Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En mi tierra, febrero es un mes de contrastes. Tan pronto vienen unos días con sabor a primavera, como llegan jornadas invernales a más no poder.
Uno de esos días en los que la niebla se queda prendida de las copas de los árboles y sopla un viento frío que parece atravesar las orejas con agujas de hielo, uno de esos días, me desperté inquieto. No sabría deciros cuál era la razón, pero si que cierto remusguillo me recorría y tenía la sensación de que algo de cierta importancia me reclamaba. Pero nada más. No sabía a ciencia cierta cuál podría ser la causa de mi sentimiento.
Decidí entonces dejarme llevar, de manera que me duché, desayuné, me vestí y salí a la calle sin rumbo fijo. Me puse a caminar y fue de esas veces que uno lo hace sin pensar, un paso detrás de otro y la cabeza en otra parte con imágenes y pensamientos que uno no alcanza a entender.
Mis pasos me condujeron a las afueras de la ciudad. Cuando quise darme cuenta, caminaba por el Sendero del Monte, habiendo cruzado el río por el Puente Estrecho, como así llamábamos al viejo puente de piedra. Entré en el bosque que cubre todo el Monte Castro y poco a poco me dirigí hacia un rincón perdido al que yo llamaba la Nozalera, pues era una cárcava escondida donde habían crecido unos grandes y hermosos nogales.
Llegué ligeramente fatigado, pues había caminado un buen trecho desde mi casa y el frío que atenazaba mis piernas me había obligado a caminar con buen paso. Cuando llegué, desapareció mi inquietud. Era como si lo que debía hacer, efectivamente estuviese cumplido. Me senté a descansar sobre un viejo tocón.
Entonces fue cuando pude oírlo. Era un canto suave, casi un murmullo. Me recordaba al rumor de la brisa entre las ramas de los árboles. Fue subiendo en intensidad, pero siempre en un tono agradable. Aquella música parecía detener el tiempo. Presté atención, cerré los ojos para centrarme en lo que escuchaba y aquella melodía comenzó a contar una historia.
Primero había agua, una torrentera que excavaba el terreno y formaba una zanja amplia. Luego se secó el torrente y surgió la cárcava arcillosa donde me encontraba. Allí llegaron arrastradas por la fuerza de las aguas unas semillas que al cabo de un tiempo germinaron. Surgieron tímidos y tiernos unos brotes que lucharon contra el calor y contra el frío, frente a la sequía y la humedad. Y con los años se trasformaron en troncos que buscaron el cielo y acabaron por formar el techo del bosque al entrelazar sus ramas que se vistieron de hojas. Llegaron tiempo después las aves en la primavera para anidar en sus ramas y alegraron el lugar con sus trinos y dieron nueva vida con sus crías. Maduraron los nogales con los años y produjeron nueces y sus frutos sabrosos atrajeron ardillas que trepaban por sus troncos llenándoles de cosquillas.
El canto recordaba cuando no había ciudad; solamente existía el bosque y contaba cuando llegaron los hombres y cortaron los árboles para construir sus casas y calentarse en los duros inviernos. El canto se tornó melancólico cuando relataba el crecimiento de la ciudad que cercenó el bosque y fue terminando con él, restando únicamente la zona que yo había recorrido.
Terminaba con un adiós cargado de sentimiento, como un dolor suave de quien tiene por fuerza que mudarse de lugar. Luego el silencio.
Detrás de uno de los nogales apareció el pequeño cuerpo de Silda. Me miró y sonrió.
-Veo que has recibido mi mensaje – dijo.
Asentí con la cabeza.
-Hoy me despido de este lugar. Mi tiempo ya ha cumplido. Me encargaron cuidar de este bosque hace ya unos cientos de años. No sé si lo hice bien o, incluso, si podría haberlo hecho mejor, pero me reclaman del Palacio de Luz y vuelvo a la Tierra de Oberón. Me hice vieja en este lugar y ya me toca reposar –
Sentí una gran pena, no por ella que, a fin de cuentas iba a un grato lugar, sino por mí que la había conocido hacía ya unos años y había trabado con ella una buena amistad. Ahora la extrañaría por siempre. Pero por otra parte me alegraba saber que en el reino de Oberón se encontraba ahora su lugar..
Nos dimos un fuerte abrazo. Un abrazo de esos que dicen lo que todas las palabras del mundo no aciertan a expresar. Y nos separamos.
No os he dicho que Silda es una gnomo, lista y graciosa, trabajadora y enamorada de los árboles. Pero sí os diré que la echaré mucho de menos.
Con cierta añoranza en el corazón me volví para casa.
Mientras, en el Palacio de Luz, prepararon una gran fiesta.
Uno de esos días en los que la niebla se queda prendida de las copas de los árboles y sopla un viento frío que parece atravesar las orejas con agujas de hielo, uno de esos días, me desperté inquieto. No sabría deciros cuál era la razón, pero si que cierto remusguillo me recorría y tenía la sensación de que algo de cierta importancia me reclamaba. Pero nada más. No sabía a ciencia cierta cuál podría ser la causa de mi sentimiento.
Decidí entonces dejarme llevar, de manera que me duché, desayuné, me vestí y salí a la calle sin rumbo fijo. Me puse a caminar y fue de esas veces que uno lo hace sin pensar, un paso detrás de otro y la cabeza en otra parte con imágenes y pensamientos que uno no alcanza a entender.
Mis pasos me condujeron a las afueras de la ciudad. Cuando quise darme cuenta, caminaba por el Sendero del Monte, habiendo cruzado el río por el Puente Estrecho, como así llamábamos al viejo puente de piedra. Entré en el bosque que cubre todo el Monte Castro y poco a poco me dirigí hacia un rincón perdido al que yo llamaba la Nozalera, pues era una cárcava escondida donde habían crecido unos grandes y hermosos nogales.
Llegué ligeramente fatigado, pues había caminado un buen trecho desde mi casa y el frío que atenazaba mis piernas me había obligado a caminar con buen paso. Cuando llegué, desapareció mi inquietud. Era como si lo que debía hacer, efectivamente estuviese cumplido. Me senté a descansar sobre un viejo tocón.
Entonces fue cuando pude oírlo. Era un canto suave, casi un murmullo. Me recordaba al rumor de la brisa entre las ramas de los árboles. Fue subiendo en intensidad, pero siempre en un tono agradable. Aquella música parecía detener el tiempo. Presté atención, cerré los ojos para centrarme en lo que escuchaba y aquella melodía comenzó a contar una historia.
Primero había agua, una torrentera que excavaba el terreno y formaba una zanja amplia. Luego se secó el torrente y surgió la cárcava arcillosa donde me encontraba. Allí llegaron arrastradas por la fuerza de las aguas unas semillas que al cabo de un tiempo germinaron. Surgieron tímidos y tiernos unos brotes que lucharon contra el calor y contra el frío, frente a la sequía y la humedad. Y con los años se trasformaron en troncos que buscaron el cielo y acabaron por formar el techo del bosque al entrelazar sus ramas que se vistieron de hojas. Llegaron tiempo después las aves en la primavera para anidar en sus ramas y alegraron el lugar con sus trinos y dieron nueva vida con sus crías. Maduraron los nogales con los años y produjeron nueces y sus frutos sabrosos atrajeron ardillas que trepaban por sus troncos llenándoles de cosquillas.
El canto recordaba cuando no había ciudad; solamente existía el bosque y contaba cuando llegaron los hombres y cortaron los árboles para construir sus casas y calentarse en los duros inviernos. El canto se tornó melancólico cuando relataba el crecimiento de la ciudad que cercenó el bosque y fue terminando con él, restando únicamente la zona que yo había recorrido.
Terminaba con un adiós cargado de sentimiento, como un dolor suave de quien tiene por fuerza que mudarse de lugar. Luego el silencio.
Detrás de uno de los nogales apareció el pequeño cuerpo de Silda. Me miró y sonrió.
-Veo que has recibido mi mensaje – dijo.
Asentí con la cabeza.
-Hoy me despido de este lugar. Mi tiempo ya ha cumplido. Me encargaron cuidar de este bosque hace ya unos cientos de años. No sé si lo hice bien o, incluso, si podría haberlo hecho mejor, pero me reclaman del Palacio de Luz y vuelvo a la Tierra de Oberón. Me hice vieja en este lugar y ya me toca reposar –
Sentí una gran pena, no por ella que, a fin de cuentas iba a un grato lugar, sino por mí que la había conocido hacía ya unos años y había trabado con ella una buena amistad. Ahora la extrañaría por siempre. Pero por otra parte me alegraba saber que en el reino de Oberón se encontraba ahora su lugar..
Nos dimos un fuerte abrazo. Un abrazo de esos que dicen lo que todas las palabras del mundo no aciertan a expresar. Y nos separamos.
No os he dicho que Silda es una gnomo, lista y graciosa, trabajadora y enamorada de los árboles. Pero sí os diré que la echaré mucho de menos.
Con cierta añoranza en el corazón me volví para casa.
Mientras, en el Palacio de Luz, prepararon una gran fiesta.