Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
en el día internacional de la lengua madre...
Como soles son nuestras sonrisas.
Mi madre se enojaba conmigo porque siempre perdía los zapatos. Corría tras los niños descalzos por la selva buscando la cañada donde vive el abuelo nahual. Cantos y cantos desde nuestras voces infantiles para llenar los huecos que viven bajo las sombras de los árboles. Un sendero imaginario nos tendía sus brazos, un tronco como puente regalaba visiones desde su cuerpo tendido como muerto sobre la nada que queda entre las fauces del cañón donde corre el arroyo como víbora vieja.
-Corre, corre, corre.
Bien se pude volar cuando se es niño. Las alas surgen de repente y se aletea. Se pude volar como mariposa, ir dando saltos entre el viento. Se puede ser gorrión: ruidoso y fugitivo para poner a salvo su único tesoro, el canto. Se puede volar como un águila real, en un vuelo tan alto como vuela la luna. Pero el más alto vuelo del águila no alcanza a la luna, donde se refugió en huida, dando un salto, el plateado conejo.
Corre que te corre por la selva, corre descalzo. Avienta los zapatos por ahí. Olvídalos. Cuatro niños descalzos buscan la cañada donde habita el abuelo nahual para escuchar sus cuentos.
Aprendí la lengua y la magia del pensar nativo. Cuna de los murmullos es la cascada clara que se viste de gotas en diamante. ¡Cómo la cruza el sol! Se baña en ella, deja sus vestiduras áureas para volverse cuerpo de arco iris.
Corre que te corre, la cañada está cerca, ya se escucha el cascabel del abuelo; suena que te suena, peligroso, para alejar del mítico santuario a los hombres ajenos.
Yo no conozco el miedo, soy un niño. Soy una mente nueva, nueva y limpia, sin dejo de maldad en las ideas.
Hemos llegado. La selva se termina. Áridos son los secos matorrales que asesinan las piedras ardientes amorosas de sol.
Los niños se sientan y esperan. Ronda la muerte. El cascabel ensordece la espiral del oído. Una Nauyaca me mira a los ojos, enfrente de mi rostro. Abre sus fauces y las vejigas de sus colmillos se inflaman.
-No llores, no tengas miedo, dile abuelo, díselo en la lengua.
Mi voz se sana de absurdos titubeos. Soy niño agua, transparente y grato a las visiones antiguas.
Texcatlipilli Ahuecatl -dice mi voz.
Los ojos mortales parece que se cierran. Brota la lengua para gravar mi olor en sus sentidos. El Nahual del abuelo se enrosca y adormece sobre un nido de hormigas.
Abre su boca y habla en la lengua universal de la tierra. Es un silbido claro, es el saludo.
Cuenta el abuelo sus hazañas y sus narraciones se mezclan con mi sangre. Las batallas eternas con el águila, sus triunfos son eternos, mortales las derrotas.
Ella vuela, imagina; él serpea, degustando el calor que se queda en las rocas.
Algo vuela en los cielos y emite sus graznidos. Caen sus ecos a la tierra como si fueran sombras.
La serpiente la mira, son viejos cuerpos que se saben eternos, ajenos al dolor de la derrota.
Viene la tarde y el abuelo deja de ver a los niños. Duerme la siesta.
El camino espera con sus brazos abiertos, horas dura el regreso.
Mi madre espera, pregunta por los zapatos nuevos.
Somos niños descalzos que andamos por la selva.
Viene la liana cruda a posarse en las nalgas
Un niño que no aprende a andar sobre su calza.