Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hoy he salido a media mañana. Tenía que coger la barra de pan y el periódico. Luego dar una vuelta por la plaza. Como todas las mañanas, paseo y voy saludando a las distintas personas que me voy encontrando. Al no tener prisa, me puedo detener con algunas, aprovecho para hablar con ellas de esas cosas cotidianas de las que está hecha la vida. Palabras que reconfortan, atención que se merecen, lo siento como un deber amable hacia esas gentes que fueron mis pacientes, y pacientes conmigo, durante décadas.
Sigo con mi paseo y paso a saludar a Mila. Mila es la guardesa de la iglesia de San Tirso, una preciosa iglesia mudéjar, sencilla y acogedora. Una de esas iglesias que están hechas para la oración y el recogimiento. Siempre me gusta comentar con Mila cómo ha ido la mañana. Si tuvo muchas visitas, si la gente que vino se interesaba por las cosas… En la iglesia de San Tirso están expuestas las maquetas que hizo Valentín : la Abadía románica, San Lorenzo, Santiago, la Peregrina, el propio San Tirso… A quienes las visitan siempre les llaman la atención, son como un regalo que él ha dejado, un pedazo de la historia para que nosotros la contemplemos. Llegan dos peregrinos y nos entretenemos comentándoles el sepulcro románico de Tello Téllez de Meneses que se ubica en el coro. La mandorla que acoge el Pantocrátor, el apostolado, las plañideras… y hablamos de historia y de arte, de vivencias y recuerdos
En San Tirso, cuando me voy, cojo a Valentín. Es mi amigo. Hablamos de las canciones nuevas que tenemos que preparar, o de cuándo y dónde haremos el próximo recital. Con él no tengo problemas, hablo de lo que me preocupa, de los estudios de Ana, del tiempo, del próximo invierno, de los problemas de la casa…
Al llegar al Asturcón, nos sentamos en la terraza; casi es un lujo a mediados de Septiembre poder estar de terrazas y en manga corta. Pido dos vermuts. Amparo, como ya me conoce, no dice nada y los sirve con premura. Allí, disfrutando esos minutos antes del mediodía, leemos las noticias del periódico y comentamos la realidad de la política que nos toca vivir. No falta algún verso, alguna referencia al libro que estoy leyendo, al trabajo que está ahora preparando, esas maquetas que quedaron por hacer...
Con cierta pereza, y ese sopor extraño que me produce el vermut, y eso que no tomo más que uno, llega el momento de volver para casa. Allí nos despedimos.
La gente me mira raro, salvo Amparo que como es un poco bruja entiende estas cosas. Hace dos años que Valentín ha muerto. Se creen que no lo sé. Pero para mí está vivo y ese vermut que le pido es el pequeño homenaje que le hago las mañanas en que salgo a dar un paseo, en las que me gusta imaginarlo, como antes, caminando a mi lado.
Sigo con mi paseo y paso a saludar a Mila. Mila es la guardesa de la iglesia de San Tirso, una preciosa iglesia mudéjar, sencilla y acogedora. Una de esas iglesias que están hechas para la oración y el recogimiento. Siempre me gusta comentar con Mila cómo ha ido la mañana. Si tuvo muchas visitas, si la gente que vino se interesaba por las cosas… En la iglesia de San Tirso están expuestas las maquetas que hizo Valentín : la Abadía románica, San Lorenzo, Santiago, la Peregrina, el propio San Tirso… A quienes las visitan siempre les llaman la atención, son como un regalo que él ha dejado, un pedazo de la historia para que nosotros la contemplemos. Llegan dos peregrinos y nos entretenemos comentándoles el sepulcro románico de Tello Téllez de Meneses que se ubica en el coro. La mandorla que acoge el Pantocrátor, el apostolado, las plañideras… y hablamos de historia y de arte, de vivencias y recuerdos
En San Tirso, cuando me voy, cojo a Valentín. Es mi amigo. Hablamos de las canciones nuevas que tenemos que preparar, o de cuándo y dónde haremos el próximo recital. Con él no tengo problemas, hablo de lo que me preocupa, de los estudios de Ana, del tiempo, del próximo invierno, de los problemas de la casa…
Al llegar al Asturcón, nos sentamos en la terraza; casi es un lujo a mediados de Septiembre poder estar de terrazas y en manga corta. Pido dos vermuts. Amparo, como ya me conoce, no dice nada y los sirve con premura. Allí, disfrutando esos minutos antes del mediodía, leemos las noticias del periódico y comentamos la realidad de la política que nos toca vivir. No falta algún verso, alguna referencia al libro que estoy leyendo, al trabajo que está ahora preparando, esas maquetas que quedaron por hacer...
Con cierta pereza, y ese sopor extraño que me produce el vermut, y eso que no tomo más que uno, llega el momento de volver para casa. Allí nos despedimos.
La gente me mira raro, salvo Amparo que como es un poco bruja entiende estas cosas. Hace dos años que Valentín ha muerto. Se creen que no lo sé. Pero para mí está vivo y ese vermut que le pido es el pequeño homenaje que le hago las mañanas en que salgo a dar un paseo, en las que me gusta imaginarlo, como antes, caminando a mi lado.
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