Su tronco crucifica nuestros brazos.
Toco tus dedos, no sé si aún me miras.
Y luego, el vuelo de las hojas,
tan lento que, de repente,
soñamos plumas.
Mi madre entre el blanco de la ropa,
canta versos,
recita heridas.
Yo no quiero más que el suspiro
de una bicicleta,
su hermandad lamiéndome los muslos,
la huida como una cicatriz extraña.
Toco tus dedos, no sé si aún me miras.
Y luego, el vuelo de las hojas,
tan lento que, de repente,
soñamos plumas.
Mi madre entre el blanco de la ropa,
canta versos,
recita heridas.
Yo no quiero más que el suspiro
de una bicicleta,
su hermandad lamiéndome los muslos,
la huida como una cicatriz extraña.