Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Los neumáticos rechinaban sobre la grava, con un andar perezoso, como de no querer llegar, después de haber recorrido, frenéticos, tantos y tantos kilómetros.
Ante los faros del automóvil, se empinaba un camino de tierra blanca y gravilla, que se desperezaba en dos grandes curvas, antes de ensancharse para morir frente por frente de la casa.
De nuevo la inquietud; aquel gusanillo que me roía las entrañas, me acometía delante de la casa de la abuela. La abuela… “Güeli” había sido siempre entre nosotros. Aquellos dos años pasados lejos se disolvían en una bruma sin recuerdos ante la casona de Argüelles.
La abuela Jacoba había tenido quince nietos y conocido siete biznietos. Sin pretenderlo había forjado un matriarcado cariñoso alrededor de su figura y de aquella casa; casa de jardín con pozo y hórreo. Tras la casa, un pañuelo de tierra vuelto huerto, un macizo de begonias con primores de encaje y la pomarada. Todo ello, la casa y la abuela, el pozo y los manzanos, el jardín y el huerto, formaban parte de mí mismo, algo que vivía como irreal, tal que un sueño que alguna vez se ha transformado en vivencia cierta.
El coche se detuvo por fin. Bajé de él y seguidamente subí los escalones que me separaban de la puerta. Toqué la campanilla y esperé que viniesen a abrirme. Esta vez, la primera de todas las sucesivas, no sería “Güeli” quien lo hiciera. Hoy he venido a su entierro. Parece mentira que se haya muerto; en mi memoria está tan llena de actividad, tan alegre con esos ojos vivaces y chispeantes…
Alguien de la familia parlotea un vulgar consuelo sin que yo casi me dé cuenta: “ya ves, se apagó poco a poco…” “se fue consumiendo…” y pienso que no hablamos de la misma mujer que, seguramente, se han confundido o me he confundido. Dos años no son nada…y dos años bastan para vencer un cuerpo fatigado de vivir.
Como puedo, me escabullo de la gente, escapo perdiéndome entre abrazos y besos, enjugando lágrimas, asintiendo pésames. Estoy ahora bajo la escalera que lleva a la tenada; como sin querer subo agarrándome con fuerza a la barandilla, pisando con cuidado los peldaños que crujen bajo mi pie. La tenada se abre detrás de la puerta, como la entrada a otro mundo. Me acude la idea de que mi infancia está prendida en alguno de los clavos que penetran las vigas y soportan el tejado. Una buhardilla de cristales teñidos por el polvo deja pasar, amortecida, la luz de la tarde. Hay un desorden de cestos de mimbre, de serillos de paja, de cuévanos carcomidos, de fanegas y medios celemines; también un arcón de castaño. Sacos plegados duermen en un rincón y de un gancho permanece suspendido un cuadro de Alfonso XIII con el cristal astillado. Una moña corita de trenzas rubias, largas y despeluchadas, espera unos brazos que la acunen, sentada en la mecedora marrón, hace tanto tiempo destartalada.
Salvando como puedo los obstáculos, me voy acercando a la ventana: paso sobre las colleras y un balancín. Un dalle enmohecido y oxidado amenaza desde un rincón. Finalmente puedo empujar las hojas de la ventana y un chorro de aire se desboca por ella golpeándome la cara. Me acomodo, como cuando era niño, en la poyata de la ventana abuhardillada y dejo vagar la vista, como entonces, por encima del tejado, bordeando el humero, sobre los árboles, escrutando el cielo que riñe con la tierra en las montañas, peleándose con nubes.
- ¿Qué haces ahí, rapaz? ¿Noves que puedes caerte? Anda, ven aquí y ayúdame a extender las nueces en aquel rincón – Y la abuela Jacoba, con el moño de pelo negro tirante y perfecto, se movía con agilidad por el desván.
- Oye “Güeli” ¿Desde aquí se ve el mar?- Ella entonces dejaba lo que estaba haciendo y venía, riéndose, hacia mí. Me revolvía el pelo con sus dedos diciéndome:
- Cazurrillo, cazurrillo ¿Quién te ha dicho que desde aquí se ve el mar?-
- Es que …como Asturias tiene mar…- Y yo callaba que los cazurros de León, gentes de tierra adentro, teníamos nostalgia de mar; hambre de llenar los ojos de espumas y olas; que esperábamos que el grito de las gaviotas rompiese en nuestros tímpanos. Repentinamente se ponía seria y me decía:
- Mira, mira con mucha atención, es posible que algún día seas capaz de ver el mar desde la ventana-
Y volvía a sus quehaceres y sus movimientos suaves y firmes produccían un rumor que llenaba la tenada. Yo miraba, miraba sin ver por la ventana y corría de pronto junto a ella pisando los almendrucos o descolgando la ristra de ajos.
La mano de Belén en mi hombro me devolvió a la realidad.
- ¿Qué haces? Te he estado buscando por todas partes. Ya estaba un poco preocupada ¿Te encuentras bien?
Belén es la nieta que más se parece a “Güeli”. Como si me hubiese pillado en falta, enrojezco y estoy a punto de contarle que, simplemente me hallo allí porque es donde me tropiezo de nuevo con la abuela Jacoba; porque en la tenada es donde me encuentro con aquel niño que he sido, el niño que soñaba con el mar. Con gesto rápido, Belén me acaricia la cabeza, revolviéndome el cabello, despeinándome con sus dedos. Sonríe.
- Bueno, está bien, te dejo con tus recuerdos, pero no tardes, abajo te estamos esperando-.
- No, no…- balbuceo, - bajo contigo ahora-.
La última mirada que echo por la ventana me lo descubre allí, perdido de horizontes, bajo un cielo imposible, el mar, azul, ribeteado de blanca espuma. El mar. El mar que se veía, al fin, desde la buhardilla de la casona de “Güelitina”.
Desciendo los escalones y el rumor de la abuela Jacoba trajinando, llena toda la casa.
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