El cuenco del valle

María Baena

Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
Los pájaros del otoño

invaden el silencio.


La luz es casi blanca,

sosegada.


La visión del valle

solo la nubla

la llovizna suave

que se cuela entre la peña

y borra su cresta negra

haciéndola de bruma.


Los días se encadenan

sin ruido.


Las tardes y las noches

se pintan de trazos azules y negros,

parece que el tiempo se adormece

en el cuenco del valle,

oponiéndose ,

entre la pacifica peña y mi casa

una tímida farola

amarilla pálida,

que yo velo con mi único árbol

dejándola casi invisible,

olvidándome de ella,

para seguir soñando

con el inmenso campo

habitado por un nogal

que separa mi imaginación,

de las rocas grisáceas

que en algunos sueños escalo.


El sol siempre sale

enfrente de mi ventana

y la luz se engancha

en la piedra

haciéndola mas clara,

colándose en mi jardín

golpeando los cristales,

hasta que me siento

alrededor de la pequeña mesa

cubriéndola de libros y vasos,

dejando que las luces jueguen

entre mis piernas,

y los silencios se posen

mucho rato en mi cabeza.
 
Los pájaros del otoño

invaden el silencio.


La luz es casi blanca,

sosegada.


La visión del valle

solo la nubla

la llovizna suave

que se cuela entre la peña

y borra su cresta negra

haciéndola de bruma.


Los días se encadenan

sin ruido.


Las tardes y las noches

se pintan de trazos azules y negros,

parece que el tiempo se adormece

en el cuenco del valle,

oponiéndose ,

entre la pacifica peña y mi casa

una tímida farola

amarilla pálida,

que yo velo con mi único árbol

dejándola casi invisible,

olvidándome de ella,

para seguir soñando

con el inmenso campo

habitado por un nogal

que separa mi imaginación,

de las rocas grisáceas

que en algunos sueños escalo.


El sol siempre sale

enfrente de mi ventana

y la luz se engancha

en la piedra

haciéndola mas clara,

colándose en mi jardín

golpeando los cristales,

hasta que me siento

alrededor de la pequeña mesa

cubriéndola de libros y vasos,

dejando que las luces jueguen

entre mis piernas,

y los silencios se posen

mucho rato en mi cabeza.


Dulce nostalgia Maria, disfrute el paisaje desde que puse el pie hasta logra el silencio de cierre ¡Maravilloso!
Gusto pasar por tu espacio, un abrazo.
 
Los pájaros del otoño

invaden el silencio.


La luz es casi blanca,

sosegada.


La visión del valle

solo la nubla

la llovizna suave

que se cuela entre la peña

y borra su cresta negra

haciéndola de bruma.


Los días se encadenan

sin ruido.


Las tardes y las noches

se pintan de trazos azules y negros,

parece que el tiempo se adormece

en el cuenco del valle,

oponiéndose ,

entre la pacifica peña y mi casa

una tímida farola

amarilla pálida,

que yo velo con mi único árbol

dejándola casi invisible,

olvidándome de ella,

para seguir soñando

con el inmenso campo

habitado por un nogal

que separa mi imaginación,

de las rocas grisáceas

que en algunos sueños escalo.


El sol siempre sale

enfrente de mi ventana

y la luz se engancha

en la piedra

haciéndola mas clara,

colándose en mi jardín

golpeando los cristales,

hasta que me siento

alrededor de la pequeña mesa

cubriéndola de libros y vasos,

dejando que las luces jueguen

entre mis piernas,

y los silencios se posen

mucho rato en mi cabeza.

Como me gustaría pasear por ese valle querida amiga.
Un fuerte abrazo.
 

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