tiempo de invierno.


Con un pequeño trozo de la corteza de un saúco y su pañuelo de lino hizo Titania un vendaje y una cura para la herida de Hilas. Volvieron al Palacio de Cristal y allí celebraron lo bien que se había resuelto la difícil situación.


En nuestro tiempo, veréis acebos en muchos lugares, pero los más hermosos están en las grandes acebedas, en los valles profundos donde la nieve se acumula en invierno y veréis como allí se protegen las perdices nivales, los urogallos y algunos otros animales, alimentándose con sus frutos. Y esto se consiguió gracias a la amistad entre un acebo y una perdiz y el gran corazón de las hadas.



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Ocurrió en nuestra historia de hoy que la Tierra comenzó a enfriarse. Después de días muy calurosos, como nuestros veranos, comenzaron a llegar días muy fríos. Un gran manto de nieve empezó a cubrir partes del mundo, poniendo en peligro la vida que allí existía. Hubo animales que aprendieron a emigrar y cuando se avecinaba el tiempo del frío, un tiempo que llamaron invierno, se iban a otras partes del mundo donde los días eran más largos y más cálidos. Los árboles no se podían mover, pero descubrieron que si dejaban caer sus hojas y se revestían solamente con su corteza, podían aguantar hasta que llegase el buen tiempo, que llamaron primavera.


Pero no todos los árboles, ni todos los animales pudieron hacerlo y así, hubo animales y plantas que desaparecieron de los lugares en los que llegaba el frío, para vivir sólo en los sitios calientes.


Hubo, no obstante un ave de vuelos rápidos, pero cortos, de plumaje blanco a quien las hadas llamaban perdiz nival que no se decidió a marcharse cuando llegó el tiempo de las heladas y la nieve. También un arbusto, fuerte y alto, se negó a quitarse las hojas y encerrarse en sí mismo hasta la primavera. Este árbol era el acebo. El acebo y la perdiz nival se llevaban bien; cuando el viento helado recorría el paraje donde vivían, la perdiz se refugiaba junto a su tronco y el acebo la protegía arropándola con sus hojas. Al llegar el frío intenso y la nieve, el acebo pensó que si perdía sus hojas, la perdiz no tendría donde refugiarse y así, no las dejó caer. Pero la perdiz, que se protegía junto al árbol, pronto se encontró con que la nieve cubría el suelo, las heladas nocturnas lo endurecían y casi no era capaz de encontrar qué comer.


Titania, que siempre estaba atenta a todo lo que sucedía, se dio cuenta de lo que pasaba y pensó el modo en que podría solucionarlo. Llevó a Hila consigo. Hila era un hada, por aquel entonces muy joven, pero muy inteligente y ambas a dos, tras un largo viaje, se llegaron junto al acebo.


Cuando por fin llegaron donde los dos amigos se encontraban intentaron convencer a la perdiz de que emprendiese vuelo hacia territorios más templados en los que le iría mejor. De la misma manera quisieron conseguir que el acebo dejase caer sus hojas para, encerrado en su corteza, sobrevivir al frío. Por mucho que lo procuraron no consiguieron que los dos se separasen. Hila, un poco cansada, se acercó hasta el acebo, quiso acariciarlo para así convencerlo, pero al rozar con el borde de una de sus hojas… No sé si sabéis que las hojas del acebo son duras y tienen el borde espiculado, es decir que forma pequeñas espinas. Pues como os iba diciendo, al rozar con una de esas espículas, la joven y delicada piel del dedo índice de su mano derecha se rasgó y por la herida salieron tres pequeñas gotas de sangre.


Titania contempló las pequeñas gotas de sangre sobre el acebo y halló la respuesta que buscaba. Con un precioso encantamiento, llenó el acebo de unas bayas rojas, pequeñas, brillantes, hermosas. Bayas que servirían de alimento a la perdiz durante el tiempo de invierno.


Con un pequeño trozo de la corteza de un saúco y su pañuelo de lino hizo Titania un vendaje y una cura para la herida de Hilas. Volvieron al Palacio de Cristal y allí celebraron lo bien que se había resuelto la difícil situación.


En nuestro tiempo, veréis acebos en muchos lugares, pero los más hermosos están en las grandes acebedas, en los valles profundos donde la nieve se acumula en invierno y veréis como allí se protegen las perdices nivales, los urogallos y algunos otros animales, alimentándose con sus frutos. Y esto se consiguió gracias a la amistad entre un acebo y una perdiz y el gran corazón de las hadas.
Como siempre, Luis, es una delicia pasear por el reino de Titania y Oberón y compartir las aventuras de sus personajes. Yo creo que eres un mago, ;) me tienes hechizado. Y de paso te hago saber que a mi sobrina, a la que regalé un libro tuyo, también la tienes. Muchas gracias por tan buena magia. :)
Fantástico este relato sobre el acebo y la perdiz nival. De ahora en adelante, cuando vea un acebo, seguro que lo veo de manera diferente..... y tú estarás "presente".
Gracias de nuevo por tan buenos ratos, un abrazo.
Javier
 
Como siempre, Luis, es una delicia pasear por el reino de Titania y Oberón y compartir las aventuras de sus personajes. Yo creo que eres un mago, ;) me tienes hechizado. Y de paso te hago saber que a mi sobrina, a la que regalé un libro tuyo, también la tienes. Muchas gracias por tan buena magia. :)
Fantástico este relato sobre el acebo y la perdiz nival. De ahora en adelante, cuando vea un acebo, seguro que lo veo de manera diferente..... y tú estarás "presente".
Gracias de nuevo por tan buenos ratos, un abrazo.
Javier
Muchas gracias a ti, Javier , por esa constancia en leer sobre la Tierra de Titania y Oberón. Se van cumpliendo ya las histtorias y cada vez me quedan menos que contar, pero alguna más puede que llegue. Disculpa la tardanza en responder, pero he estado corto de tiempo esta temporada y algo perezoso. Me alegra saber que a tu sobrina le gustaron los cuentos. Seguramente ella está en el tiempo en que todavía puede visitar la Tierra de los elfos. Es estupendo encontrarte entre mis letras. Un fuerte abrazo.
 

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