Pasaba por unos momentos difíciles. Las malas circunstancias visitaron mi vida y empecé a girar en una espiral de negatividad. Me sentía triste, y no lo deseaba. No deseaba sentir la sensación que producía la tristeza, y esa lucha, esa lucha interior, provocaba en mi una mayor tensión. Intentaba escapar pero no podía. Sentía la necesidad de llorar. Mis lágrimas querían ser expresadas, pero me negaba a ello. Me negaba a ser un perdedor; me negaba a verme yo mismo como un débil, y las reprimía.
Fue un periodo de desgaste. Yo seguía con mi estrategia, la estrategia de luchar contra el sentimiento, la estrategia de intentar alejarlo de mi, la estrategia de negarme a sentir aquello, y eso generaba mayor malestar. Se retroalimentaba, y no parecía tener fin. Pero comprendí que no había sabido aceptar la situación, y lo hice.
Comprendí que mi estrategia era errónea, y que en lugar de alejar a la tristeza de mí lo que conseguía era añadir mayor inquietud a mi ser. Y comprendí que no era tan malo sentir esa sensación, y que era cuestión de tiempo el que marchara y dejara manifestarse a la alegría, mi estado natural, nuestro estado natural.
En primer lugar permití a mi alma que se expresara. Me di el permiso para que mis lágrimas salieran de mí, y no quedaran dentro, y me di el permiso de ser más humano. Llorar ya no era de cobardes sino de valientes, y ya no era de débiles sino de seres humanos. Lloré, lo que necesitaba y más, y me liberé.
También dejé de luchar. Aquel intento por desprender por la fuerza a la tristeza de mí había sido un error, y eso en verdad a ella la hacía fuerte. Y la acepté.
La acepté. Acepté su visita. Acepté su visita como un huesped no solicitado, un huesped que estaría un tiempo y se marcharía. Acepté que durante un periodo de tiempo me iba a acompañar, para después marchar. Empecé a dejar de luchar para comenzar a sentir. Y se produjo lo esperado. La tristeza comenzó a debilitarse y ya no era perturbadora para mí. Yo le quité su fuerza, le quité su importancia, le quité su razón de ser.
Y reforcé mi nuevo plan con el amor. Comprendí que el amor supondría ya mi completa sanación, y supe que era el antídoto para la insatisfacción. Di amor a todo el que se cruzó en mi camino, intenté sentir ese profundo sentimiento junto con la solidaridad y la compasión, y lo logré. El amor lo cura todo, el amor lo puede todo.
Hace mucho tiempo ya de todo esto. Hace mucho tiempo ya que salí de mis errores y falsas interpretaciones, pero doy gracias a Dios por haber pasado por todo ello, pues me permitió encontrar el sentido de mi vida, me permitió encontrar el camino del Amor.
Fue un periodo de desgaste. Yo seguía con mi estrategia, la estrategia de luchar contra el sentimiento, la estrategia de intentar alejarlo de mi, la estrategia de negarme a sentir aquello, y eso generaba mayor malestar. Se retroalimentaba, y no parecía tener fin. Pero comprendí que no había sabido aceptar la situación, y lo hice.
Comprendí que mi estrategia era errónea, y que en lugar de alejar a la tristeza de mí lo que conseguía era añadir mayor inquietud a mi ser. Y comprendí que no era tan malo sentir esa sensación, y que era cuestión de tiempo el que marchara y dejara manifestarse a la alegría, mi estado natural, nuestro estado natural.
En primer lugar permití a mi alma que se expresara. Me di el permiso para que mis lágrimas salieran de mí, y no quedaran dentro, y me di el permiso de ser más humano. Llorar ya no era de cobardes sino de valientes, y ya no era de débiles sino de seres humanos. Lloré, lo que necesitaba y más, y me liberé.
También dejé de luchar. Aquel intento por desprender por la fuerza a la tristeza de mí había sido un error, y eso en verdad a ella la hacía fuerte. Y la acepté.
La acepté. Acepté su visita. Acepté su visita como un huesped no solicitado, un huesped que estaría un tiempo y se marcharía. Acepté que durante un periodo de tiempo me iba a acompañar, para después marchar. Empecé a dejar de luchar para comenzar a sentir. Y se produjo lo esperado. La tristeza comenzó a debilitarse y ya no era perturbadora para mí. Yo le quité su fuerza, le quité su importancia, le quité su razón de ser.
Y reforcé mi nuevo plan con el amor. Comprendí que el amor supondría ya mi completa sanación, y supe que era el antídoto para la insatisfacción. Di amor a todo el que se cruzó en mi camino, intenté sentir ese profundo sentimiento junto con la solidaridad y la compasión, y lo logré. El amor lo cura todo, el amor lo puede todo.
Hace mucho tiempo ya de todo esto. Hace mucho tiempo ya que salí de mis errores y falsas interpretaciones, pero doy gracias a Dios por haber pasado por todo ello, pues me permitió encontrar el sentido de mi vida, me permitió encontrar el camino del Amor.