Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
Despierta lento el rayo del día
en Monfragüe
y el pintor de pájaros,
un gigante de cabellos engendrados
por la nieve,
en íntima comunión con la naturaleza
parece un ser mitológico y prodigioso
dentro del refugio natural
-diríase el santuario sagrado
de un santón del Himalaya-
desde el que observa y pinta a las aves
con un amor insaciable,
luminoso y sin atajos.
Y es en ese trance,
sentado en el silencio,
cuando al experimentar
una irreflexiva felicidad
tiene la extraña y, a la vez,
agradable sensación
de no sentir el peso del tiempo,
de creerse que puede engañarlo
y doblegar, aunque sea fugazmente,
su tiranía inexorable.
No necesita tener delante
a su viejo amigo de la infancia,
un espantadizo pito real,
para devolverlo a la vida
mediante un mágico retrato.
Con cuatro trazos
realiza su boceto al que añade
pinceladas de acuarela
de forma aparentemente anárquica,
momento en el que siempre
acontece una revelación
como la de poner luz en su ojo
y el pequeño velero del cielo,
milagrosamente, va surgiendo
de la nada y haciéndose visible
con esa sorprendente sensación
de vivacidad que transfiere
a todas las aves que vuelve inmortales
en el mundo bidimensional.
El pintor de pájaros tiene uno
viviendo en su espalda
como un ángel guardián
y al hablar, mueve las manos
imitando su vuelo porque siempre
ha querido ser uno de ellos.
Cae la noche en Monfragüe
y la oscuridad difumina el mundo
alrededor. De regreso al albergue, cruzan
la carretera dos ciervos. El pintor
de pájaros detiene el vehículo
para empaparse de la bellísima escena
que supone ver a animales tan nobles
adentrarse y desaparecer en la espesura
del bosque, un mundo donde ahora
duermen los pájaros y el lugar
del que proceden los sueños
cuyos latidos suenan como la lluvia
o el viento amigo o la rama meciéndose
o el cielo próximo o la tierra fértil.
Tajante, se aferra a la afirmación
de que no hay pájaros temibles
ni de mal agüero,
solo hombres terribles.
Por eso le late el corazón
como un perro furioso,
pues sabe que hay estruendo y dolor
y luego silencio, mucho silencio
en las plumas como hojas caídas y sufre.
Sufre por el pájaro cautivo
que, como un libro vano
e incomprensible,
es el desenlace hostil de un sueño;
sufre por las tristes regiones
sin pájaros, infaustas como la inclemencia
de una reja carcomida por la herrumbre,
agónicas como las aguas corruptas de un río;
sufre y sufre mucho por el desenlace final
de un despertar sin pájaros
y el silencio parasitando los paisajes;
mas el tropel de aves jubilosas
en pleno canto, cuando despierta lento
el rayo de un nuevo día para decir sus nombres
y observarlas y pintarlas,
disipa finalmente la insufrible frontera del dolor.
en Monfragüe
y el pintor de pájaros,
un gigante de cabellos engendrados
por la nieve,
en íntima comunión con la naturaleza
parece un ser mitológico y prodigioso
dentro del refugio natural
-diríase el santuario sagrado
de un santón del Himalaya-
desde el que observa y pinta a las aves
con un amor insaciable,
luminoso y sin atajos.
Y es en ese trance,
sentado en el silencio,
cuando al experimentar
una irreflexiva felicidad
tiene la extraña y, a la vez,
agradable sensación
de no sentir el peso del tiempo,
de creerse que puede engañarlo
y doblegar, aunque sea fugazmente,
su tiranía inexorable.
No necesita tener delante
a su viejo amigo de la infancia,
un espantadizo pito real,
para devolverlo a la vida
mediante un mágico retrato.
Con cuatro trazos
realiza su boceto al que añade
pinceladas de acuarela
de forma aparentemente anárquica,
momento en el que siempre
acontece una revelación
como la de poner luz en su ojo
y el pequeño velero del cielo,
milagrosamente, va surgiendo
de la nada y haciéndose visible
con esa sorprendente sensación
de vivacidad que transfiere
a todas las aves que vuelve inmortales
en el mundo bidimensional.
El pintor de pájaros tiene uno
viviendo en su espalda
como un ángel guardián
y al hablar, mueve las manos
imitando su vuelo porque siempre
ha querido ser uno de ellos.
Cae la noche en Monfragüe
y la oscuridad difumina el mundo
alrededor. De regreso al albergue, cruzan
la carretera dos ciervos. El pintor
de pájaros detiene el vehículo
para empaparse de la bellísima escena
que supone ver a animales tan nobles
adentrarse y desaparecer en la espesura
del bosque, un mundo donde ahora
duermen los pájaros y el lugar
del que proceden los sueños
cuyos latidos suenan como la lluvia
o el viento amigo o la rama meciéndose
o el cielo próximo o la tierra fértil.
Tajante, se aferra a la afirmación
de que no hay pájaros temibles
ni de mal agüero,
solo hombres terribles.
Por eso le late el corazón
como un perro furioso,
pues sabe que hay estruendo y dolor
y luego silencio, mucho silencio
en las plumas como hojas caídas y sufre.
Sufre por el pájaro cautivo
que, como un libro vano
e incomprensible,
es el desenlace hostil de un sueño;
sufre por las tristes regiones
sin pájaros, infaustas como la inclemencia
de una reja carcomida por la herrumbre,
agónicas como las aguas corruptas de un río;
sufre y sufre mucho por el desenlace final
de un despertar sin pájaros
y el silencio parasitando los paisajes;
mas el tropel de aves jubilosas
en pleno canto, cuando despierta lento
el rayo de un nuevo día para decir sus nombres
y observarlas y pintarlas,
disipa finalmente la insufrible frontera del dolor.
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