azulalfilrojo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Acurrucado en el suelo
presa del miedo y el frío,
en algún rincón sombrío
del tenebroso lugar,
tiembla y solloza el muchacho,
y ruega que llegue el día
y acabe al fin su agonía
en ese absurdo ritual.
En su cabeza retumban
aquellas duras palabras
que, entre sonrisas macabras,
vocearon con maldad:
"¡Cagón¡, ¡miedoso!, ¡cobarde!";
y fue bisoño borrego
que fácil entró en el juego
por su valor demostrar.
Borrego sí, y por ende,
y en injusto vituperio
desde el pueblo al cementerio,
arreado sin piedad.
Y sin piedad lo encerraron
en la lóbrega capilla
sin alforja ni cerilla
ni garrote ni gabán.
Afuera en el camposanto
reina el silencio y la calma,
y no hay hombre, bestia o alma
que se atreva a respirar;
sólo quebranta el sosiego
el muchacho en su gemido
y el inquietante sonido
de sus dientes rechinar.
Tiene el cuerpo entumecido,
se halla débil, soñoliento,
y en su búsqueda de aliento
sólo encuentra soledad.
Y entra en la turbia vigilia
donde las mentes se hunden
y los sentidos confunden
el sueño y la realidad.
Oye voces de ultratumba
y ve sombras fantasmales:
duendes, brujas y animales
en horrenda bacanal.
Y corre y busca la puerta,
y en su miedo y su congojo
no acierta con el cerrojo
que traba su libertad.
Aporrea los maderos,
grita, llora, se estremece,
y al ver el sol que amanece
por encima del umbral
su miedo se hace locura,
saca fuerzas de flaqueza
y cual astada cabeza
embiste el duro quicial.
¡Oh Dios, qué se obró el milagro!
y por fin contempla el día,
mas pírrica es su alegría
cuando acierta a vislumbrar
la caterva de zagales
que le lanza carcajadas
cual mortales andanadas,
hundiendo su dignidad.
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