azulalfilrojo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Arrodillado en el suelo,
con lágrimas en los ojos
y perdida la mirada,
en aquella madrugada
cuando todo comenzó;
maldice su negra suerte
y eleva un canto a la muerte
en rara lengua olvidada,
largo tiempo desterrada
por mandamiento de Dios.
Con tenue luz, flagelada
por la terrible penumbra,
un tísico cirio, alumbra
la lóbrega habitación.
Y cuando siente la daga
atravesándole el pecho,
ve como pasa su vida,
escena tras fotograma,
mientras la sangre derrama
sobre un cuenco de hojalata
y alguna tela barata
hace la vez de crespón.
Fue necio, loco inconsciente,
que de manera imprudente
apostó contra el diablo
el alma en una partida,
por dilatar una vida
marcada con la derrota,
que ahora escapa, gota a gota,
y cual tictac de un reloj,
le cuenta el tiempo restante
de esa espera agonizante
hasta el fin, sin redención
Con túnicas blanqueadas,
sotanas encapuchadas
y sosteniendo un velón,
bajando por la montaña
marcha la santa compaña.
Y a medianoche pasada,
precediendo la llegada
de la oscura procesión,
el llanto de la campana
de alguna iglesia lejana
toca lúgubre canción.
Y ya sin ninguna fuerza,
ni sangre que se retuerza
en su negro corazón,
a duras penas contempla
la figura engalanada,
de mortecina mirada
y sacrílega misión,
de despojarle del alma,
en el preciso momento
que termina su tormento
y a la vida, dice adiós.
con lágrimas en los ojos
y perdida la mirada,
en aquella madrugada
cuando todo comenzó;
maldice su negra suerte
y eleva un canto a la muerte
en rara lengua olvidada,
largo tiempo desterrada
por mandamiento de Dios.
Con tenue luz, flagelada
por la terrible penumbra,
un tísico cirio, alumbra
la lóbrega habitación.
Y cuando siente la daga
atravesándole el pecho,
ve como pasa su vida,
escena tras fotograma,
mientras la sangre derrama
sobre un cuenco de hojalata
y alguna tela barata
hace la vez de crespón.
Fue necio, loco inconsciente,
que de manera imprudente
apostó contra el diablo
el alma en una partida,
por dilatar una vida
marcada con la derrota,
que ahora escapa, gota a gota,
y cual tictac de un reloj,
le cuenta el tiempo restante
de esa espera agonizante
hasta el fin, sin redención
Con túnicas blanqueadas,
sotanas encapuchadas
y sosteniendo un velón,
bajando por la montaña
marcha la santa compaña.
Y a medianoche pasada,
precediendo la llegada
de la oscura procesión,
el llanto de la campana
de alguna iglesia lejana
toca lúgubre canción.
Y ya sin ninguna fuerza,
ni sangre que se retuerza
en su negro corazón,
a duras penas contempla
la figura engalanada,
de mortecina mirada
y sacrílega misión,
de despojarle del alma,
en el preciso momento
que termina su tormento
y a la vida, dice adiós.