Este otoño temprano
me tapó las piernas.
Pero el sol limpio
como ningún día del verano
se asoma brillante salpicando a la hiedra,
haciendo rieles entre las hojas
rojas algunas
otras verdes,
calentando la tapia
y como si de un brasero se tratara
acercándome a él entre las plantas.
Me hizo salir su luz,
me imaginé su tenue calor
avivando mi cuerpo asaetado
de sus múltiples luces calientes.
Seguí su sendero sin rumbo,
dejándome llevar por la sombra de su ausencia
serenándome como siempre sin proponérmelo
y terminando sin pensamientos,
andando.
Atravesada sólo por su placer,
y por él rodeada
se abrieron todos mis sentidos,
encajándome en un sueño de mañana.
Sentí la vuelta a casa que me llamaba,
apenas mi cuerpo obedecía,
dejé que mis pies caminaran solos
abandonándome en el aire tibio
que la blanca mañana ondulaba.
Se encargó el camino de bajarme
con su pendiente leve,
facilitó mi llegada,
y como si el tiempo no contase
cambió el reloj sus horas
sin mis sentidos enterarse.
El sol se colocó encima,
casi por entero anuló las sombras
y deseé taparme con el alero de la casa.
Llegué a su vientre
con el pensamiento alegre.
Se tiñó de optimismo mi saludo
y mi piel, como mi viejo fogón,
guardó el calor
hasta la luna naranja.
me tapó las piernas.
Pero el sol limpio
como ningún día del verano
se asoma brillante salpicando a la hiedra,
haciendo rieles entre las hojas
rojas algunas
otras verdes,
calentando la tapia
y como si de un brasero se tratara
acercándome a él entre las plantas.
Me hizo salir su luz,
me imaginé su tenue calor
avivando mi cuerpo asaetado
de sus múltiples luces calientes.
Seguí su sendero sin rumbo,
dejándome llevar por la sombra de su ausencia
serenándome como siempre sin proponérmelo
y terminando sin pensamientos,
andando.
Atravesada sólo por su placer,
y por él rodeada
se abrieron todos mis sentidos,
encajándome en un sueño de mañana.
Sentí la vuelta a casa que me llamaba,
apenas mi cuerpo obedecía,
dejé que mis pies caminaran solos
abandonándome en el aire tibio
que la blanca mañana ondulaba.
Se encargó el camino de bajarme
con su pendiente leve,
facilitó mi llegada,
y como si el tiempo no contase
cambió el reloj sus horas
sin mis sentidos enterarse.
El sol se colocó encima,
casi por entero anuló las sombras
y deseé taparme con el alero de la casa.
Llegué a su vientre
con el pensamiento alegre.
Se tiñó de optimismo mi saludo
y mi piel, como mi viejo fogón,
guardó el calor
hasta la luna naranja.