Los pájaros del otoño
invaden el silencio.
La luz es casi blanca,
sosegada.
La visión del valle
solo la nubla
la llovizna suave
que se cuela entre la peña
y borra su cresta negra
haciéndola de bruma.
Los días se encadenan
sin ruido.
Las tardes y las noches
se pintan de trazos azules y negros,
parece que el tiempo se adormece
en el cuenco del valle,
oponiéndose ,
entre la pacifica peña y mi casa
una tímida farola
amarilla pálida,
que yo velo con mi único árbol
dejándola casi invisible,
olvidándome de ella,
para seguir soñando
con el inmenso campo
habitado por un nogal
que separa mi imaginación,
de las rocas grisáceas
que en algunos sueños escalo.
El sol siempre sale
enfrente de mi ventana
y la luz se engancha
en la piedra
haciéndola mas clara,
colándose en mi jardín
golpeando los cristales,
hasta que me siento
alrededor de la pequeña mesa
cubriéndola de libros y vasos,
dejando que las luces jueguen
entre mis piernas,
y los silencios se posen
mucho rato en mi cabeza.
invaden el silencio.
La luz es casi blanca,
sosegada.
La visión del valle
solo la nubla
la llovizna suave
que se cuela entre la peña
y borra su cresta negra
haciéndola de bruma.
Los días se encadenan
sin ruido.
Las tardes y las noches
se pintan de trazos azules y negros,
parece que el tiempo se adormece
en el cuenco del valle,
oponiéndose ,
entre la pacifica peña y mi casa
una tímida farola
amarilla pálida,
que yo velo con mi único árbol
dejándola casi invisible,
olvidándome de ella,
para seguir soñando
con el inmenso campo
habitado por un nogal
que separa mi imaginación,
de las rocas grisáceas
que en algunos sueños escalo.
El sol siempre sale
enfrente de mi ventana
y la luz se engancha
en la piedra
haciéndola mas clara,
colándose en mi jardín
golpeando los cristales,
hasta que me siento
alrededor de la pequeña mesa
cubriéndola de libros y vasos,
dejando que las luces jueguen
entre mis piernas,
y los silencios se posen
mucho rato en mi cabeza.