Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Abrió despacio la puerta de la calle, con precisión, sin ruido, en esos movimientos automáticos que uno repite cada día, como un rito, una costumbre más de las que nos vamos imponiendo.
- Buenas tardes-
Dijo en voz no excesivamente alta. Le respondió el eco vacío desde la otra esquina de la casa.
Se quitó la gabardina vaciando cuidadosamente los bolsillos. Colocó las llaves en la escarpia correspondiente. Se miró en el espejo del capero cuando iba a colgar la gabardina y dejó en aquel mismo instante la sonrisa que llevaba en la boca y el gesto risueño. De nuevo el abatimiento se apoderó de él; se cargaban los hombros bajo el peso de la rutina que volvía, como cada día, a apoderarse de cada uno de sus actos.
Del armario del recibidor sacó las zapatillas. Tras descalzarse los zapatos de diario se colocó las pantuflas y caminó hasta la cocina. Limpió allí los zapatos y los abrillantó tras frotarlos con betún, para dejarlos, de nuevo en el armarito de la entrada, listos ya para mañana.
Se asomó al salón y repitió
– Buenas tardes-
Ella levantó la vista de la revista que estaba hojeando y con un gesto de la cabeza, volvió a su quehacer.
Inspiró hondo.
– ¿Ya has cenado?-
– Sí –
Revolvió en la cocina hasta que encontró un poco de pan y sacó un par de lonchas de jamón cocido del frigorífico. Prefirió un vaso de agua al vaso de vino que acostumbraba.
Al terminar de comer, lavó el plato y los cubiertos que había en el fregadero. Luego los secó y colocó cada una de las cosas en su sitio.
En el cuarto de baño se cepilló los dientes con parsimonia. El dentista le había dicho hacía muchos años que, por lo menos, lo hiciese durante un par de minutos; desde entonces lo llevaba por el libro.
Cuando se acostó, ella ya estaba en la cama, tenía la lámpara de la mesita encendida y la televisión ofrecía una de las series de moda.
No tuvo ganas de leer. No aquella noche. Se acomodó entre las sábanas y cerró los ojos. El runrún de la televisión atenuaba el piélago de silencio en que se desenvolvía su vida doméstica. Le vinieron imágenes de otros tiempos, de cuando la risa les llenaba la boca por cualquier nimiedad. Llegaban, dolorosos como cuchilladas los recuerdos de cuando juntos, del brazo o de la mano, recorrían los parques, las calles y se perdían entre el bullicio de las gentes. Hervía la memoria con el sabor de los besos apasionados que habían cubierto sus labios. Sentía los brazos ahora vacíos, cuando habían perdido la huella de su cuerpo, acurrucado entre ellos. Rozó con el pie la pierna de ella, que se apartó rápidamente, con un calambre de angustia. Sus ojos secos se resistieron a llorar todas las lágrimas que le llenaban el alma. Ella apagó la luz. La oscuridad lo llenó todo. Se cegaron los ojos con la negrura que todo lo abarcaba…y vino el sueño.
Cuando sonó el despertador, hacía rato que estaba despierto. Se levantó maquinalmente. Afeitado. Ducha. Café con leche. Cepillar los dientes. Se vistió meticulosamente y miró por la ventana. No había nubes, parecía que haría un buen día. Se colocó su chaqueta y el sombrero. Al mirarse en el espejo encontró allí, aguardándole, el gesto risueño y la sonrisa. Se los colocó y con el disfraz puesto, salió a la calle.
- Buenas tardes-
Dijo en voz no excesivamente alta. Le respondió el eco vacío desde la otra esquina de la casa.
Se quitó la gabardina vaciando cuidadosamente los bolsillos. Colocó las llaves en la escarpia correspondiente. Se miró en el espejo del capero cuando iba a colgar la gabardina y dejó en aquel mismo instante la sonrisa que llevaba en la boca y el gesto risueño. De nuevo el abatimiento se apoderó de él; se cargaban los hombros bajo el peso de la rutina que volvía, como cada día, a apoderarse de cada uno de sus actos.
Del armario del recibidor sacó las zapatillas. Tras descalzarse los zapatos de diario se colocó las pantuflas y caminó hasta la cocina. Limpió allí los zapatos y los abrillantó tras frotarlos con betún, para dejarlos, de nuevo en el armarito de la entrada, listos ya para mañana.
Se asomó al salón y repitió
– Buenas tardes-
Ella levantó la vista de la revista que estaba hojeando y con un gesto de la cabeza, volvió a su quehacer.
Inspiró hondo.
– ¿Ya has cenado?-
– Sí –
Revolvió en la cocina hasta que encontró un poco de pan y sacó un par de lonchas de jamón cocido del frigorífico. Prefirió un vaso de agua al vaso de vino que acostumbraba.
Al terminar de comer, lavó el plato y los cubiertos que había en el fregadero. Luego los secó y colocó cada una de las cosas en su sitio.
En el cuarto de baño se cepilló los dientes con parsimonia. El dentista le había dicho hacía muchos años que, por lo menos, lo hiciese durante un par de minutos; desde entonces lo llevaba por el libro.
Cuando se acostó, ella ya estaba en la cama, tenía la lámpara de la mesita encendida y la televisión ofrecía una de las series de moda.
No tuvo ganas de leer. No aquella noche. Se acomodó entre las sábanas y cerró los ojos. El runrún de la televisión atenuaba el piélago de silencio en que se desenvolvía su vida doméstica. Le vinieron imágenes de otros tiempos, de cuando la risa les llenaba la boca por cualquier nimiedad. Llegaban, dolorosos como cuchilladas los recuerdos de cuando juntos, del brazo o de la mano, recorrían los parques, las calles y se perdían entre el bullicio de las gentes. Hervía la memoria con el sabor de los besos apasionados que habían cubierto sus labios. Sentía los brazos ahora vacíos, cuando habían perdido la huella de su cuerpo, acurrucado entre ellos. Rozó con el pie la pierna de ella, que se apartó rápidamente, con un calambre de angustia. Sus ojos secos se resistieron a llorar todas las lágrimas que le llenaban el alma. Ella apagó la luz. La oscuridad lo llenó todo. Se cegaron los ojos con la negrura que todo lo abarcaba…y vino el sueño.
Cuando sonó el despertador, hacía rato que estaba despierto. Se levantó maquinalmente. Afeitado. Ducha. Café con leche. Cepillar los dientes. Se vistió meticulosamente y miró por la ventana. No había nubes, parecía que haría un buen día. Se colocó su chaqueta y el sombrero. Al mirarse en el espejo encontró allí, aguardándole, el gesto risueño y la sonrisa. Se los colocó y con el disfraz puesto, salió a la calle.
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