Las categorías kantianas se le antojaban a aquel filósofo de pacotilla el summun máximo de la realización trascendental del Espíritu.Aún no había viajado con su intuición intelectual por los subterfugios de plateado barniz que llevan a la tostada y muy dorada Idea inmanente en la mente infinita de un dios,que se vanagloria de ser el único creador de la Naturaleza y de los espacios siderales.Entonces,aquel intelectual,en un alarde de vil intelección mundana,creyó poseer el argumento que negaba la existencia del Señor.Pero,cuando lo aplicó,en una noche cuajada de luz lunar,sobre el pupitre carcomido de su alcoba de desventurado pensador,en una hoja pulcra y muda y,bajo el gas incandescente de su lámpara opaca,una voz ominosa sacudió su espíritu y lo hizo enloquecer entre convulsiones dignas de un hereje alejado de la influencia del redentor.