Con doce años la inocencia es una flor alegre.
Un hombre se acerca a ti,
gafas de carey, sonrisa seductora,
en sus labios la voz más dulce.
Te pregunta por una dirección,
tú contestas: “es por allí, señor, vaya todo recto
y al llegar al cartel rojo tuerza a la derecha,
luego a unos treinta metros a la izquierda”.
“¿Puedes acompañarme, si vienes te invito a un refresco?”
Lo dice con tal desamparo
que tú, de natural amable,
confías en su palabra.
Habláis, el hombre te inquiere por tus estudios, tus aficiones, tu familia.
“Es aquí donde vivo, ven que subimos un momento, te tomas la Coca-Cola
y luego, si quieres me acompañas hasta el sitio”.
Entonces, en el piso sombrío y sucio algo pasa,
es el ángel de la maldad, la perversión y la mentira.
“¿Me la vas a enseñar, mira ésta es la mía?”
En un descuido consigues huir,
corres y corres con lágrimas en los ojos,
no sabes aún que sentirás una culpa innombrable
por el resto de tus días.
Un hombre se acerca a ti,
gafas de carey, sonrisa seductora,
en sus labios la voz más dulce.
Te pregunta por una dirección,
tú contestas: “es por allí, señor, vaya todo recto
y al llegar al cartel rojo tuerza a la derecha,
luego a unos treinta metros a la izquierda”.
“¿Puedes acompañarme, si vienes te invito a un refresco?”
Lo dice con tal desamparo
que tú, de natural amable,
confías en su palabra.
Habláis, el hombre te inquiere por tus estudios, tus aficiones, tu familia.
“Es aquí donde vivo, ven que subimos un momento, te tomas la Coca-Cola
y luego, si quieres me acompañas hasta el sitio”.
Entonces, en el piso sombrío y sucio algo pasa,
es el ángel de la maldad, la perversión y la mentira.
“¿Me la vas a enseñar, mira ésta es la mía?”
En un descuido consigues huir,
corres y corres con lágrimas en los ojos,
no sabes aún que sentirás una culpa innombrable
por el resto de tus días.
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