charlie ía
tru váyolens
de chavalo
no se tiene ni puta idea
de lo frío que se puede llegar a poner
el desierto
en aquel preciso instante
en el que cae la noche -
dramáticamente, la temperatura se derrumba
como cualquier ser humano
por unas pingües migajas
de poder o riqueza.
sí. es un contraste terrible
entre el día y la noche,
y el poder y la riqueza
entre un mundo que se quema con la ferocidad
del sexo necesario para olvidar a una mujer,
para poco después
congelarse en el letargo:
la noche va pegándose a tu piel
como si los celos de la última glaciación
en realidad jamás se hubieran ido de vos.
al final, no hay donde perderse durante
un descenso notable:
lo mínimamente decente
para cualquier caída que en realidad
se precie de serlo
es salir por la puerta de atrás
en el instante preciso en que lo único que rompa
el silencio de la ferocidad
sea la sonata número catorce
de beethoven.
vení. volvé.
azotá la puerta en cámara lenta
para que podamos repasar mil veces tu caída
en el vacío
de la posteridad.
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