El Pastor ofrendó pellejo y grasa;
el Labrador, incólumes manjares,
aunque su fe situaba tan escasa.
Entre ellos se elegía, para altares,
aquel, que, consagrando el corazón,
no calculó del cargo los pesares.
Abría el campo toda su extensión,
cediendo, de la envidia, ruin traspié.
Y el inquirido, envuelto en presunción,
lanzaba por respuesta un «no lo sé».
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