El Cristo de la Urna y Valentín

Tema en 'Prosa: Filosóficos, existencialistas y/o vitales' comenzado por Luis Á. Ruiz Peradejordi, 21 de Marzo de 2017. Respuestas: 1 | Visitas: 57

  1. Luis Á. Ruiz Peradejordi

    Luis Á. Ruiz Peradejordi Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Fuera, en la plaza, es todo bullicio. Termina la procesión del viernes y los hermanos se apresuran a recoger los pasos en Jesús. Leandro reparte el pan con orujo y la gente se apelotona en su derredor para poder conseguir un trozo. Las flores que adornan los tronos se reparten entre los braceros y la zona se convierte en un hervidero. La iglesia de San Lorenzo se ha ido quedando vacía y con la iluminación apagada, sólo queda en el interior la luz que desde fuera, a través de las ventanas, llega. Cae un rayo de luz sobre el crucero. Allí, tendida, reposa la Cruz que acaba de llegar de su peregrinar por las calles de Sahagún.

    La figura de Cristo yace en la Urna, escondida en la penumbra de la nave más oscura de la iglesia y con todo mimo y delicadeza, Valentín la toma entre sus brazos para sacarla y poderla trasladar hasta la zona del crucero, donde la Cruz aguarda. Con especial cariño, acuesta al Cristo sobre el lecho de madera y tomando una de las manos del Yacente durante unos largos e intensos instantes, permanece en silencio. Otras manos, por la tarde en la vigilia, serán las que hagan el desenclavo; con todo mimo se procederá a retirar los clavos y descender la imagen desde la Cruz y las manos de los cofrades se alzarán con ternura para recibir el cuerpo… Pero ahora le toca a él volver a clavar a Cristo en la Cruz.. Y duele, duele traspasar las manos y los pies perforados con los grandes tornillos que allí sujetarán, una vez más, al Cristo de la Urna al madero. “Muchacho”, dice Valentín, “Muchacho”, pues desde la altura de sus sesenta y tantos años, aquellos treinta y tres de Cristo, lo convierten en un muchacho, “Muchacho, Amigo, sabes que no hay mala intención… No quisiera que de nuevo penaras por estos clavos, conoces de otros años que hay que ponerlos y voy a hacerlo con todo cuidado… Pero, con todo, perdóname por esto que hago” y el rostro de Valentín se entristece, como si una sombra del dolor pasado le cubriera, hasta que los grandes tornillos, bien apretados, permiten alzar la Cruz con Cristo a ella clavado y cuando desde lo alto, la mirada del Dios de amor traspasado se posa sobre Valentín, yo juraría que el rostro de Jesús se iluminaba y salimos de la Iglesia, Valentín y yo, con el alma renovada.
     
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  2. Nancysant

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    Una bella prosa que trasmite ese dolor vivido por Jesús en la cruz y a la vez la renovación que nos deja cuando todo se ha consumado. Ha sido un gusto pasar y sumergirme en los divinos detalles que intensifican la emotiva lectura. Un saludo con abrazo Luis.
     
    #2
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