Évano
Libre, sin dioses.
Los fuegos envuelven al alma.
Son llamas de miedo que cubren
laderas, aldeas y cumbres.
Por ello la vida es ventana,
un río que arrastra a los ojos
y al llanto que guardan los valles
que cortan cuchillos del aire.
Con ello me olvido del plomo
que corre conmigo en la sangre
y arroja mi tierra a los lobos.
Se llevan las aguas lo verde
que talan las castas de siempre.
Con ellas galopan los jóvenes,
los brotes que marchan de aquí.
Diamantes caballos escapan
por cimas, de noche, en silencio.
Son jóvenes que huyen de negros
que adoran al dios de los miedos.
Y aquí se nos queda el silencio
que se ha de callar y guardar
en la soledad de los dientes.
Les mienten con cuerdas de luegos
en estas españas sin mentes,
de leyes que no oyen a lenguas
y fuerzan bajar escaleras
con piedras que rajan las venas.
Ya solo nos queda que lloren
los diablos de nuestros infiernos
y luego nos aten a trenzas,
a crines que lucen caballos
que mueren del asco en establos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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