Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Ya estamos otra vez con las teclitas.
La poesía es caprichosa.
Yo soy caprichoso.
Tú eres caprichoso.
Aunque no lo creas, estimado lector, para mí significas mucho.
He llegado a la cima de la montaña, y no pienso rodar hacia abajo, ni ponerme de rodillas ante nada ni nadie.
Ha salido el sol y escribo sin sentimiento.
Pero consentido y con sentido.
Bendecido.
Podría decirse incluso que satánico y divertido, divino y simpático, adulador e indolente.
Pero sin sentimiento.
Mis principios no sirven, porque no son herramientas para un fin, sino para un principio, propiamente dicho.
Demostré que era Dios, pero no quise creérmelo.
Esto es, para acoger a la humanidad basta con un par de peroratas cibernéticas.
Mi cabeza es un hervidero.
Yo no soy herbívoro.
Ni hiervo a fuego lento.
El solo placer de escribir la tabla de multiplicar.
Multiplicar lo que digo de tal forma que todo esté bien dicho, aunque se contradiga.
Pues eso es el viento poético.
Primero la voz, luego el viento.
Reconocer la belleza es fácil.
Solo letras en todas direcciones, sin ánimo de impresionar.
Sin ánimo de lucro.
El espíritu lo agradece.
Eso y todo.
El espíritu es un mendigo a la puerta de un supermercado.
Pagamos por él, aunque pasemos de largo.
Apodarme misterio no es sino darle la razón a mi obra.
El único que está bien a contracorriente.
Nado bien a contracorriente.
Describo la nada a contracorriente.
La nada es la ofensiva y la réplica.
Estos versos son abstractos y concretos.
No son versos en lucha.
Son versos en cascada.
La vista despega con ellos.
Vuela con ellos. ¿Una metáfora?
Vosotros para mí.
Compararme con vosotros es una metáfora, porque una ballena no defeca de pie.
En su naturaleza, en la naturaleza de todos no hay riesgo alguno.
Romper con ciertas cosas porque romper no es cortar por lo sano.
Romper es admitir la evolución.
Del más fuerte, del más débil.
Qué más da.
Esto son palabras, pero palabras que se pegan a la mente, o se despegan de ella.
Claro que existen los prejuicios, pero no son nada sin los propios complejos.
Y es que gordos o flacos, groseros o galantes, siempre se nos escapa algo:
el motivo por el cual nos defendemos de estigmas o el orden preestablecido.
Nadie puede entrar en lo más profundo de nadie, sin conocer la verdadera esencia de la palabra:
La nada.
La palabra no maltrata ni ofende ni alaba ni es nunca por cumplir.
La palabra por sí sola es como la nada.
Su significado es lo que provoca desavenencias, críticas o malos entendidos.
El sentido que se le da es paradójico.
Como vivir sin diccionario o sin preguntas vitales.
¿Qué somos?¿De dónde venimos?¿Adónde vamos?
Ello es como este poema:
La respuesta está en el sentido, en lo que nos mueve a preguntarnos esas cosas.
No hay respuesta, por lo tanto, para una respuesta, ya que todo nos mueve a ello.
Tenemos a veces presentimientos, el instinto afilado, o el yunque adaptado para los desacuerdos filosóficos.
Escribo por escribir, pero el misterio está resuelto.
Dos mitades.
Dos personalidades.
Múltiples personalidades a una:
¿Estamos listos para la vida, o dejamos que nos pase por encima?
Encerrado en mí mismo, diseño y doy forma a la llave que abre todas las puertas.
La escritura me lo agradece.
No he resuelto nada, porque no hay nada que resolver.
Mi cabeza es un hervidero, pero en una sola dirección, con un solo flujo.
La palabra me corresponde.
Soy yo en mi palabra.
No es magia, ni tiene truco.
Tampoco es una ilusión.
Ni siquiera amor lo que nos une a todos.
Es el radicalismo de las ideas lo que produce miedos e inquietudes e inseguridades, como una dolencia para la que no hay operación ni opción.
Una enfermedad moderna y moderada, benigna para el acomodo, fútil para el desarrollo del colectivo, del individuo, y de la propiedad social e intelectual.
Escriba lo que escriba, sirve.
No soy esclavo de mis letras.
Mis letras me dan de comer, me visten y me engalanan para la fiesta que nunca llega.
Así.
Vivo siempre preparado para el siguiente poema.
El siguiente maleficio a la inclemencia del tiempo.
Solo aprecio de esta manera.
Desnudándome, con o sin contradicciones.
La perfección da para eso, pues la perfección en el habla o el verso es la misma, a través de la mirada.
De la decepción, parsimonia o eutimia.
La euforia es sentir el poder de la palabra, lo único que nos ha entrenado para revelar la fuente del poder: la incontinencia verbal asumida como un cumplido.
Como una atracción hacia todo.
Un gran imán que no tiene polos.
No somos ni seremos nunca opuestos.
Ni a la razón, ni a las condiciones.
Ni siquiera a la vida, a pesar o no de la oratoria.
El gusto por lo desconocido, sin daño alguno, como contemplar algo irreal, pero real porque lo estamos viendo, casi tocando, ya que la inmunidad en la palabra nos lo permite.
El innatismo.
El talento oculto no existe.
El talento es el hombre capaz de jugar a un juego en el que ni se pierde ni se gana, ni se previene, ni se asusta.
Es el descubrimiento.
Todas las teorías son válidas, llevan a lo mismo.
A la conciencia social y sobrenatural.
A la coincidencia.
El misterio siempre estuvo resuelto.
Escribo por que si no me mata el tiempo.
Tengo una deuda con mis lectores.
Lo sé porque he de demostrar que lo insensible también merece ser respetado.
No por mí.
A mí no me afectan las críticas, me afecta la falta de capacidad para mostrarme al mundo como soy.
Y es que puedo ser misterio, y ser uno más, aunque conozca las vicisitudes que me rodean.
Aunque reconozca egoístamente la grandeza infinita de mi concepción del universo.
Nunca me basaré en conceptos, más que para servirme a mí mismo de modelo existencial o referencia.
No es enseñar ni sacudir conciencias lo que me induce a demorarme en la demostración del único principio vital:
La armonía.
No.
Porque podría decir sí y no al mismo tiempo, y coincidir con cualquier otro ser humano en fondo y forma.
A lo mejor.
A lo peor.
No me tomo nada como algo personal.
Pues el valor de la duda o el etiquetado de las réplicas no deja de ser el reflejo de la ignorancia.
No.
Me niego y afirmo, porque sé que a través de la palabra me crezco.
Le doy el valor máximo.
Puedo lograrlo todo a través de la palabra.
Lo sé, por que el tiempo amenaza, pero nunca mata.
Morir por mis principios o que se revaloricen depende de su propia influencia.
No necesito revisarlos para que formen parte de mí.
Al igual que todos formais parte de mí, y no nos separa ninguna excusa, porque no hay duda ni concepto de mal cuando uno sigue en su fluidez narrativa y visual, y aunque le asalten malos pensamientos, la mente se despeja con la autocrítica.
He nacido para la palabra.
Creo en la vida, y en mis creaciones.
Todos sabemos la respuesta a nuestras inquietudes vitales, a nuestra duda existencial, porque todos somos capaces de desprendernos de ataduras sistemáticas.
Y es por ello que se entra en conflicto.
Amamos en secreto.
Pero primero es fundamental razonarlo y desvelar el misterio.
La naturaleza puede con todo.
Es en sí misma sobrenatural.
Me encanta escribir y teorizar.
No le pido nada a la vida.
Se lo pido a mis letras caritativas y pudorosas, rompedoras y vinculantes.
A la expresividad.
A la inmarcesible razón de la existencia:
El amor.
Es por ello que si no consigo lo que me propongo, me expongo tanto como puedo a la versatilidad de las ideas.
A la desambiguación de la palabra.
A la claridad en el reconocimiento.
Siempre me acompañan otras sensaciones, pero sé que puedo ser uno más:
Amante del misterio y de los pretextos, del contexto y de la sentencia, de la hipérbole y el símil.
De todo en la palabra.
Infinito poder y metafísica unión.
No soy Dios, ni juego a ser Dios.
Me demuestro a mí mismo que no hace falta Dios para el orden o la perfección.
Esto puede ser un juego.
Y alegría, júbilo y algarabía y alboroto.
Me encantaría que viérais la palabra como yo.
Sin obsesión, pero con reiteración.
Pensamiento y sentimiento al mismo tiempo.
Reciprocidad.
Me encanta ofrecer todo lo que puedo ofrecer.
Puede que esconda mis intenciones, o que las muestre.
Ésa es mi inseguridad.
Mi amor por lo íntimo y por lo desnudo al mismo tiempo.
Mi amor por compartir.
Lo más preciado que tengo.
Se revaloriza solo.
Pero vive en armonía con las mentes abiertas y cerradas.
Porque vive en el aire que respiro.
Puedo vaciarme siempre que quiera.
Ser como una veleta.
Pero el verdadero sentido de mis letras somos vosotros y yo.
La idea que habita en mí.
No es la incongruencia, es la oscilación entre el fruto maduro y la semilla.
Es volver a nacer.
En una paloma, en una fuente, en un río, en una estrella.
Pero siempre, siempre, en la conciencia global.
Requisito indispensable para el alma.
Respetarlo todo.
Fluir en cualquier modo o idea.
Demostrar que no hay ángeles ni demonios.
O que la imaginación y los sueños nos conectan siempre a la suscitación que provocan en nosotros los sucesos y menesteres.
Estar a vuestra merced.
Demostrar que solo lo bueno es injuzgable e innegable, y que a través del pensamiento se anulan los defectos en la concepción de las ideas.
De nuestras propias convicciones.
Amar la palabra en definitiva.
Hacer gala de la sensibilidad y de su propia invencibilidad y majestuosidad, pues no hay confianza sin inocencia, ni discurso con incoherencia.
Demostrar que todo lo que digo puede cambiar, modificarme, pero no alertarme, pues está al servicio de mis semejantes.
De una manera u otra, abortar y abordar la profundidad de la convicción como puente hacia el conocimiento, y admitir que la palabra no es competencia, ni cultura, sino precisión.
En todo momento.
Amarla, comunicarla.
Sin preocupación, pues ella nace de la voluntad de transmisión en cualquier estado de ánimo.
Ella es ecuánime.
Merece todo.
Porque es su propio mundo.
Es una conexión con algo desconocido cuando es ambición.
Conocido o no, el mundo que nos rodea agradece la palabra.
Ama la palabra en modo y esencia, por réplica o silencio.
Sin preámbulo, la palabra es a través de sí misma, mentira o verdad, es independiente.
Como una creencia, pero en la que no nos afincamos.
Evolucionamos hacia el entendimiento mutuo, a través de la desgracia, casi siempre.
Pero hay algo que falla.
Nunca acabamos por unirnos del todo.
Y es que el todo es como un concepto inabarcable.
El todo existe en la mente, en la antesala nupcial de las ideas.
La armonía es sin truco, como una aplicación de la casualidad.
Lo sobrenatural aparece cuando lo natural se menosprecia, o simplemente deja de ser útil para llenar el espíritu.
Conocimiento es amparo.
Y la extensión del pensamiento expresado libremente.
Es por ello que respeto, comparto, y entiendo.
Pero sin dejar de lado en ningún momento mis ideales.
Lo que me mueve es solo la palabra, u el efecto que consigo con ella.
Si soy capaz de amarla y de superar los obstáculos de la imposición del ímpetu o el frenesí, puedo llegar adonde quiero llegar.
Adonde estaba justo antes de empezar este poema.
La escritura satisfactoria es un ciclo perfecto, en el que la pasión coincide con el silencio.
Un salto de fe.
Tengo mucho por decir, y nada que objetarme.
La escritura es un universo sin órbitas ni espacio.
Solo unión a las impresiones, y muestra de la influencia ajena.
Filosofar es genial, porque todo genio necesita la palabra como método.
El problema viene cuando nos anclamos a una idea que creemos es la mejor del mundo.
Pero el mundo no está hecho con ideas.
La esencia del mundo es la palabra.
Yo puedo idear un sistema de percepciones, un modus vivendi, una máxima.
Pero la palabra siempre quiere más.
Es por ella el amor.
Lo que se dice se interpreta siempre, no se malinterpreta.
Es por ello que debemos anteponerla a nuestros sentimientos.
La sensibilidad extrema ayuda a reflexionar.
La reflexión ayuda a completarse, pero nunca completa.
Somos seres sin fin.
Cíclicos, ideales.
Almas sin tregua.
Porque la palabra no siempre reconforta.
Si entramos en nuestra inquietud suprema, nos damos cuenta enseguida de que tiene una única solución:
La quietud.
Puede tener muchas más si nos empeñamos en analizarla.
Pero siempre terminaremos por canalizar nuestras emociones.
Somos cíclicos.
Réplicas y argumentos.
Longevidades.
No es el hecho de permitir la duda lo que nos mantiene como seres perfectos.
Es la perfección en todo lo que hacemos.
Pues ello nos convence por un lado, y nos defrauda por otro, al no terminar nunca por sentir la plenitud absoluta.
Yo escribo para ayudarme, ayudar, colaborar y corroborar lo que se piensa o no se piensa de mí.
Soy un monstruo literario, o un salvador de los principios ajenos.
Soy amante de la vida a mi manera.
Porque amar a mi manera no es difícil en absoluto.
Es solo un ciclo.
A veces amamos sin saber.
La palabra por sí sola no dice nada.
No es tangible.
Ni hipotecable.
No llego a ninguna conclusión porque me debo a la vida.
A la correcta expresión.
Aunque sufra por dentro, aunque me queme por dentro, nunca seré hereje de mis ideas.
La palabra es mi religión.
No le rezo, le hablo de igual a igual, como el resultado de una ecuación.
Sin incógnitas, ni súplicas, sin suplicio ni perdón.
Ni siquiera con autodeterminación.
Ni con aplicación.
Vivo en mis teorías.
Cómodo e inquieto.
Cíclico, pero sin muerte.
Perfecto, pero sin orden.
Certero, pero voraz.
Me nutro de ella.
Es lo más importante y revelador.
La palabra es la nada y la autoestima, el análisis y la autocrítica.
Un capítulo de la vida, del interiorismo.
Y un viaje a las entrañas de la luz.
Brilla y languidece.
Arte o sepultura.
Razón o autenticidad.
Mismidad o rareza.
Una bella bestia, capaz de todo.
Escribo porque sé que lo que escribo lo hago minuciosamente y con amor.
Lo primero que se me pasa por la cabeza, todo encadenado y concatenado.
Concretando y abstrayéndome.
Hasta llegar a la igualdad en los hábitos e ideas.
Romper con las ideas, buscar métodos.
La palabra es viciosa, un círculo vicioso.
Escribir con pasión y sin equivocación posible, nunca será un hándicap.
Pensar, admitir, descubrir, integrarse.
Propósitos y filantropía.
Paz y sosiego.
Es lo mismo.
Entre el porque y el porqué no hay diferencia alguna, porque somos la respuesta y la pregunta.
Todo es o no es demostrable.
Yo aquí no he demostrado nada.
Solo mi amor hacia la palabra.
Hacia mi vocación, que no es otra que vosotros, pues a través de este poema no hay ni misterio ni certeza.
Es el ciclo de la palabra.
Y mucho que me queda por decir.
No hay unión sin permanencia.
Ni ciclo sin palabra.
La poesía es caprichosa.
Yo soy caprichoso.
Tú eres caprichoso.
Aunque no lo creas, estimado lector, para mí significas mucho.
He llegado a la cima de la montaña, y no pienso rodar hacia abajo, ni ponerme de rodillas ante nada ni nadie.
Ha salido el sol y escribo sin sentimiento.
Pero consentido y con sentido.
Bendecido.
Podría decirse incluso que satánico y divertido, divino y simpático, adulador e indolente.
Pero sin sentimiento.
Mis principios no sirven, porque no son herramientas para un fin, sino para un principio, propiamente dicho.
Demostré que era Dios, pero no quise creérmelo.
Esto es, para acoger a la humanidad basta con un par de peroratas cibernéticas.
Mi cabeza es un hervidero.
Yo no soy herbívoro.
Ni hiervo a fuego lento.
El solo placer de escribir la tabla de multiplicar.
Multiplicar lo que digo de tal forma que todo esté bien dicho, aunque se contradiga.
Pues eso es el viento poético.
Primero la voz, luego el viento.
Reconocer la belleza es fácil.
Solo letras en todas direcciones, sin ánimo de impresionar.
Sin ánimo de lucro.
El espíritu lo agradece.
Eso y todo.
El espíritu es un mendigo a la puerta de un supermercado.
Pagamos por él, aunque pasemos de largo.
Apodarme misterio no es sino darle la razón a mi obra.
El único que está bien a contracorriente.
Nado bien a contracorriente.
Describo la nada a contracorriente.
La nada es la ofensiva y la réplica.
Estos versos son abstractos y concretos.
No son versos en lucha.
Son versos en cascada.
La vista despega con ellos.
Vuela con ellos. ¿Una metáfora?
Vosotros para mí.
Compararme con vosotros es una metáfora, porque una ballena no defeca de pie.
En su naturaleza, en la naturaleza de todos no hay riesgo alguno.
Romper con ciertas cosas porque romper no es cortar por lo sano.
Romper es admitir la evolución.
Del más fuerte, del más débil.
Qué más da.
Esto son palabras, pero palabras que se pegan a la mente, o se despegan de ella.
Claro que existen los prejuicios, pero no son nada sin los propios complejos.
Y es que gordos o flacos, groseros o galantes, siempre se nos escapa algo:
el motivo por el cual nos defendemos de estigmas o el orden preestablecido.
Nadie puede entrar en lo más profundo de nadie, sin conocer la verdadera esencia de la palabra:
La nada.
La palabra no maltrata ni ofende ni alaba ni es nunca por cumplir.
La palabra por sí sola es como la nada.
Su significado es lo que provoca desavenencias, críticas o malos entendidos.
El sentido que se le da es paradójico.
Como vivir sin diccionario o sin preguntas vitales.
¿Qué somos?¿De dónde venimos?¿Adónde vamos?
Ello es como este poema:
La respuesta está en el sentido, en lo que nos mueve a preguntarnos esas cosas.
No hay respuesta, por lo tanto, para una respuesta, ya que todo nos mueve a ello.
Tenemos a veces presentimientos, el instinto afilado, o el yunque adaptado para los desacuerdos filosóficos.
Escribo por escribir, pero el misterio está resuelto.
Dos mitades.
Dos personalidades.
Múltiples personalidades a una:
¿Estamos listos para la vida, o dejamos que nos pase por encima?
Encerrado en mí mismo, diseño y doy forma a la llave que abre todas las puertas.
La escritura me lo agradece.
No he resuelto nada, porque no hay nada que resolver.
Mi cabeza es un hervidero, pero en una sola dirección, con un solo flujo.
La palabra me corresponde.
Soy yo en mi palabra.
No es magia, ni tiene truco.
Tampoco es una ilusión.
Ni siquiera amor lo que nos une a todos.
Es el radicalismo de las ideas lo que produce miedos e inquietudes e inseguridades, como una dolencia para la que no hay operación ni opción.
Una enfermedad moderna y moderada, benigna para el acomodo, fútil para el desarrollo del colectivo, del individuo, y de la propiedad social e intelectual.
Escriba lo que escriba, sirve.
No soy esclavo de mis letras.
Mis letras me dan de comer, me visten y me engalanan para la fiesta que nunca llega.
Así.
Vivo siempre preparado para el siguiente poema.
El siguiente maleficio a la inclemencia del tiempo.
Solo aprecio de esta manera.
Desnudándome, con o sin contradicciones.
La perfección da para eso, pues la perfección en el habla o el verso es la misma, a través de la mirada.
De la decepción, parsimonia o eutimia.
La euforia es sentir el poder de la palabra, lo único que nos ha entrenado para revelar la fuente del poder: la incontinencia verbal asumida como un cumplido.
Como una atracción hacia todo.
Un gran imán que no tiene polos.
No somos ni seremos nunca opuestos.
Ni a la razón, ni a las condiciones.
Ni siquiera a la vida, a pesar o no de la oratoria.
El gusto por lo desconocido, sin daño alguno, como contemplar algo irreal, pero real porque lo estamos viendo, casi tocando, ya que la inmunidad en la palabra nos lo permite.
El innatismo.
El talento oculto no existe.
El talento es el hombre capaz de jugar a un juego en el que ni se pierde ni se gana, ni se previene, ni se asusta.
Es el descubrimiento.
Todas las teorías son válidas, llevan a lo mismo.
A la conciencia social y sobrenatural.
A la coincidencia.
El misterio siempre estuvo resuelto.
Escribo por que si no me mata el tiempo.
Tengo una deuda con mis lectores.
Lo sé porque he de demostrar que lo insensible también merece ser respetado.
No por mí.
A mí no me afectan las críticas, me afecta la falta de capacidad para mostrarme al mundo como soy.
Y es que puedo ser misterio, y ser uno más, aunque conozca las vicisitudes que me rodean.
Aunque reconozca egoístamente la grandeza infinita de mi concepción del universo.
Nunca me basaré en conceptos, más que para servirme a mí mismo de modelo existencial o referencia.
No es enseñar ni sacudir conciencias lo que me induce a demorarme en la demostración del único principio vital:
La armonía.
No.
Porque podría decir sí y no al mismo tiempo, y coincidir con cualquier otro ser humano en fondo y forma.
A lo mejor.
A lo peor.
No me tomo nada como algo personal.
Pues el valor de la duda o el etiquetado de las réplicas no deja de ser el reflejo de la ignorancia.
No.
Me niego y afirmo, porque sé que a través de la palabra me crezco.
Le doy el valor máximo.
Puedo lograrlo todo a través de la palabra.
Lo sé, por que el tiempo amenaza, pero nunca mata.
Morir por mis principios o que se revaloricen depende de su propia influencia.
No necesito revisarlos para que formen parte de mí.
Al igual que todos formais parte de mí, y no nos separa ninguna excusa, porque no hay duda ni concepto de mal cuando uno sigue en su fluidez narrativa y visual, y aunque le asalten malos pensamientos, la mente se despeja con la autocrítica.
He nacido para la palabra.
Creo en la vida, y en mis creaciones.
Todos sabemos la respuesta a nuestras inquietudes vitales, a nuestra duda existencial, porque todos somos capaces de desprendernos de ataduras sistemáticas.
Y es por ello que se entra en conflicto.
Amamos en secreto.
Pero primero es fundamental razonarlo y desvelar el misterio.
La naturaleza puede con todo.
Es en sí misma sobrenatural.
Me encanta escribir y teorizar.
No le pido nada a la vida.
Se lo pido a mis letras caritativas y pudorosas, rompedoras y vinculantes.
A la expresividad.
A la inmarcesible razón de la existencia:
El amor.
Es por ello que si no consigo lo que me propongo, me expongo tanto como puedo a la versatilidad de las ideas.
A la desambiguación de la palabra.
A la claridad en el reconocimiento.
Siempre me acompañan otras sensaciones, pero sé que puedo ser uno más:
Amante del misterio y de los pretextos, del contexto y de la sentencia, de la hipérbole y el símil.
De todo en la palabra.
Infinito poder y metafísica unión.
No soy Dios, ni juego a ser Dios.
Me demuestro a mí mismo que no hace falta Dios para el orden o la perfección.
Esto puede ser un juego.
Y alegría, júbilo y algarabía y alboroto.
Me encantaría que viérais la palabra como yo.
Sin obsesión, pero con reiteración.
Pensamiento y sentimiento al mismo tiempo.
Reciprocidad.
Me encanta ofrecer todo lo que puedo ofrecer.
Puede que esconda mis intenciones, o que las muestre.
Ésa es mi inseguridad.
Mi amor por lo íntimo y por lo desnudo al mismo tiempo.
Mi amor por compartir.
Lo más preciado que tengo.
Se revaloriza solo.
Pero vive en armonía con las mentes abiertas y cerradas.
Porque vive en el aire que respiro.
Puedo vaciarme siempre que quiera.
Ser como una veleta.
Pero el verdadero sentido de mis letras somos vosotros y yo.
La idea que habita en mí.
No es la incongruencia, es la oscilación entre el fruto maduro y la semilla.
Es volver a nacer.
En una paloma, en una fuente, en un río, en una estrella.
Pero siempre, siempre, en la conciencia global.
Requisito indispensable para el alma.
Respetarlo todo.
Fluir en cualquier modo o idea.
Demostrar que no hay ángeles ni demonios.
O que la imaginación y los sueños nos conectan siempre a la suscitación que provocan en nosotros los sucesos y menesteres.
Estar a vuestra merced.
Demostrar que solo lo bueno es injuzgable e innegable, y que a través del pensamiento se anulan los defectos en la concepción de las ideas.
De nuestras propias convicciones.
Amar la palabra en definitiva.
Hacer gala de la sensibilidad y de su propia invencibilidad y majestuosidad, pues no hay confianza sin inocencia, ni discurso con incoherencia.
Demostrar que todo lo que digo puede cambiar, modificarme, pero no alertarme, pues está al servicio de mis semejantes.
De una manera u otra, abortar y abordar la profundidad de la convicción como puente hacia el conocimiento, y admitir que la palabra no es competencia, ni cultura, sino precisión.
En todo momento.
Amarla, comunicarla.
Sin preocupación, pues ella nace de la voluntad de transmisión en cualquier estado de ánimo.
Ella es ecuánime.
Merece todo.
Porque es su propio mundo.
Es una conexión con algo desconocido cuando es ambición.
Conocido o no, el mundo que nos rodea agradece la palabra.
Ama la palabra en modo y esencia, por réplica o silencio.
Sin preámbulo, la palabra es a través de sí misma, mentira o verdad, es independiente.
Como una creencia, pero en la que no nos afincamos.
Evolucionamos hacia el entendimiento mutuo, a través de la desgracia, casi siempre.
Pero hay algo que falla.
Nunca acabamos por unirnos del todo.
Y es que el todo es como un concepto inabarcable.
El todo existe en la mente, en la antesala nupcial de las ideas.
La armonía es sin truco, como una aplicación de la casualidad.
Lo sobrenatural aparece cuando lo natural se menosprecia, o simplemente deja de ser útil para llenar el espíritu.
Conocimiento es amparo.
Y la extensión del pensamiento expresado libremente.
Es por ello que respeto, comparto, y entiendo.
Pero sin dejar de lado en ningún momento mis ideales.
Lo que me mueve es solo la palabra, u el efecto que consigo con ella.
Si soy capaz de amarla y de superar los obstáculos de la imposición del ímpetu o el frenesí, puedo llegar adonde quiero llegar.
Adonde estaba justo antes de empezar este poema.
La escritura satisfactoria es un ciclo perfecto, en el que la pasión coincide con el silencio.
Un salto de fe.
Tengo mucho por decir, y nada que objetarme.
La escritura es un universo sin órbitas ni espacio.
Solo unión a las impresiones, y muestra de la influencia ajena.
Filosofar es genial, porque todo genio necesita la palabra como método.
El problema viene cuando nos anclamos a una idea que creemos es la mejor del mundo.
Pero el mundo no está hecho con ideas.
La esencia del mundo es la palabra.
Yo puedo idear un sistema de percepciones, un modus vivendi, una máxima.
Pero la palabra siempre quiere más.
Es por ella el amor.
Lo que se dice se interpreta siempre, no se malinterpreta.
Es por ello que debemos anteponerla a nuestros sentimientos.
La sensibilidad extrema ayuda a reflexionar.
La reflexión ayuda a completarse, pero nunca completa.
Somos seres sin fin.
Cíclicos, ideales.
Almas sin tregua.
Porque la palabra no siempre reconforta.
Si entramos en nuestra inquietud suprema, nos damos cuenta enseguida de que tiene una única solución:
La quietud.
Puede tener muchas más si nos empeñamos en analizarla.
Pero siempre terminaremos por canalizar nuestras emociones.
Somos cíclicos.
Réplicas y argumentos.
Longevidades.
No es el hecho de permitir la duda lo que nos mantiene como seres perfectos.
Es la perfección en todo lo que hacemos.
Pues ello nos convence por un lado, y nos defrauda por otro, al no terminar nunca por sentir la plenitud absoluta.
Yo escribo para ayudarme, ayudar, colaborar y corroborar lo que se piensa o no se piensa de mí.
Soy un monstruo literario, o un salvador de los principios ajenos.
Soy amante de la vida a mi manera.
Porque amar a mi manera no es difícil en absoluto.
Es solo un ciclo.
A veces amamos sin saber.
La palabra por sí sola no dice nada.
No es tangible.
Ni hipotecable.
No llego a ninguna conclusión porque me debo a la vida.
A la correcta expresión.
Aunque sufra por dentro, aunque me queme por dentro, nunca seré hereje de mis ideas.
La palabra es mi religión.
No le rezo, le hablo de igual a igual, como el resultado de una ecuación.
Sin incógnitas, ni súplicas, sin suplicio ni perdón.
Ni siquiera con autodeterminación.
Ni con aplicación.
Vivo en mis teorías.
Cómodo e inquieto.
Cíclico, pero sin muerte.
Perfecto, pero sin orden.
Certero, pero voraz.
Me nutro de ella.
Es lo más importante y revelador.
La palabra es la nada y la autoestima, el análisis y la autocrítica.
Un capítulo de la vida, del interiorismo.
Y un viaje a las entrañas de la luz.
Brilla y languidece.
Arte o sepultura.
Razón o autenticidad.
Mismidad o rareza.
Una bella bestia, capaz de todo.
Escribo porque sé que lo que escribo lo hago minuciosamente y con amor.
Lo primero que se me pasa por la cabeza, todo encadenado y concatenado.
Concretando y abstrayéndome.
Hasta llegar a la igualdad en los hábitos e ideas.
Romper con las ideas, buscar métodos.
La palabra es viciosa, un círculo vicioso.
Escribir con pasión y sin equivocación posible, nunca será un hándicap.
Pensar, admitir, descubrir, integrarse.
Propósitos y filantropía.
Paz y sosiego.
Es lo mismo.
Entre el porque y el porqué no hay diferencia alguna, porque somos la respuesta y la pregunta.
Todo es o no es demostrable.
Yo aquí no he demostrado nada.
Solo mi amor hacia la palabra.
Hacia mi vocación, que no es otra que vosotros, pues a través de este poema no hay ni misterio ni certeza.
Es el ciclo de la palabra.
Y mucho que me queda por decir.
No hay unión sin permanencia.
Ni ciclo sin palabra.